29 de abril 2004 - 00:00

Veronese, entre el cine y Chejov

Daniel Veronese
Daniel Veronese
Rafaela (Enviada especial) - Daniel Veronese, prolífico dramaturgo y director, creador junto a Emilio García Wehbi y Ana Alvarado del «Periférico de objetos», pasó por la Fiesta Nacional del Teatro en Rafaela y dialogó con este diario sobre su peculiar crisis con la escritura, sus múltiples proyectos y lo que él llama «teatro estúpido». Veronese tiene actualmente en cartel «Mujeres soñaron caballos», que va por su cuarto año; estrenará en julio una versión de «Tres hermanas» de Anton Chejov a la que llamará «Hombre que se ahoga espía a mujer que se mata», en el Centro Cultural de la Cooperación; elabora dos proyectos, uno centrado en el playback, otro llamado «Comiendo caníbales», y hasta quiere incursionar en el cine.

Periodista
: ¿Cómo será su versión de «Tres hermanas»?

Daniel Veronese: Estará protagonizada por hombres en el papel de las mujeres y mujeres en el lugar de los soldados. Serán cinco hombres y el resto mujeres. Buscaré hablar de la inversión de roles, por ejemplo, la mujer espera que el hombre cace y el hombre espera que la mujer seduzca. También funciona a la inversa, aunque para mostrar eso me habrá quedado otra obra. Se llamará «Hombre que se ahoga espía a mujer que se mata». Le pongo ese nombre para que nadie diga «Esto no es 'Tres hermanas'».


P.:
¿En qué consiste su proyecto sobre el playback y la copia?

D.V.: Me desvela jugar con lo que el público espera de ciertos autores, directores, espectáculos, y qué ocurriría si no supieran que es una copia. ¿La aplaudirían igual si se enterasen que es plagio? Me divertiría montar una obra y al lado la copia, ¿qué iría a ver la gente? ¿El original o la copia? Me atrae el tema de la emoción ante la convención, por ejemplo, existen esculturas de Rodin que fueron descubiertas post mortem. ¿Quién las hizo en realidad? ¿Si son de Rodin debo emocionarme pero si no lo son no? Creo que en rigor, la gente quiere emocionarse, no quiere la verdad.


P.:
¿Cómo surgió ese interés, casi obsesión que tiene por la copia y el plagio? ¿Alguna experiencia personal?

D.V.: Busco ahondar en el tema de la emoción artística dirigida. Por los medios, la crítica, la opinión pública. La gente compra la entrada sabiendo qué va a ver y qué tiene que sentir y opinar, ¿y si no supiera qué va a ver? Esa es otra idea que tengo, armar un espectáculo donde cada día se vea otra cosa, que no se sepa a qué se va, que no haya crítica porque serán espectáculos únicos. Se llamaría «Comiendo caníbales». Sería sin boca a boca, sin expectativa, sin prejuicio al no saber el autor y me pregunto «¿a ver qué hace el público con eso?».


P.:
¿Algún otro proyecto más?

D.V.: Sí. Quiero incursionar en el cine, aunque me da miedo. Sé que cuando lo encare, dejaré el teatro por un tiempo. Y en cuanto al «Periférico», creo que en los próximos espectáculos vamos a volver a los objetos, quizá por melancolía. Lo habíamos dejado en pos de lo actoral y lo poético.


P.:
¿Seguirá escribiendo para que otros dirijan sus obras?

D.V.: Estoy en crisis con la dramaturgia, cuando veo puestas de directores sobre mis libros no los reconozco. Por lo tanto, ahora escribo sólo cuando tengo la necesidad de dirigir, no hago más obras para que dirijan otros para no sentir que esos productos me son ajenos.


P.:
¿Podría nombrar algún caso?

D.V.: La puesta de Javier Margulis de «Conversaciones con mamá» funcionó bien pero yo no me reconocí. Pasa lo mismo con las obras de «Tato» Pavlovsky, que escribe para interpretarlas él, y si uno las ve por otro actor son flojas.


P.:
¿Qué busca desde su dramaturgia y sus puestas?

D.V.: El disenso, la grieta, llevar al público a donde no quiere estar, atreverse a que la platea salga desconcertada, pero no por eso digo que huya de la sala. Lo que busco no es que salgan gritando «qué bueno» sino que queden dudas, para lo cual no le muestro al público el objeto terminado sino que lo propongo para que lo termine de reelaborar en su casa. Pero si alguien se va de la sala siento que falla.


P.:
¿Cree que hay una moda de directores de teatro o cine que busca que el público se vaya o se aburra?

D.V.: No sé pero sería lo opuesto al teatro comercial, liviano, que de vez en cuando me gusta ver. No todo lo que veo es como lo mío. Ahora bien, para crear y trabajar en algo, busco que sea un encuentro social, que el público llegue al teatro y se vaya con algún plus. No creo que los espectáculos exitosos transformen; uno sale de la sala pensando lo mismo que cuando entró. En cambio, la eficacia de un espectáculo genera que el público se divida, que disienta, que discuta. Uno tiene que hacer teatro para uno, no para el público.


P.:
¿Cómo es eso? Está reconociendo el narcicismo propio de los artistas...

D.V.: Es que cuando escribo pienso en sorprenderme con mi creación, y si al público no le gusta, al menos no me siento frustrado conmigo. Es una gran mentira eso del «placer de la creación». Uno sufre cuando crea, escribe, dirige. Un día se me cruza algo que me parece maravilloso y al día siguiente me resulta una porquería. Para mi la creación es un proceso de displacer.


P.:
¿Cómo elige a sus actores?

D.V.: Elijo gente con la que pueda trabajar, ni dioses ni divos de la actuación sino actores que sepan trabajar en equipo. Sería como dice Carlos Bianchi de Boca, que importa el espectáculo y en segundo plano quedan los jugadores, aunque ganen millones.


P.:
¿Cómo toma el reconocimiento que obtuvo en el exterior, sobre todo en Europa?

D.V.: Algunos dicen que lo mío es «europeo» pero en realidad en Europa a uno lo esperan con el arco y la pluma y lo toman como un argentino que hace «cosas raras». Creen que hay que hablar de problemática social, hablan de las crisis de 2001, miran como bicho raro y no hay feedback.De Europa me aportandinero y yo hago acá la obra que luego llevó allá. Para mí es más importante el interior del país que las giras por Europa porque en el país veo gente que le interesa lo mío, que habla como yo.


P.:
¿Cómo juzga la escena teatral actual?

D.V.: Hay tendencia a un teatro sin sentido al que yo llamo «teatro estúpido», digerible, que se está instalando como un nuevo clásico más que como una novedad o ruptura. Cuando lo veo me aburro, siento que ya lo vi, pero el público lo pide y lo encasilla como lo nuevo. Me acuerdo cuando Cossa y Gorostiza hicieron «Teatro nuestro» y para oponerse, Tantanian y Daulte hicieron «No, nuestro».Ahí se intentaba romper con formas puras, pero últimamente no veo eso.


Entrevista de Carolina Liponetzky

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