Los dueños de los autos no tienen escapatoria. Si no aceptan las condiciones de los «cuidacoches», sufrirán las consecuencias en sus vehículos.
Sábado, 20.00; esquina de Campos Salles y Montañeses, a unas diez cuadras del estadio de River Plate. Un «cuidacoches» cobra $ 10 por dejar el auto en la vereda a quienes van al concierto de Roger Waters (después, cuando se complete la vereda, acomodará a los que vengan en la calzada). Los automovilistas, renuentes algunos, enojados los menos, terminan pagando el «impuesto»; los más rebeldes son amenazados por el barra brava y sus cómplices: «Si no te gusta, no lo dejés acá porque te lo hacemos mierda», es el discurso persuasivo. Llega un patrullero; un hombre de este diario escucha el siguiente diálogo entre el agente que se baja de la patrulla y el «estacionero»: «Acá en la vereda no se pueden poner autos. Bajalos». El barra brava le responde: «¿Cómo querés que los baje, si no son míos? Los dueños están en la cancha... ¿Cómo arreglamos esto, papá». El agente responde de inmediato: «Dame veinte mangos y está todo bien». El «cuidaautos» desembolsa el monto pedido; después de todo, es el equivalente a dos estadías en la esquina que le asignó la mafia para la que obviamente trabaja.
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Martes, 14.30; Olazábal a metros de Cabildo. Un automovilista estaciona, se baja y cierra el vehículo. De inmediato se acerca otro barra brava callejero y le espeta: «Son cinco mangos, amigo». El automovilista protesta, pero lo convencen con el mismo argumento que vienen usando estos delincuentes desde hace más de una década, sin que a ninguna autoridad ( política o policial) parezca molestarle su actividad: «Si no querés pagar, llevátelo o te lo hago mierda».
El hecho se repite en Plaza Francia y en San Telmo los fines de semana, en las inmediaciones de cada uno de los estadios en los que hay partidos y/o recitales; en barrios como Las Cañitas o los diversos Palermo viernes y sábados a la noche.
No se trata, como se ve, de la corrupción de una sola comisaría sino de un fenómeno más estructural en el que la cadena de complicidades seguramente arranca mucho más arriba. Mientras tanto, los ciudadanos pacíficos, por el solo hecho de tener auto y ganas de salir, deben abonar este verdadero impuesto a la falta de estacionamientos urbanos, sin que a ninguna autoridad (política o policial) parezca importale. Cabe apuntar, sin embargo, que los « cuidacoches» -que desaparecen de la zona una vez completada la capacidad de la cuadra a su cargo, o sea que no cuidan nada- no están solos en esto de abusar del automovilista: ayer los estacionamientos legales llegaron a cobrar $ 30 por auto durante el recital.
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