24 de abril 2002 - 00:00

Wagner, más moderno que Gustavo Cerati

«Ciclo de conciertos populares». Actuación de la Orquesta Sinfónica Nacional. Dtores: Pedro Ignacio Calderón y Alejandro Terán. Solista invitado: Gustavo Cerati (voz). Obras de Wagner, De Rogatis, Rimsky Korsakov y Cerati. (Teatro Colón, 22 de abril).

A pesar de la ceremonia propia del teatro -por caso, la puntualidad-, de los smokings de los músicos de la Sinfónica Nacional, del draculeano traje de Gustavo Cerati -imitación David Bowie-, de la tranquilidad de un público que sólo en el final exteriorizó su entusiasmo, lo que se vio en la segunda parte de este concierto del Colón fue un recital de música popular.

Eso, a pesar del acompañamiento de orquesta sinfónica que tuvieron las canciones de Cerati. Y queda más expuesta la situación si se compara la manera de trabajar el material sonoro de Alejandro Terán, responsable de los arreglos orquestales, con lo que se escuchó en la primera parte con la dirección de Pedro Ignacio Calderón, cuando Richard Wagner, Pascual De Rogatis y Nikolai Rimsky Korsakov resultaron muchos más modernos, en términos de melodías, ritmos y armonías, que el pop orquestado de un músico de rock del siglo XXI.

Inclusive, esa obra que se denominó bajo el pomposo nombre de «11 Episodios Sinfónicos» no es más que la suma de una serie de canciones de Cerati escritas durante o después de su paso por Soda Stereo, que en el Colón no fueron las mismas ni en el mismo orden que en el disco.

Dimensión

Con todo, en un lenguaje que oscila entre el post romanticismo y el impresionismo francés, temas como «Signos», «Persiana americana», «Hombre al agua», «Corazón delator», «Verbo carne», «Un millón de años luz» y, sobre todo, «El rito», adquieren una dimensión interesante en este nuevo formato.

Lo dicho: la primera parte estuvo a cargo de la orquesta con Calderón en la batuta para la «Obertura» de «Tannhäuser» de Wagner (que le quedó grande a la Sinfónica; sobre todo a los bronces), las «Danzas» de la ópera «Huemac» de De Rogatis y el «Capricho Español, op.34» de Rimsky Korsakov.

Como si hubieran sido aleccionados con anterioridad, los fans de
Cerati, que rebasaron la capacidad de la sala y colmaron pasillos y escaleras, escucharon respetuosamente una música que intuían valiosa. Pero, por supuesto, todos esperaban la segunda mitad, cuando un muy heterodoxo Alejandro Terán tomó el mando de la orquesta y dirigió, más como bailarín que como director, las piezas que él mismo orquestó.

Y la gente, funcionarios de cultura incluidos como
Jorge Telerman y Rubén Stella, sonrientes y presentes en la sala, se fue muy contenta, sobre todo cuando, ya en la larga serie de bises, pudo aplaudir y cantar con el ídolo.

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