26 de agosto 2005 - 00:00
Un pan que envenenó en los '50 lo sigue haciendo hoy
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Ana María Picchio: «La misma falta de responsabilidad de antes es la que padecemos
hoy. Desde Cromañón, uno vive con la sensación de permanente peligro».
Periodista: ¿Cómo cree que va a reaccionar el público ante una obra tan característica de los años '50?
Ana María Picchio: Yo creo que hay muchas cosas en la obra que va a hacer que la gente diga: «¡Pero no cambió nada en la Argentina!». Me refiero al tema de la seguridad.
P.: En la obra se sospecha que la muertede algunos vecinos se debe a la presencia de un hongo que supuestamente contaminó la harina de la panadería, lo que obliga a los empleados a decidir si hacen la denuncia o no.
A.M.P.: Esa misma falta de responsabilidad es la que seguimos padeciendo hoy. Desde que ocurrió lo de Cromañón, uno tiene la sensación de estar viviendo en permanente peligro, donde todo se puede caer, derrumbar o explotar. Por eso cuando se levante el telón y aparezca todo este conflicto de la harina, la gente va a decir: «¡Mirá, desde esa época que estamos así!». Lo que sí cambió mucho es el papel de la mujer y su relación con el hombre. En ese sentido estamos mejor ahora. También se han producido muchos cambios en relación con los trabajadores, pero para peor. Nosotros los actores no podemos hacer nada si nos levantan una grabación o nos cancelan un contrato por cuestiones de rating. Ni siquiera podemos exigir que nos paguen.
P.: Háblenos de su personaje. Juana es una mujer inteligente, pero dejó la docencia para atender la panadería de su marido.
A.M.P.: Antes las mujeres se casaban para salir de la casa, no tenían otras aspiraciones.Y los padres también las presionaban para que consiguieran un marido. Yo siempre me acuerdo de mi personaje de la Chechechela, la película de Bebe Kamín, que a los 35 años decía: «Si no me caso ahora ¡no me caso más!». De todas maneras, en el caso de Juana hay una pequeña salida ya que al final ella logra que Antonio, el empleado del que está enamorada, tome las decisiones que ella no puede encarar. Ella termina sacándose el delantal de panadera. Es todo un gesto de independencia.
A.M.P.: Cuando yo nací mi hermana se enfermó de poliomelitis y mi madre iba todos los día al Hospital de Niños y hasta dormía en las escaleras para estar cerca de ella. A mí me dejó al cuidado de mi abuela y de los vecinos del barrio. Yo había venido al mundo no para traer problemas sino para solucionarlos. Me enseñaron a cantar tangos, a bailar, a decir versos. Estaba hasta las cuatro de la mañana entreteniendo a mamá y a mis tías hasta que llegaba el médico después de su larga recorrida, porque había una epidemia de poliomelitis en ese momento. Cómo no iba a querer ser médica si lo único que conocía y amaba eran a esos médicos que venían a mi casa, prendían las luces y entraban palmeando: «¡A ver cómo está hoy Martita!». Pero cuando mi hermana se curó, mamá me dijo: «esta chica tiene que ser artista» y a pesar de mis protestas y llantos me mandó a estudiar declamación y después me anotó en el Conservatorio de Arte Dramático.
P.: ¿Hace mucho que lo conoce a Gorostiza, verdad?
A.M.P.: Justamente, yo empecé a sentirme actriz cuando Gorostiza, que era profesor nuestro en el Conservatorio, nos convocó para el estreno de «Los prójimos». Necesitaba una parejita para que gritara detrás del escenario y fuimos todos a probarnos. Esa mismo día le detectaron a mi papá un edema de pulmón. «Vaya a esa prueba -me dijo el médico- porque este hombre ya no puede más, la que va a tener que trabajar ahora es usted». Fue muy curioso lo que sucedió. Subí al escenario y mientras esperaba la señal de Gorostiza para empezar a gritar, vi pasar una rata enorme y lancé un grito.Y ahí dijo Gorostiza: «Queda la Picchio».
P.: ¿Cómo la trata la televisión?
A.M.P.: Voy a empezar a grabar «Mujeres asesinas». Es el caso de una mujer que envenenó al marido y terminó en la cárcel de Olmos. Estuvo diez años presa, siempre sola y sin que nadie la fuera a visitar. Fue una chica abandonada por sus padres, criada en un orfanato con un comportamiento psicótico muy fuerte. Es la típica desalmada que no quiere a nadie, ni a la hija ni a los nietos. ¡La gente me va a odiar! Pero para mí es todo un desafío, me encanta hacerlo.
Entrevista de Patricia Espinosa


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