2 de marzo 2006 - 00:00

La admiración se convirtió en desencanto

Cuando se produjo el robo del banco de Acassuso la gente en general -más allá de seguir las alternativas del hecho por los medios de comunicación- fue tomando partido, tal vez partiendo del asombro inicial que causó lo que parecía «un robo perfecto». Más, hasta se puede creer que cada uno idealizó tanto el hecho que pareció que la vida de los delincuentes que cometieron el atraco se mezclaba entre lo novelesco y hasta lo heroico.

Luego del estupor inicial muchos se imaginaron que podían estar en el exterior, en una playa europea, o en un yacht majestuoso cruzando islas exóticas o rodeados de hermosas mujeres que los asistían. En esas elucubraciones casi nadie pensó que había seres humanos de por medio, con errores, defectos y traiciones. Siempre a los «boqueteros» se los admira por su no violencia, no sorprender víctimas y por el trabajo para delinquir.

Nadie hizo caso a las palabras de los investigadores cuando señalaron «que era fácil escapar del país, pero no lo era tanto mantenerse oculto».

Luego surgió la captura de una simple 4x4 en Avellaneda y dos personas detenidas (Rubén de la Torre y Liliana Fernández). El desencanto fue invadiendo a la misma gente que en principio parecía envidiarlos. Parecía ahora una novela barata, de esas que al segundo capítulo ya se sabe el final.

No era el caso -más simple aún- del ladrón descubierto al comprarse rápido autos lujosos, jugar fuerte en casinos o hacer alarde en una boîte. Pero la « mujer resentida» por su hombre con plata que la abandonaría para colmo con otra, es también común. Mas cayó la admiración hasta casi desaparecer.

• Precipitada caída

Luego lo obvio, empiezan a caer los complotados, uno a uno. Algo de sorpresa todavía queda: aparecen fuertes sumas de lo robado, amigos que entregan el dinero dejado en custodia por los delincuentes. Sorprende porque no es común la aparición del dinero robado.

En la trama no podían faltar los abogados defensores controvertidos, convocados de apuro, algunos casi especialistas conocidos en delitos de este tipo llamativo, con alta repercusión de prensa. Uno duró un día y fue reemplazado por otro «que es amigo personal» del detenido.

Una corta investigación -por cuerda separada- indica que
la mayoría del equipo de profesionales que asumió la defensa son los mismos que tuvieron en sus manos el recordado caso «Gordo Valor». Sólo falta que en pocos días entre también en acción Mariano Cuneo Libarona.

• Una simpleza

Como para contrarrestar el grito del abogado Ernesto Vissio de que sus defendidos «son inocentes» pareció en escena otro individuo conocido por el seudónimo de «el ingeniero» que no sólo parece ser que se declaró culpable, atenuando sus dichos con que «había sido amenazado», sino que le encontraron una casa valuada en 150.000 dólares y había entregado a un (amigo) una bolsa con otros 60.000 dólares y ayer otros 70.000 adicionales. Este «robo del siglo» pasó de tener «genios» para la fantasía a «papanatas» de la realidad. La gente lo toma como si se les «hubiera caído un ídolo». Pasó siempre así desde el «robo del siglo» real (el del tren blindado en Inglaterra en 1963) con cabeza en Ronald Biggs. Un robo ingenioso requiere demasiada gente y abre flancos que los llevan a ser esclarecidos. Faltaría que este asalto al Banco Río tuviera un «Biggs criollo» que se casara y tuviera un hijo brasileño para no ser extraditado.

El robo al Banco Central de Fortaleza, en Brasil, superó con monto de 60 millones de dólares al de 1963 en Glasgow, Inglaterra. Hace algo más de una semana otro robo en Kent, Inglaterra, pasó al primer lugar al llevarse los ladrones 80 millones de dólares.

Nosotros hasta ahora competíamos en la carrera con los 60 millones de dólares pagados por el secuestro de los hermanos Born en 1975, por Montoneros (Rodolfo Galimberti, Horacio Verbitsky y otros) aunque aquí hubo sangre y muertos y eso no se admira.

Por ahora tenemos la «esperanza» de que el del banco Río supere los 100 millones de dólares -es difícil por lo montos que se van descubriendo- y nos den el cinturón del «robo del siglo», aunque haya terminado con una torpeza.

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