Michel Serrault en una escena de «Los fantasmas del sombrerero», junto a Charles Aznavour,
quien con otros actores, políticos y más de mil franceses del común, asistió al funeral
del querido actor.
París (ANSA y AFP) - Más de mil personas acompañaron ayer los restos de Michel Serrault, fallecido el 29 de julio a los 79 años, sepultados en Normandía, al noroeste de París, tras las honras fúnebres celebradas en una pequeña iglesia de madera del siglo XVI.
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El ataúd fue colocado en una tumba del pequeño cementerio anexo a la iglesia, a un par de centenares de metros de su casa, en presencia sólo de los familiares y los amigos más íntimos del actor. En cambio, más de mil personas, entre parientes, amigos, grandes figuras del espectáculo, políticos y gente del pueblo, asistieron por la mañana a sus funerales.
Esa ceremonia se realizó en la iglesia de Santa Catalina en Honfleur, con capacidad para 600 personas y que resultó pequeña para el millar de personas que llegó al lugar. Muchos de los presentes tuvieron entonces que conformarse con seguir los funerales por una pantalla gigante instalada fuera de la iglesita.
Famoso y amado por los franceses, Serrault, que interpretó alrededor de 150 films, tuvo ayer una «platea» de excepción para su última aparición en público, ya que lo despidieron el primer ministro de Francia, François Fillon, y la ministra de Cultura, Christine Albanel, además de actores, directores y amigos.
Los actores Charles Aznavour, Charles Berling, Jacky Berroyer, Daniel Prévost, Mathilda May, Caroline Cellier y Pierre Mondy, estuvieron en la iglesia de Normandía, al igual que los directores Jean-Pierre Mocky, Pierre Tchernia y Bertrand Blier.
En primera fila estuvieron la viuda del actor, Juanita, y su hija Nathalie (había tenido otra hija, Caroline, que murió en 1977, a los 19 años en un accidente de tránsito).
También participó en la ceremonia el religioso Alain de la Morandais, el sacerdote de los artistas, amigo íntimo de Serrault, y su familia.
Morandais pronunció el último saludo: «Te vas a encontrar con Dios y le harás reír, que mucho lo necesita».
Serrault había nacido el 24 de enero de 1928 en Brunoy, 22 kilómetros al sudeste de París, en el seno de una familia severamente católica, y eso le hizo pensar en hacerse cura, pero un sacerdote lo encaminó al mundo del teatro. El actor conservó hasta su muerte un profundo temperamento religioso.
Terminada la guerra se fue a París, donde el Conservatorio le cerró las puertas y donde fue extra en la Comédie Française y en varios teatros, además de dedicarse al cabaret.
Allí encontró en 1952 a su compinche Jean Poiret, con quien compartirá la carrera hasta la muerte de éste, en 1982.
Poiret escribió en 1973 «La jaula de las locas» y le ofreció el rol de Zaza Napoli. También lo acompañó innumerables veces en teatro y en una trilogía de películas de 1978 a 1985 con Ugo Tognazzi.
Serrault desplegó al máximo esa extraña personalidad de actor en el que se mezcla la locura y la ambigüedad y cuyo registro va del grotesco a la absoluta frialdad. Podía pasar de las payasadas de Zaza Napoli a la soledad del marido acusado de paidofilia en «Ciudadano bajo vigilancia» de Claude Miller, a la lúcida locura del asesino serial, de «Los fantasmas del sombrerero» de Claude Chabrol (donde compartió elenco con Charles Aznavour) y a la melancolía del magistrado jubilado de «El placer de estar contigo» de Claude Sautet. Su gran amor de todos modos fue siempre el teatro, visitado por él en contadas y memorables ocasiones, y por los clásicos en especial. Actuó en «El avaro» y en «El burgués gentilhombre» de Moliere, y en «Knock» de Armand Salacrou, esto último por el puro gusto de tratar de hacer olvidar la formidable interpretación de Louis Jouvet.
Para televisión retomó el rol de Harpagón del «Avaro» de Moliere en una versión dirigida por Christian de Challonge, que en enero de 2007 atrajo a más de dos millones y medio de telespectadores.
Gravemente enfermo, Serrault había continuado su actividad cinematográfica, pero en los últimos tres años se retiraba con cada vez mayor frecuencia a su casa a dos kilómetros de Honfleur. Eligió morir en ella, con su parque con vista al acantilado que da sobre el estuario del río Sena, abandonando el Hospital Americano de París, donde se hallaba internado tras haberse agravado el cáncer que padecía.
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