26 de marzo 2002 - 00:00

Un inesperado Woody Allen en Hollywood

"Cuando dijeron que querían a alguien representativo del cine de Nueva York les dije que llamaran a Marty Scorsese, a Sidney Lumet, a Spike Lee... Todos ellos gente de clase, grandes directores... La gente de la Academia me dijo que estaban de acuerdo conmigo, pero que me habían elegido a mí porque ellos no estaban disponibles". Con un cuidadoso guión -seguramente escrito por él mismo- Woody Allen se convirtió con su monólogo en uno de los puntos más alto de la ceremonia de los Oscars.
 
Allen retornó brevemente a sus orígenes de «stand-up comedian» (monologuista cómico) para sorprender a la audiencia con su presencia en un escenario al que había eludido desde siempre, cuando se quedaba a tocar (mal) el clarinete en el desaparecido «Michael's Pub».
Su monólogo -que incluyó referencias a un supuesto film que estaría rodando, y que giraría alrededor de un fetichista de los pies que se enamora de una escritora por sus bellas «notas al pie»- fue el introito a un montaje armado por una de sus mejores epígonos,
Nora Ephron, con clips de películas «neoyorquinas». Como en una descarga de ametralladora desfilaron fragmentos de Manhattan, El Padrino, Calle 42, Un día en la ciudad, Nido de Ratas, Haz lo Correcto, Calles Peligrosas, Tarde de Perros, Fiebre de Sábado a la Noche, Perdidos en la Noche, Tootsie, Fama, All That Jazz, Amor sin Barreras, Taxi Driver, Ghostbusters, King Kong, Contacto en Francia, New York New York, La comezón del séptimo Año, Marty, Piso de soltero, Algo para recordar y Annie Hall. Una mezcla ecléctica que, sin embargo, logró el objetivo de emocionar.

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