Un teniente coronel al frente de la defensa de la URSS, en plena Guerra Fría, no pudo creer que EE UU. lanzara misiles sobre Rusia y desistió de la contraofensiva, salvando al mundo de una hecatombe mundial por un error de información satelital. En “La redención del camarada Petrov” (Edhasa), Eduardo Sguiglia recupera ese dramático hecho. El autor es economista y diplomático; fue embajador argentino en Angola, publicó ensayos, cuentos y seis novelas entre las que se destacan “Fordlandia”, “Ojos negros”, “Los cuerpos y las sombras”. Dialogamos con él sobre el llamado “incidente del equinoccio de 1983”.
Petrov, oficial comunista que en 1983 salvó al mundo
Diálogo con Eduardo Sguiglia sobre su última novela, que vuelve a la Guerra Fría.
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Sguiglia. Acaba de publicar “La redención del camarada Petrov”.
Periodista: Recordar el acto de un militar comunista que salvó al mundo de una hecatombe nuclear, ¿lo llevó a hablar de la participación de argentinos en la Segunda Guerra Mundial?
Eduardo Sguiglia: La controvertida proeza del teniente coronel soviético Petrov me permitió cruzar su historia con la del médico argentino Juan Meyer, que había estado en la URSS combatiendo la invasión nazi, y que alcanzó un grado militar por haber sido jefe de un grupo internacional de partisanos. A Meyer lo convocaron a Moscú para conocer su opinión sobre Petrov, quien desobedeció las órdenes del protocolo militar de defensa aeroespacial ante un ataque misilístico. La forma de narrar ese hecho era a través de un argentino con sus vicisitudes, e involucrado en lo que sucede en nuestro país en esos años.
P.: ¿Cuánto de real hay en Meyer? ¿Colaboró con Salvador Mazza en la investigación del Mal de Chagas?
E.S.: Es un personaje que surge de una larga investigación histórica en la que tuve la suerte de que me ayudaran Isidoro Gilbert y José Luis Mangieri, que habían pasado en su momento por movimientos de izquierda, recordaban sucesos de aquella época y tenían contacto con personas con papel activo en la vida universitaria y profesional de durante la Segunda Guerra Mundial. Meyer es una suma retazos de historias reales.
P.: El enfrentamiento nuclear del que salva al mundo Petrov en la Guerra Fría hace eco con las amenazas nucleares que hoy cruzan Putin y Biden.
E.S.: Era impensado, antes de que Rusia invadiera Ucrania, que los máximos líderes mundiales jugaran con fuego. Hablar de una nueva guerra mundial o del uso de armamento nuclear es de una tremenda insensatez, y remite a aquel incidente de septiembre de 1983. Desde esa época impera en las relaciones entre las grandes potencias la política de disuasión nuclear, yo no te ataco por temor a las represalias que tendrías conmigo. Lo que me atrapó de la historia de Petrov es que hay aspectos que están más allá de la disuasión, que a veces no se tienen en cuenta: los errores de cálculo, las fallas de control y las de la tecnología. Se puede disparar una hecatombe nuclear fuera de la voluntad de los líderes políticos o militares, por caso, lo que ocurrió con Petrov. De no ser por el temple de este teniente coronel en un búnker, una falla tecnológica hubiera conducido a una masacre mundial. El tema es actual y lo va a seguir siendo mientras el mundo no resuelva la terrible insensatez que comenzó hace casi ochenta años con la carrera armamentista y, básicamente, con la carrera nuclear.
P.: ¿En la Segunda Guerra Mundial las tropas nazis invasoras fueron saludadas por los ucranianos como liberadoras?
E.S.: Es un hecho histórico. Yo escribí la novela antes del conflicto entre Rusia y Ucrania. Hacía años que venía investigando lo ocurrido con Petrov. Mi sorpresa fue que la invasión de Rusia a Ucrania toca muchos lugares que se mencionan en la novela.
P.: Si bien Petrov es un personaje histórico que fue homenajeado por la ONU, ha sido ninguneado por controversial tanto por Rusia como por EE.UU.
E.S.: A principios de siglo una agencia noticiosa alemana intentó hacerle un reportaje a Petrov y no lo logró. Se me hacía muy interesante que un héroe fuera un personaje incómodo para las dos grandes potencias. Alguien que, a pesar de ciertos homenajes, murió a los 77 años, solo y en la pobreza, en su cuarto en la periferia de Moscú.
P.: Permanentemente en la novela se destaca el papel de las mujeres partisanas.
E.S.: No solo participaron activamente, sino que cumplieron un papel preponderante en todos los campos, tanto en el sector comunicaciones como en los combates. Hay anécdotas impresionantes de Las mujeres fusileras. Tuve la suerte de reunir relatos dispersos de partisanas españolas y latinoamericanas en los frentes de combate que dio sustancia a varios personajes de la novela.
P.: Con esta novela volvió a la novela basada en hechos reales que lo hizo conocido internacionalmente con “Fordlandia”.
E.S.: Entré en el mundo de la novela de forma azarosa. Supe casualmente de la ciudad que construyó Henry Ford en el Amazonas, a principios de 1930, para romper con el monopolio del caucho de británicos y holandeses, un proyecto lleno de conflictos que, aunque fracasó, duró hasta los años 40. Después se olvidó. Supe de eso casualmente, gracias a un libro de fotografías. Tuve la necesidad de contar eso que había quedado oculto como ahora con la historia de Stanislav Petrov. Como en “Los cuerpos y las sombras” de la “Operación gaviota”, el atentado del ERP a Videla. Cuando en mis viajes por Europa contaba de un militar soviético que nos había salvado de un apocalipsis nuclear pensaban que lo de Petrov era otra novela mía, no un hecho real. Bueno, fue una novela.
P.: ¿En qué está ahora?
E.S.: Durante la pandemia escribí un cuento que con el tiempo se ha ido convirtiendo en otra novela.
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