«Whisky» es un buen paso adelante para el cine uruguayo, aunque la comedia no llegue a colmar al espectador.
«Whisky» (Uruguay, Argentina, España, Alemania, 2004, habl. en esp.). Dir.: J.P. Rebella, P. Stoll. Int.: A. Pazos, M. Pascual, J. Bolani.
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Esta película tiene dos defectos, ambos paradójicamente inherentes a sus virtudes: arranca como diez minutos, o más, después de empezada, y termina de golpe. Se supone que debe ser así, al principio para mostrarnos la vida rutinaria de sus personajes, y al final para confirmar que, apenas alcanzamos a sospechar el cambio en una de esas criaturas, a Dios gracias para ella no sabremos más de su vida, eso es todo, y a embromarse.
La acción (término que en este caso resulta gracioso) se desarrolla en un Montevideo descolorido, fondo ideal para la vida también descolorida de los referidos personajes: don Jacobo Koller, altísimo y apático dueño de un ínfimo negocio, Marta Acuña, su empleada de confianza, bajita, calladita, pero comparativamente despierta, y su hermano Herman Koller, un poco más exitoso que el otro, o al menos mejor vestido y con familia y fábrica en Rio de Janeiro.
Ambos fabrican medias, y se juntan sólo para brindarle unas discretas honras fúnebres a la madre, ya fallecida hace largo tiempo, ceremonia que apenas parece ser de su incumbencia. Después, como hace tanto que no se ven, es natural -u obligatorio- que el otro se quede unos días de visita.
Precisamente, ahí viene el nudo. De pronto, seguramente para disimular un poco ante el otro que tiene familia, don Jacobo le pide a su empleada que lo ayude a fingir un insostenible matrimonio. Cualquiera piensa que, total, hace tanto que se conocen, que en el fondo ya parecen realmente un matrimonio, de esos de antes, donde se trataban de usted. Pero vaya uno a saber lo que piensa ella en el fondo. En cuanto a él, apenas registra que debería arreglar una cortina, así que difícilmente puede pedírsele que se dé cuenta de otra cosa.
El hermano en eso es más vivo. Pero a él, la única vez que lo vemos con algo de atención y de nervio, es cuando se queja del árbitro en un partido de cuarta. No lo vemos festejando un gol. No sería coherente con el tono de la película, que es una comedia triste, de caracteres limitados más que de situaciones risueñas, una comedia armada con buenas observaciones y especial manejo del tiempo en un estilo levemente humorístico, muy sutil, como en sordina.
En el recuerdo quedan las muy justas caracterizaciones, sobre todo de Mirella Pascual, y unas melancólicas tomas del viejo Hotel Argentino de Piriápolis fuera de temporada. No es una gran película, como podría suponerse por los muchos premios y elogios intelectuales que viene recibiendo, pero es un buen paso adelante para el cine uruguayo. Sólo cabe advertir un tercer defecto: se estira un poco. P.S.
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