D ecía Janis que acostarse con alguien una noche no es problema. El problema consiste en desayunar al día siguiente con esa misma persona. Sus borracheras públicas fueron famosas, también le pegó a todo lo imaginable y los dealers de San Francisco llegaron a recomendar a sus clientes la heroína que vendían porque era el que usaba ella. Sus relaciones sexuales, con famosos y famosas, desconocidos y desconocidas, ocuparon los periódicos sensacionalistas de su época de leyenda. Que fue muy corta, pues entre la primera actuación que la lanzó a la fama, en el Festival de Monterrey de 1967, y la última, poco antes de su muerte, pasaron poco más de tres años. Tres años en los que grabó tres discos («elepés», como se decía entonces); de ellos, el último y mejor quizá, «Pearl». Unos discos, que, junto a sus actuaciones electrizantes como orgasmos se promocionaron sus conciertos, la convirtieron en un mito del rock, o del blues, o como quiera llamarse la música asombrosa que interpretó con nervio, energía, pasión. Y, extrañamente, ternura.
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Lectora ferviente de Kerouac en sus años de estudiante en Texas, Janis Joplin se fugó de su casa varias veces, pasando temporadas en Nueva York, Los Angeles y San Francisco. Allí sobrevivió robando en supermercados, mendigando en las calles, vendiendo drogas...y terminó volviendo con sus padres para recuperarse de sus excesos. En 1966, vuelve a San Francisco y forma parte de una de las bandas de lo que entonces se llamaba acid rock, una derivación hippie influida por el LSD que buscaba desarrollos del folk, el rock and roll y el blues inicial que transmitieran las sensaciones de un viaje lisérgico.
La banda, Big Brother and the Holding Company, con Janis de cantante y estrella, fue contratada por Albert Grossman, el famoso manager, entre otros, de Bob Dylan, que lanzó su primer disco, con portada de Robert Crumb. Tuvo gran éxito, aunque el grupo sonaba mal. Joplin decide entonces iniciar una carrera en solitario, pero su segundo disco no convence. Grababa el tercero. Su vida era un desastre carente de cualquier tipo de continuidad incluida la amorosa. Se resistía a convertirse en una estrella ella se consideraba una beat que cantaba casualmente rock. Y, sobre todo, la heroína, que ya venía machacándola desde tiempo atrás, la derrotó de una sobredosis. Tenía 27 años.
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