20 de febrero 2004 - 00:00

Conjura de los necios

E l crimen de María Marta García Belsunce parece más una confabulación de ineptitudes que un caso penal en vías de resolverse. Una tragicómica serie de hechos absurdos impide pensar lo contrario. Y desde el primer minuto ha sido así. Apenas descubierto el cadáver de la mujer, su marido Carlos Carrascosa no tuvo mejor idea que lavar la sangre y las habitaciones ayudado por la masajista, para evitarle una desagradable impresión a la familia. Convencido de que se trataba de un accidente llama a hermanos y amigos, y juntos encargan un certificado de defunción apócrifo, para eludir complicaciones. Por la noche, durante el velatorio encuentran el plomo de una bala averiado y deciden arrojarlo por el inodoro, al considerarlo un «pituto» para sostener anaqueles de estantería. La actuación de los hombres formados en Derecho no va en zaga de estos otros. El hermano de la asesinada y funcionario del Colegio Público de Abogados de Capital Federal, le pide a un juez amigo que «le saque a la Policía de encima». Romero Victorica, hasta entonces reputado miembro del Poder Judicial, accede y bloquea el accionar de la Policía. El fiscal Molina Pico, a cargo de la jurisdicción, también acepta la influencia jerárquica de Romero Victorica y asiste al funeral como un deudo más, en vez de ordenar una mínima investigación. El único héroe de la jornada, el segundo paramédico de ambulancias que llega al escenario de los acontecimientos y sugiere la posibilidad de una muerte violenta, es aplacado por la yunta de legistas familiares y amigos, y más tarde despedido por la empresa donde prestaba servicios.

•Hostigamiento

Luego, cuando las evidencias de asesinato salen a luz, se agrava e incrementa la retahíla de torpezas y desaguisados. El fiscal Molina Pico, dolido por haber mostrado sumisión a un par de mayor antigüedad, comienza a hostigar a la familia. Pestes habla de ésta también el hasta allí amigo, Romero Victorica, «engañado en su buena fe». Cuando durante un programa de televisión -al que gustoso asistió- un grupo de periodistas le insinúa a Horacio García Belsunce que el origen del crimen puede ser intrafamiliar, el abogado responde que si alguien dice eso «le rompería la jeta en el momento mismo». Llamativa reacción en un profesional del Derecho. Acusaciones cruzadas, vecinos ladronzuelos, guardias de seguridad que hurtan. Llega más adelante el capítulo de los análisis de sangre a la telenovela María Marta. Que sí, que no, unos aceptan encantados y otros se niegan recelosos. Por último, y como remate ditirámbico, el fiscal a raíz de una denuncia anónima elabora la teoría del Cartel de Juárez y el lavado de dinero. Evidentemente por rencor a la familia que puso al descubierto su debilidad, Molina Pico no investiga la tesis del robo frustrado. Comenzó a lloviznar, la mujer adelanta el regreso a casa, encuentra rostros conocidos en vituperable faena, y la liquidan a golpes y balazos.

•Otra versión

Interin, en los clubes de campo de zona norte circulaba otro rumor, diferente de ambos. Se decía que María Marta recibió la visita de su sobrina predilecta con la que mantenía relaciones que encolerizaban a la madre, quien llegó detrás de la jovencita y puso abrupto fin al entendimiento. Aunque no se han encontrado imágenes de video ni planillas de ingreso que abonen esto, la vecindad insiste.

En cuanto a la compleja teoría del fiscal, sin ser abogados ni entendidos en el caso, el común de los particulares se pregunta: a) ¿Por qué esta narcoconfabulación mexicanobonaerense de traficantes de drogas y lavadores de dinero querría matar a una simple mujer dedicada a encontrar niños perdidos? b) Suponiendo que el aparente gordo bonachón de Carrascosa sea en realidad un temible agente vernáculo del narcolavado internacional de dinero, ¿para qué desearía matar a su esposa?. c) Aceptando que existan motivos secretos, ¿por qué no contrató a un experto, o la envenenó con sustancias dudosas? ¿Tiene sentido haberla muerto y rematado a garrotazos y tiros en la cabeza? d) Y por último, dando por verdadero que un grupo de tres personas la atacó, cambió sus pantalones pero no sus zapatillas, lavó huellas de sangre, abrió el grifo de la bañera, todo para simular un accidente, ¿para qué le dispararon seis tiros en la cabeza? ¿Puede algún asesino creer que eso pasará como un accidente doméstico? De pretender simular esto, ¿no la habrían liquidado a golpes en la cabeza o asfixiado?. Por sutiles y osados que sean los criminales, no pueden haber contado con que nadie ordenaría siquiera una simple autopsia.

Son tan básicas y absurdas las conclusiones que cualquiera obtiene de lo postulado por el fiscal, que es dable creer que lo mismo considerará el juez Barroetaveña, quien en su momento dictó prisión preventiva al marido de la víctima, aunque difícilmente ahora acepte elevar la causa a juicio con esta pomposa tesis. Lo mejor que le podría suceder a María Marta es que Barroetaveña decida entregarle la instrucción del caso a otro fiscal. Lástima que esto demorará su resolución dos años, con suerte. Pero a cabalidad que la presente manera de llevar el asunto no puede continuar. De seguro que ni en sus más desesperadas fantasías los asesinos soñaban con que personajes tan sainetescos intervendrían en el caso.

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