Tarde de perros ayer en un "pisito" de calle Montevideo

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Mal fin de semana para Eros: al paro de actividades en albergues transitorios anunciado por el sindicato de los Gastronómicos -querían 23% de aumento, y 17% que les prometieron no los dejó satisfechos-, ayer, además, dos clientes del «Pisito de Montevideo», tal como se conoce al tercer piso del edificio de Montevideo 497, se transformaron en rehenes de dos delincuentes que habían entrado a robar en una financiera cercana.

El asalto se produjo pasadas las 14 y, al cierre de esta edición, ambos habían sido liberados junto con cuatro de las pupilas del lugar, pero aún permanecían al menos otras tres mujeres en poder de los captores.

Ni siquiera la situación imaginada en el inocente clásico de la picaresca criolla, «La cigarra no es un bicho» (1963), de Daniel Tinayre, había alcanzado tan dramática contrariedad. La vieja «Cigarra», un albergue transitorio (llamados «amueblados» en ese entonces), se clausuraba, con clientes en su interior, por un tema puramente sanitario, y la gran mayoría de ellos eran matrimonios en busca de esparcimiento. Más dramático era el libro de Javier Portales de «La sartén por el mango», filmada por Manuel Antín, cuando varios amigos quedaban atrapados en un «bulo» luego de producirse la muerte de una mujer.

La de ayer, en cambio, fue una Tarde de perros para los consumidores de placer al paso en Tribunales y las siete prostitutas, que debieron sufrir el inacabable paso de las horas en manos de los delincuentes (de 18 y 30 años) mientras la Policía, en el exterior, montaba un operativo muy similar al de la película con Al Pacino: francotiradores en las alturas, calles cortadas, provisión de pizzas, gaseosas y cigarrillos mediante sogas y sábanas tendidas, con poleas, desde pisos superiores, y largas y secretas tareas de persuasión y disuasión.

«Escuchamos gritos y un hombre exigía que le llevaran un fiscal y a los medios de comunicación», dijo por televisión una mujer que trabaja en la financiera ubicada en el piso superior, posiblemente el primer objetivo del asalto. Porque en el edificio, como vino a saberse, conviven oficinas dedicadas a los más diversos rubros del trabajo humano, sólo vinculados entre sí por la contigüidad: un estudio jurídico, una escribanía, la financiera, el prostíbulo, etc., y con la posibilidad inmediata de que algunas de sus oficinas ociosas en el primer piso (como indican algunos avisos clasificados en Internet) puedan completar, mediante el alquiler, el arco de oficios.

También en Internet figura, en uno de esos «foros» donde los clientes califican y aconsejan a potenciales consumidores, un apartado correspondiente al burdel tomado por asalto: a juzgar por la abundancia de visitas, «El Pisito de Montevideo» sería uno de los más frecuentados de Tribunales, aunque por precio y no por calidad de servicio. Varios hablan de «decadencia», otro dice, indignado, «hoy fue mi cuarta incursión en el privado de Montevideo y probablemente sea la última».

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