«Noches blancas» («Insomnia», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: C. Nolan. Int.: A. Pacino, R. Williams, H. Swank, M. Donovan.
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"Noches blancas" tiene su origen en «Insomnia», un extraordinario thriller psicológico noruego de 1998 que, desafortunadamente, nunca llegó a estrenarse en la Argentina (con alguna dificultad, se puede obtener en DVD, región 1). Su argumento, antes que de la elucidación de un crimen, se ocupa de otras revelaciones que tienen más afinidad con el orden de lo moral que con lo puramente policial. La película no es un «quién lo hizo» sino un «quién investiga». Si Ingmar Bergman hubiera filmado alguna vez un policial, sería éste: «Insomnia» es lo más parecido que pudo hacer un cineasta a la versión detectivesca de «Persona».
Como si aplicara una variante de la invocación de Baudelaire a un asunto policial («asesino hipócrita, mi semejante, mi hermano»), el guión del film confronta al investigador Will Dormer y al criminal Walter Finch en un resbaladizo juego de espejos y resonancias, al término del cual un asesinato no premeditado ha funcionado como excusa para iluminar algunas grietas en la personalidad del detective.
Y no sólo el asesinato, también la luz permanente: la acción ocurre en el país del sol de medianoche, territorio ajeno tanto al policía como al criminal, donde la claridad constante, obscena y despiadada, hace las veces de contrapunto casi musical para asomarse, un poco más, a la «oscura noche del alma». En el cine nórdico, el misticismo es casi un mal incurable.
El policía, que llega al lugar con un aura de antiguos prestigios, está implacablemente expuesto. Al principio, la técnica que emplea para recoger los indicios que le permitan conducirlo al autor de la muerte de la adolescente, parece bien encaminada; sin embargo, no sólo el victimario tiene algo que ocultar. El también. Y esa geografía de luz intransigente, ese foco dirigido sobre cada paso que da, ese primer error al que lo precipita el «factor humano», no hacen más que potenciar su propia culpa: una culpa cuyo origen el espectador ignora, o apenas intuye, pero que no tardará en agigantarse luego de una nueva, imprevista muerte, cuyo ocultamiento se vuelve tan urgente como lo era, hasta entonces, el desenmascaramiento de la anterior.
La versión norteamericana que se estrena hoy, transformación industrial mediante, conserva muchos de los atractivos del film original, aunque forzosamente tenga que resignar la seducción de la ambigüedad y purificar la integridad moral de su protagonista. En principio, el elenco cuenta con dos estrellas de impecable desempeño: Al Pacino, como el policía, carga sobre su semblante agotado ese personaje en vías de disolución; Robin Williams, sorprendente, sabe desplazar esta vez su sonrisa maníaca a las zonas del cinismo.
La lectura que hace del film original el director Christopher Nolan, a quien le aconsejaron dejar las osadías de «Memento» en el guardarropas de la entrada, apunta a atraer públicos más amplios por la vía de despejar y simplificar móviles y conductas.
Aquí, el policía (al fin y al cabo, también un héroe americano, a quien no le conviene tamaña conciencia del pecado original) arrastra una culpa sólo atribuible al sacrificio. Si en su pasado hay manchas, la responsabilidad es menos suya que del sistema. También está a resguardo de las tentaciones de la carne, y no es capaz ni de matar un perro (debilidades de las que no estaba a salvo el personaje inspirador). Con todo, estas «Noches blancas» en Alaska (plausible título local que remite, tal vez involuntariamente, al autor de «Crimen y castigo», otro gran místico) permiten asistir a un gran momento de cine.
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