12 de mayo 2010 - 15:15

Crónica de un mediodía agitado

Poco antes del mediodía, cuando el hombre de unos 55 años tomó un revólver, lo apoyó sobre su mentón y se dirigió a la puerta de un banco del barrio porteño de San Telmo, agobiado por una difícil situación financiera, la noticia no dejaba de ser una mera crónica policial.

Pero los minutos comenzaron a transcurrir y con ellos, la situación dio paso a una escena rocambolesca que se extendió por más de tres horas. El hecho, inesperado y extremo, sobre una de las avenidas más transitadas de la Ciudad, atrajo la atención de más de dos centenares de curiosos que trataban de abrirse paso entre los periodistas que hablaban desde sus celulares, fotógrafos, cámaras de televisión y una docena de policías que precintaron la zona para que nadie pudiera acercarse.

Las bocinas de los automovilistas que se encontraron con el corte de dos carriles sobre la Av. Paseo Colón y Venezuela sumaban dramatismo a la escena. El despliegue de cuatro patrulleros, tres ambulancias y quince efectivos del grupo GEOF, divididos en dos grupos (uno de los cuáles intentó acercarse y fue advertido de inmediato por el potencial suicida) seguía atrayendo nuevas oleadas de espectadores. Las cámaras personales disparaban sin cesar y filmaban videos con destino seguro en YouTube.

Levantó la voz un joven que recordó con enojo la prohibición judicial que impide al gobierno porteño utilizar las discutidas armas Taser de descarga eléctrica. Y como suele suceder en estos casos, el humor se abre paso. Alguien sugirió entonces que el desesperado hombre, que a esa altura fumaba sin control, depondría su actitud una vez que se le acabasen los cigarrillos. Un vendedor improvisado ofrecía sin pudor "tres bocaditos por dos pesos". El cartel publicitario que pendía sobre la cabeza del hombre armado no podía ser más desafortunado: "Hoy es el día. Adelante".

Cada tanto, los efectivos policiales filtraban algún dato a los movileros de radios y canales de cable: "Se llama José", "está separado", "tiene tres hijos". La tensión crecía. Pero a esa altura, pasadas las 13, los tres negociadores apostaban a que sus tareas de disuasión llegarían a buen puerto. El arma ya no lucía amenazante sobre el mentón como en un principio, y cada tanto el potencial suicida tomaba un sorbo de agua de la pequeña botella que descansaba, junto a un maletín de cuero marrón, sobre una de las salientes de las paredes de la entidad bancaria. Un teléfono celular iba y venía hacia los negociadores, quienes hablaban con alguien que nadie podía identificar.

A metros de allí, continuaba la efervescencia entre los presentes que llevaban largo rato y hablaban ya como experimentados cronistas a los recién llegados. Alguien divisó con extrañeza a un religioso, vestido de blanco, que esperaba junto a dos policías en la esquina más cercana. Motoqueros que habían interrumpido su labor inventaban distintas excusas a través del handy, soltaban frases irreproducibles y tomaban el asunto como un episodio lógico en la locura urbana de cada día. El desenlace parecía acercarse.

Luego de tres horas, pasadas las 14.30. todo terminó sin violencia y de forma imprevista, cuando el suicida entregó el revólver a uno de los negociadores. Desprovisto del arma, pareció indefenso, casi asustado. Según las primeras versiones, alguien, en medio de su drama, le ofreció un empleo. A veces las soluciones son más simples de lo que parecen.

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