Valioso ciclo del cine de René Clair

Espectáculos

(23/04/2001) Alguien tenía que acordarse de René Clair. Durante dos meses, todos los viernes y sábados, en copias nuevas, provistas por la Cinemateca Francesa, se está viendo en el microcine de la Asociación de Cronistas Cinematográficos (Maipú 621) un bastante provisto ciclo-homenaje en memoria de este autor, prácticamente a veinte años de su muerte (La Défense, 15 de marzo de 1981).

Verdadero maestro del cine francés, que transitó con parisiense elegancia el amor, la picardía, la burla y la dolida reflexión sobre los altos valores de la vida, Clair llegó a ser el primer cineasta -y por mucho tiempo el único-miembro de la Academia Francesa de Artes. Más que eso, fue uno de los directores más populares de los años '30 y '50, y todavía es uno de los más apreciados, tanto por sus zafadurías de juventud, que maravillan a los estudiantes de cine, como por sus intensos relatos de madurez, que el público atesoró durante medio siglo, y ahora rescata con placer.

Nacido como René-Lucien Chomette en el popular barrio de Les Halles, hijo de un jabonero, fue sucesivamente enfermero durante la Primera Guerra Mundial, periodista, escritor, tarea que nunca abandonó del todo, actor, y cineasta, oficio al que entró por seguir a una chica. Las mujeres, y, particularmente, lo que hace uno cuando está fascinado por las mujeres, fueron temas habituales de su obra, como también lo fueron la amistad y las ironías de la vida.

Se lució en el cine mudo con
«París que duerme» (comedia sobre un científico loco que duerme a toda la ciudad, salvo a unos que estaban en lo alto de la Torre Eiffel), el cortometraje dadaísta «Entreacto» (disparate sumamente ingenioso, con actuaciones de Man Ray, Eric Satie, Marcel Duchamp, Francis Picabia y otros artistas de la vanguardia del momento), y, sobre todo, su deliciosa e insuperable versión del vodevil «Un sombrero de paja de Italia».

Con la llegada del sonoro, creó tres modelos de uso creativo del sonido, que al mismo tiempo son tres modelos de comedia romántica y popular:
«Bajo los techos de París», «El millón», y «A nosotros la libertad», a las que bien puede agregarse «14 de julio», con nuestro conocido Georges Rigaud, antes de ingresar al cine argentino. Algunos piensan que Chaplin copió «A nosotros la libertad», cuando hizo «Tiempos modernos». La misma productora del film quiso hacerle juicio, pero Clair se negó: «Todos nosotros estamos en deuda con Chaplin, y además, si se hubiera inspirado en mi película, eso sería un gran honor para mí». Bajo la Segunda Guerra, él mismo terminó haciendo en Hollywood «Me casé con una bruja» y otras historias, no tan felices como las francesas.

A su regreso, evocó el cine mudo de un modo encantador, con
Maurice Chevalier contemplando cómo se nos pasa la vida (pero siempre hay una segunda oportunidad, o un nuevo amor) en «El silencio es oro». Y sorprendió a todos con una impresionante actualización del Fausto, «La belleza del diablo», su primera comedia dramática. Su protagonista, el todavía insuperable Gérard Philipe (¡hay que escuchar su grabación de «El principito»!), protagonizó también el muy divertido disparate «Beldades nocturnas» (o los sueños de un músico enamorado, y acosado), y el hondamente triste «Las grandes maniobras» (amores y desengaños de un joven oficial y una dama, a fines del siglo XIX), con Michele Morgan y una muy joven Brigitte Bardot.

Su última indiscutible obra de arte fue un melancólico canto a la amistad,
«Puerta de Lilas», con Pierre Brasseur y el músico Georges Brassens. Discutible, en cambio, pero muy agradable, resultó su canto del cisne, una sátira a las hipocresías del arte bélico, irónicamente llamada «Las fiestas galantes». Por entonces, 1965, René Clair había caído en desgracia, víctima de las nuevas generaciones. Pasó, pues, sus últimos años en retiro. Como suele ocurrir, muchos de sus jóvenes atacantes de entonces ahora están definitivamente olvidados y enterrados. El todavía sigue provocando lágrimas, sonrisas, fascinación, y ternura. Todo junto.

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