La información señala que en la norteamericana ciudad de Texas, un joven de 21 años a quien le habían diagnosticado «muerte cerebral» luego de haber sufrido un serio accidente con una camioneta todo terreno, reaccionó casi al mismo tiempo en que una enfermera lo preparaba para que el cuerpo médico le efectúe una ablación.
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El paciente había sido llevado al hospital en Wichita Falls y los médicos declararon dos días después de su ingreso que el paciente Zack Dunlap se encontraba en un estado «irreversible».
Si bien los familiares tomaron lo ocurrido como un verdadero milagro, precisamente cuando se conmemoraba el Día de Acción de Gracias, el hecho de que el joven haya recobrado el conocimiento tras haber sido declarada su muerte cerebral por los médicos, el hecho no hizo más que reavivar una vieja polémica en cuanto al estado del paciente en el momento que se realiza la extracción de órganos.
La muerte cerebral se produce cuando una persona tiene una lesión catastrófica en la masa encefálica y ocasiona el cese total e irreversible de la actividad de todo el cerebro, ya que al no recibir sangre y oxígeno, se muere. En estos casos, el resto de los órganos vitales (que son regulados en su función por el cerebro) pueden funcionar durante un tiempo si el paciente está conectado a un respirador y si al corazón se le infunden soluciones y drogas especiales llamadas inotrópicas que favorecen el latido.
Sin embargo, la función del corazón y del pulmón cesan si se desconecta el respirador o si se suspenden las drogas. La muerte cerebral, entonces, está aceptada como una manera de morir desde el punto de vista médico, ético y legal. Por esa circunstancia los criterios para determinar la muerte cerebral son muy estrictos tanto en el aspecto médico como en el legal.
De allí que (en este caso) nadie se explica cómo pueden ocurrir situaciones como la que surge de esta información, por el contenido social y repercusión que tienen o pueden tener.
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