Empresarios, también deprimidos: angustia, terapia e impotencia por efecto cuarentena

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Consultas a psicólogos, cambios de humor y hasta crisis de llanto. La nueva normalidad que están enfrentando los propietarios de empresas que no pueden abrir.

“Hay mañanas que, cuando me despierto, no puedo salir de la cama y me pongo a llorar.” La íntima confesión llega del otro lado del teléfono con una voz quebrada. Es el dueño de una de las agencias de turismo mayorista más fuertes del país que, a sus más de 65 años, siente que el esfuerzo de toda la vida se diluye en unos pocos meses. Poderosos, pujantes, líderes, emprendedores, los empresarios no son la excepción ante los efectos de la cuarentena y sufren, como cualquiera, el flagelo de la depresión.

Cuando todos los ojos están puestos en las consecuencias emocionales que tantos días de encierro están causando en los segmentos más vulnerables de la sociedad -como los niños o los adultos mayores- los altos ejecutivos, dueños y fundadores de compañías, comienzan a mostrar un lado no tan difundido de su personalidad.

Acostumbrados a tomar decisiones y a desenvolverse con libertad para hacer y deshacer en sus empresas, el aislamiento obligatorio fue despertando una sensación de angustia que se profundiza a medida que se extienden los días de clausura. Un fenómeno que se manifiesta con mayor claridad en personas de más de 50 años. Ese es el denominador común que surge de las charlas mantenidas por Ámbito con diferentes empresarios pymes de diversos sectores en los últimos días, con la condición de la reserva de su fuente.

“¿Cómo hago para pedirle un crédito al banco si me muestro devastado en público...?”, argumentó con una lógica indiscutible el dueño de una concesionarias de autos de las más importantes del Gran Buenos Aires. Acostumbrado a una vida envidiable, con casa en country, práctica de golf, relacionamiento social y buen pasar económico, se encuentra hoy desorientado, dando vueltas en un departamento de Belgrano, con su negocio cerrado desde el 20 de marzo. Si bien en una primera lectura parece una imagen frívola ante las penurias de todo tipo que vive buena parte de la sociedad, su estabilidad emocional no es para menospreciar. De sus futuras decisiones dependen más de 100 puestos de trabajo. “No todos los días estoy igual. Algunos, me siento eufórico y me pongo a planear cómo volver a sacar a flote la empresa; otros, me doy cuenta de que no puedo hacerlo porque no se sabe cuándo termina esta pesadilla y me dan ganas de largar todo y salir corriendo”, se sinceró el empresario

Si fuera un hecho aislado, podría quedarse en la anécdota, pero el sondeo muestra que es un sentimiento que se generaliza en las personas que conducen empresas que, a pesar de haber atravesado innumerables crisis en el país, reconocen que la actual es de una magnitud sin precedentes.

“Todos los ejecutivos, especialmente los que tienen sentido de realidad, sucumben en un mar de emociones negativas por la angustia, la desazón, la desmotivación, hasta incluso el bloqueo, producto de una incertidumbre enorme, cambios de hábitos y nuevas exigencias. Pérdidas en general, como un duelo. Hoy, los líderes son más auténticos. En nuestras entrevistas con ejecutivos vemos que ya no existe esa idea del jefe ‘Superman’ sino más cercano a su gente” explicó la psicóloga Sofía Scagliotti, directora asociada de la consultora Valuar. Obviamente, quienes pertenecen a sectores de rubros esenciales, donde la actividad no está restringida, la cuarentena sólo afecta su rutina diaria. La situación es diferente para aquellos que están forzados a no trabajar.

“Había ido al psicólogo cuando tenía veinte años y, ahora, a los sesenta, hace unas semanas empecé a consultar a otro profesional. Es insoportable ver cómo se va derrumbando todo y no poder hacer nada. Hay gente que trabaja conmigo hace más de quince años y no sé si la voy a poder mantener”, explicó el dueño de una cadena de restaurantes que proyecta el cierre de algunos de sus locales.

Este es otro costado que contrasta con cierto estereotipo de quienes conducen una empresa. En muchos casos, no es el tema económico el que más los preocupa hoy ya que su bienestar está garantizado. Es la frustración individual de un sueño que se desmorona y las consecuencias para colaboradores con los que se compartió ese crecimiento. “Si tengo que cerrar todos los locales, no voy a tener problemas económicos en lo personal. Pero detrás de cada empleado que tengo, algunos de muchos años, hay proyectos de vida que se van a destruir. La impotencia es muy grande”, contó la dueña de una cadena de indumentaria.

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