Mafalda, la niña que le dio voz a la clase media

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El humorista argentino, quien falleció este miércoles, fue el creador de Mafalda, personaje que logró una proeza de la que pocos personajes de historieta fueron capaces: gozar a la vez de una popularidad inmensa y prestigio intelectual.

No es exagerado decir que la obra de Quino (1932-2020) influyó en la vida de varias generaciones con mayor fuerza que la de cualquier otro artista de su época. Mafalda no sólo era esa historieta que se leía en “Primera Plana” y más tarde en los libritos de Ediciones de la Flor, sino que formaba parte de la vida cotidiana de millones de lectores como las novelas por entregas en el siglo XIX. En lectores de todo el planeta, por aquello de “pinta tu aldea”, pero sobre todo de Buenos Aires, porque no era lo mismo que Guille le dijera “amarreta” a la señora que sólo le daba un caramelo en una plaza de Caballito, a que le dijera “roñica” en un parque de Madrid. Y, pese a que Quino era mendocino, Mafalda fue tan porteña y de clase media como el psicoanálisis y el primer Citroën 2CV que se pudo comprar un oficinista en relación de dependencia.

Mafalda logró una proeza de la que pocos personajes de historieta fueron capaces: gozar de una popularidad inmensa, en especial entre los seguidores de esa clase que al fin encontraban la tira con la que se identificaron hasta la médula, y del aplauso simultáneo de ensayistas y teóricos contemporáneos a ella, desde Umberto Eco en Italia hasta los epígonos de Romero Brest del Instituto Di Tella en Buenos Aires, que por esos días recategorizaban a la historieta como un género mayor, digno de consideración académica, al que empezaron a llamar “literatura dibujada”. Mafalda apareció en el momento exacto del siglo XX y no necesitó de homenajes a futuro: los tuvo en vida.

Fue una de las hijas dilectas de los ‘60, la única que rompió los coloridos tubos de ensayo de los intelectuales del arte pop, y se instaló entre las lecturas favoritas de empleados y amas de casa, el matrimonio típico de sus padres en la ficción. Y llegó a ser más universal que la única tira coetánea con la que suele comparársela (inclusive como fuente de inspiración), “Peanuts” (“Rabanitos”) de Charles Schulz, cuya filosofía, a veces menos costumbrista y terrenal, no apoyó tanto los pies sobre la tierra como ella.

Mafalda fue Vietnam, fue la minifalda, Los Beatles, Brigitte Bardot, la ONU, Mao, Nixon y la humilde sillita desde donde hacía llamados a la paz mundial en plena Guerra Fría, pero también el primer autito familiar, comprado con el esfuerzo de las cuotas y el aguinaldo; las vacaciones, en el hotel sindical, de una quincena que se escurría entre los dedos, como la arena; la nostalgia por un Sandokán cuya existencia los chicos ignoraban; fue, en definitiva, las aspiraciones y la conciencia de límites de esa clase (“¿Qué te gustaría ser si tuvieras una vida, mamá?”) que se ilusionaba con su despegue.

Una clase cuya variante intelectual eran Libertad y su madre, que vivían en un monoambiente alquilado y cuya comida pagaba Jean Paul Sartre a través de las traducciones, o que en su espíritu impaciente cometía errores --como el mismo Quino--, de los que se arrepentiría siempre, como burlarse de la “tortuga” Arturo Illia y lamentar, tiempo más tarde, lo que vendría a continuación, la mordaza que ella y sus amigos se vieron obligados a vestir.

Pero también era esa clase que conservaba mayoritariamente, (porque Mafalda y Libertad eran a no dudarlo, las excepciones), el modelo de la mujer de la década anterior, la de los 50, Susanita, la chismosa del barrio, cuyo único horizonte de felicidad posible eran un buen matrimonio, los hijitos, el último modelo de heladera como símbolo de confort, los cotilleos en la peluquería, y no sentirse decepcionada por el precio de los tomates.

El humor de Mafalda, como todo el de sus tiempos, era robusto y no reparaba en melindres. Hoy se diría de otra forma: enraizaba en varias causas progresistas pero distaba de ser “políticamente correcto”. El ejemplo más notorio era Manolito, el “gallego bruto” que de tan ignorante ni siquiera era capaz de entender el bullying al que lo sometían en el colegio. Sólo que en esa época no se decía bullying sino cargada, y tenía carta de ciudadanía social. Eso sí, era el único con una clara visión empresaria: el futuro, para él, no era un interrogante sino una cadena de supermercados, pero tampoco eso representaba una virtud en esos tiempos. Ya algunos ensayistas de los 70, al calor de Ariel Dorfman, habían empezado a señalar un cierto toque racista en la pintura de Manolito (acusación de la que no se salvaron ni los sainetes de Alberto Vaccarezza o Armando Discépolo), o la inmovilidad social o ideológica de otros de sus personajes, como Miguelito, de abuelo mussoliniano y también él velado admirador del Duce.

Tan sesentista fue Mafalda que, como los Beatles, en la década siguiente ya se había convertido en extranjera: su publicación, iniciada en 1964, fue espaciándose, y la última y cansada tira apareció en junio de 1973. Quino —lo dijo frecuentemente—, no tenía favoritismo por ella sobre el resto de su obra gráfica, y muchas veces habrá sentido lo mismo que los rock stars en los recitales, cuando el público les reclama los hits de siempre. Desde entonces la dejó viva en la época a la que pertenecía, sin segunda oportunidad sobre la tierra, y al proceder así la convirtió en clásica, a diferencia de otros dibujantes que desgastaron a sus criaturas a fuerza de repetición y adaptación. Mafalda fue universal e íntima, propia de cada lector. Tanto, que el intento que hizo el cine cubano por ponerle una voz fracasó por completo.

Gracias a esa condición de ícono siempre se le endilgó cualquier causa, y más de una vez contra las opiniones personales de su autor, como enseñar hace 40 años que el palito de los policías servía para abollar ideologías, o hasta hoy, enfundada en el pañuelo verde o celeste.

La obra de Quino como “cartoonist”, reunida en libros como “A mí no me grite”, no es menos grandiosa. Bastaría mencionar sólo dos: el de la mucama racional que reordena el Guernica de Picasso, y el del hombrecito taciturno, solitario, que en un supermercado repleto compra una soga y un banquito al que treparse, artículos cuyo precio son registrados por la cajera sin mirarlo siquiera a la cara.

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