Christina Koch volvió a hacer historia con Artemis 2. A sus 47 años, la astronauta estadounidense se convirtió en la primera mujer en viajar hasta la Luna y en una de las personas que más lejos se pudo meter en el espacio.
Esta ingeniera, física y especialista de Artemis 2, hizo historia con una trayectoria que va más allá de la ciencia, las estaciones polares y los vuelos al espacio.
Christina Koch suma nuevos logros en una carrera llena de ciencia y exploración espacial.
Christina Koch volvió a hacer historia con Artemis 2. A sus 47 años, la astronauta estadounidense se convirtió en la primera mujer en viajar hasta la Luna y en una de las personas que más lejos se pudo meter en el espacio.
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Ella es ingeniera, física y astronauta científica civil, sin pasado militar. Antes de llegar a la NASA trabajó en la Antártida, pasó casi 11 meses seguidos en la Estación Espacial Internacional y formó parte de la primera caminata espacial hecha únicamente por mujeres.
La carrera de Koch se vinculó con la ciencia antes de convertirse en astronauta. Trabajó en el programa antártico y también pasó por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA). Su experiencia incluyó estaciones climáticas y proyectos científicos en algunos de los entornos más extremos del planeta.
Su primer trabajo en la NASA estuvo relacionado con la construcción de telescopios de rayos X para estudiar eventos de alta energía y comprender mejor el origen del universo.
Después llegaron las misiones espaciales, Koch permaneció casi 11 meses seguidos en la Estación Espacial Internacional, una experiencia que la convirtió en la mujer con mayor tiempo seguido fuera de la Tierra.
También participó de la primera caminata espacial integrada únicamente por mujeres. Con Artemis 2 sumó otro capítulo, ya que viajó alrededor de la Luna como especialista de misión y pasó a integrar el reducido grupo de personas que más lejos llegaron desde la Tierra.
Uno de los fenómenos más llamativos fueron los destellos que aparecían al momento de dormir. Koch contó que ya había visto algunos destellos con los ojos cerrados durante su paso por la Estación Espacial Internacional, pero en Artemis 2 fueron mucho más frecuentes.
Los cuatro tripulantes coincidieron en que podían ver entre seis y 12 destellos al cerrar los ojos, aproximadamente uno por minuto. Eso se debe a la radiación espacial, pero durante la misión cada astronauta llevaba dosímetros para medir de manera constante su exposición. La tripulación también recibió formación específica antes del vuelo y pudo conocer qué sectores de la nave tenían mayor o menor protección.
Según Koch, los niveles registrados se mantuvieron dentro de los márgenes considerados aceptables para la salud de los astronautas. La radiación sigue siendo uno de los principales factores que se tienen que vigilar en los viajes tripulados, especialmente a medida que las misiones se vuelven más largas y se alejan de la protección terrestre.
Uno de los aprendizajes que Koch destacó después de la misión tiene que ver con la capacidad humana de adaptación. Los astronautas entrenan durante años para responder a cada situación con procedimientos extremadamente precisos, pero el espacio termina presentando escenarios que no se dan como fueron ensayados.
Koch explicó que durante Artemis 2 hubo momentos en los que la tripulación tuvo que alejarse del manual y encontrar soluciones sobre la marcha. Cuando surge una situación inesperada, los hábitos incorporados la preparación les permiten reaccionar con rapidez incluso si el problema no coincide con ningún ejercicio practicado anteriormente.
La astronauta también contó que, al releer sus diarios después de volver, encontró muchas reflexiones sobre pequeñas decisiones tomadas durante el vuelo, desde interacciones con sus compañeros hasta la eficiencia de determinadas tareas.
Para las futuras tripulaciones, una de sus principales recomendaciones es aceptar que ninguna misión se desarrolla exactamente como fue imaginada en tierra.
Para Koch, la respuesta es un sí, ya que su propia experiencia de casi 11 meses en la Estación Espacial Internacional le sirve para imaginar viajes todavía más largos. Según explicó, las medidas médicas disponibles permiten proteger la salud ósea y muscular durante períodos prolongados fuera de la Tierra.
El desafío no es solamente físico, ya que las futuras misiones también tendrán que cuidar la salud mental de las tripulaciones a través del contacto con sus seres queridos, nuevos estímulos sensoriales y rutinas que permitan mantener el bienestar durante meses de aislamiento.
Koch considera que esos mecanismos ya ofrecen una base sólida para pensar en una misión de 18 meses a Marte.