Maestros de lo fraudulento: los piratas y sus técnicas históricas

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Apropiarse del talento ajeno para revenderlo es algo tan viejo como el hombre. Aquí le contamos algunos de los casos más célebres.

Si los “trapitos” nunca desaparecieron de las calles de Buenos Aires pese a las varias campañas anunciadas en su contra (en todo caso, el virus los mandó a cuarteles de invierno por un tiempo), hubo otra actividad callejera de la que hace rato ya no quedan rastros, y en este caso no por culpa del virus: los manteros de los DVD ilegales, a quienes los avances de la tecnología expulsaron del paisaje urbano con una eficacia que jamás tuvieron ni la ley ni el orden.

Durante su reinado, para desesperación de los editores de video, hasta hubo auténticos especialistas que aconsejaban a los clientes con el lenguaje de un crítico. Si eran blanco de un decomiso policial o, como ocurrió una vez en un quiosco de Corrientes y el Obelisco (porque también los quioscos vendían este material), los descubría algún colérico director de cine que veía allí su película pirateada y les revoleaba los discos a la calle, no se preocupaban demasiado: los costos de producción y duplicación eran tan insignificantes que, al día siguiente, ya habían repuesto todo.

Además de críticos improvisados, más tarde estos pícaros también empezaron a aconsejar, sobre todo a sus clientes fieles, qué discos comprar o evitar en función de la calidad de grabación. Además del sonido y la definición deficientes de las películas de estreno, grabadas en el mismo cine, lo habitual era ver cabezas de espectadores que llegaban tarde y se sentaban, sin contar toses y comentarios en voz baja.

En la jerga, esas horrendas grabaciones eran conocidas como “cam”, es decir, tomadas por una camarita de forma manual, y que aun desaparecido el DVD sobrevivieron en la era digital. Son aquellos títulos más esperados por los ansiosos que aparecen, días después de su estreno, en los sitios ilegales de descarga. Quienes van a buscarlos no sólo se exponen a una invasión de virus (esta vez, cibernéticos) sino también a una de las peores formas de ver una película.

Antes que desalentar a los piratas, las nuevas reglas de juego que impuso la pandemia no podían ser más propicias para ellos. Esto lo advirtieron los exhibidores más importantes del mundo, quienes no sólo debieron cerrar las puertas de sus salas sino comprobar que algunos de los estudios históricos, como la Warner, les dijeran que su romance de décadas había terminado, y que de ahora en más las películas se estrenarían de manera simultánea en plataformas y salas. De esta manera, al pirata ya no le hace falta molestarse con su camarita hasta el cine y arriesgarse a que lo descubran (de hecho, ya no tendría dónde hacerlo); ahora sólo le basta esperar que el estudio suba en HD la película en su plataforma, y proceder a bajarla.

Pero, si los estudios de cine tienen un nuevo desafío a resolver, no será más que un capítulo en una batalla casi tan vieja como la historia de la cultura, que a lo largo de los siglos, y en todas las áreas, ha tenido unos niveles de sofisticación que hoy resultan difíciles de imaginar (y de repetir).

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Wolfgang A. Mozart y Vincenzo Bellini.

Wolfgang A. Mozart y Vincenzo Bellini.

Viejos piratas

En los albores del siglo XX, con la paulatina popularización del tango, el pirateo de partituras era moneda frecuente. En su biografía de Enrique Santos Discépolo, Sergio Pujol recuerda que el autor de “Cambalache” fue uno de los artistas más preocupados por la protección de los derechos autorales y el combate a la piratería, y para ello debió polemizar con muchos amigos socialistas y comunistas, como el diputado Enrique Dickmann, quien en 1936 votó a regañadientes la creación de SADAIC. “¿Quién es el autor de la Biblia, quién el de la Ilíada y la Odisea” había dicho en su discurso este buen hombre, enemigo de la propiedad intelectual. Hasta ese momento, la ley 7092 sólo castigaba al pirata con el secuestro temporario de su material, sin ninguna otra acción. Sin embargo, si se compara con lo que era común en la Europa de mediados del siglo XIX con la ópera y la música en general, lo del tango parece una travesura infantil.

Los piratas de la ópera eran cosa seria. Existían algunos con una capacidad casi sobrehumana, que podían asistir un par de veces al estreno de un nueva creación de Gioacchino Rossini o Vincenzo Bellini, memorizarla con la ayuda de los apuntes que tomaba durante su representación, y luego transcribirla en su integridad. Particularmente a Bellini ponía furioso esta práctica, que dañó fuertemente sus ingresos con la proliferación record de las copias piratas de su ópera “Norma”. En Sicilia pidió ayuda al gobierno, pero ni siquiera lo escucharon. Su propio suelo natal, el Reino de las Dos Sicilias, según el testimonio de más de un historiador, protegía a los piratas porque consideraba que contribuían a educar al pueblo.

Para esa época, sólo Francia contaba con una ley de propiedad intelectual, y los editores musicales todavía no existían con la fuerza que tuvo, algunas décadas después, el más notorio de ellos, Giulio Ricordi.

Pero, antes que estos operistas (Gaetano Donizetti y Giacomo Meyerbeer fueron otras víctimas), el problema no escapó ni a los dos más grandes y famosos: Mozart fue víctima de sus propios copistas, quienes apenas terminaban de trabajar en una obra suya la pirateaban al día siguiente. A Beethoven le ocurría igual hasta que tomó la determinación de copiar él mismo, de su puño y letra, las páginas finales de sus composiciones, para evitar que la obra entera fuera pirateada.

La parte más lucrativa de esta práctica no consistía en la publicación y venta de partituras completas; había numerosos teatros de provincia dispuestos a pagar más barato una obra, aunque no lo suficiente como para garantizarle significativas ganancias al pirata. Como éstos comprobaron pronto, el negocio estaba en la venta de reducciones para piano de arias, dúos, etc., además de piezas simples compuestas para ese instrumento: ese material tuvo una demanda inmensa en la mediana y baja burguesía europea, ya que ningún hogar, que se preciara de digno, podía carecer de un piano en su salón. Sin exculpar al pirata que memorizaba partituras, ni a los consumidores que se las compraban para interpretar en sus reuniones sociales, no deja hoy de sorprender la enorme diferencia cultural entre conocer e interpretar música, y comprarse un CD trucho en Plaza Rivadavia. Piratería era la de antes.

Libros a granel

Las copias fraudulentas de libros requerirían una enciclopedia para ser historiadas ya que, sin exagerar, al día siguiente de la invención de la imprenta por Gutenberg empezaron a producirse. A partir de 1830, cuando esos mismos hogares con piano llenaban los anaqueles de sus bibliotecas con las últimas novelas que era imprescindible leer para ser considerado socialmente, las ediciones pirata le dejaron fortunas a sus hacedores y dañaron la economía de editores y autores. Más la de los editores, por cierto, que siempre se llevaron la parte del león con el talento ajeno.

Francia fue uno de los países más vulnerables: entre sus vecinos, como Bélgica, Holanda y Suiza, florecían los editores ilegales que compraban en París las últimas novedades, las reimprimían en sus propios talleres, y las mandaban de regreso para venderlas a una tercera parte de su precio. Los franceses hacían algo parecido con los libros ingleses, y los estadounidenses con los de todos: los reimprimían en tamaño tabloide (unas ediciones seriadas a las que llamaban “mamuts” por su tamaño), que vendían tanto en su propio país como en Europa. En el viejo continente, el país pirata por excelencia era Bélgica: se calcula que sólo en Bruselas existían casi 300 editores pirata, y que 3 de cada 4 libros impresos en su territorio eran fraudulentos. En más de una ocasión, esto obligó a los editores legítimos a resignar ganancias, bajar los precios de sus libros, e imprimir más ejemplares para compensar las pérdidas.

Uno de los casos más notables, en Italia, fue el de la novela “Los novios” (“I promessi sposi”), de Alejandro Manzoni, un best seller de la literatura romántica que llegó a alcanzar el record de 55 ediciones piratas diferentes, sólo en su país. Harto de la situación, Manzoni costeó una edición propia con ilustraciones originales, realizadas por el xilografista más famoso de la época, Francesco Gonin. Estaba convencido de que esa versión sería la favorita de los lectores: tenía razón, salvo en un detalle: lo que no calculó fue que esas ilustraciones también podían piratearse gracias a los adelantos técnicos de la época, y que la edición pirata vendería casi siete veces más que la suya.

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Villanos y héroes

Como es de imaginar, también existieron siempre los defensores de la piratería. Así como hoy se extiende el “copyleft”, antónimo del “copyright” por el cual se pide que los titulares patrimoniales de una obra, contra los intereses comerciales de los editores, la cedan al dominio público, anteriormente se señalaron como ejemplos de defensa cultural algunas prácticas piratas. Por caso, las grabaciones de jazz, ópera y otros géneros musicales, que sin esos registros se habrían perdido para siempre.

En la mayoría de estos casos, las ediciones provenían de grabaciones radiofónicas. La gran paradoja es que editoras como la Columbia Records emplee viejas grabaciones piratas, mejoradas y pulidas digitalmente, para sus ediciones de hoy: el caso más emblemático son las “Bootlegs Editions” de Bob Dylan. Del mismo modo, hace una década aparecieron cortos piratas de Chaplin, cuyos originales se habían quemado, y que ahora pudieron restaurarse por obra de esas copias.

Ni qué decir de las ediciones piratas de óperas completas provenientes de la radio, gracias a las cuales hoy se conservan (aun con el pésimo sonido del registro casero) actuaciones de María Callas y de otras celebridades de los años 50 y 60. En los Estados Unidos, el malévolo ingenio de los piratas llegó al punto de publicar y distribuir estas grabaciones bajo el nombre de una supuesta compañía discográfica, la Record Corporation of America, cuyas iniciales no eran otras que RCA, para confundir al comprador con la famosa empresa RCA Victor.

La RCA espuria editó sin pausa entre 1951 y 1957, cuando fue descubierta y sus productos decomisados. Años más tarde, sin embargo, sus grabaciones continuaban disponibles en las bateas de numerosas disquerías del mundo. Los inspectores nada pudieron contra ellas, sí la conversión a lo digital, que las sacó de allí y las mandó a las redes. Nada se pierde.

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