Andrés Ridois: "La Argentina es un laberinto, es como el ritmo cardíaco de una persona acelerada"

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El líder de bodegas Colosso Wines y Sottano dialogó con Ámbito sobre su vida. La recuperación de un cáncer de garganta, y otras historias y anécdotas en su recorrido emprendedor. "Alta gama es el arte de encapsular y convertir la fruta del vino, en vino. Con la misma identidad, manteniendo la esencia", explica el empresario.

Andres Ridois es de esas personas que no pasan desapercibidas. Su presencia impacta. Llena el ambiente. Le da un matiz, un color. Un tono. Es de esas pocas personas que llegan, y antes de presentarse, contagian.

Andresito (así lo llaman amigos y colegas) nació el 15 agosto de 1975. Su madre fue una intelectual psicóloga, de descendencia judía. Su padre, un "todopoderoso, un titán", que pasó de "mendigo" a millonario y logró amasar una fortuna con el Grupo Greco, el conocido holding que llegó a ser propietario de más de 100 empresas entre propias y alquiladas (entre ellas Furloti, Resero, Arizu, Agua Villavicencio, diario Mendoza y el Banco de Los Andes) y que alcanzó a concentrar el 30% del PBI de la provincia de Mendoza.

En abril de 1980, el grupo fue testigo de su propia derrota cuando el Banco Central de la Nación liquidó al Banco De Los Andes, el cual contaba con su casa central en San Martín y llegó a comandar y monopolizar los ahorros de todo el país. Ese mismo día fueron confiscadas más de 40 empresas del holding y tiempo después llegó el desbarranco definitivo.

Andrés recuerda su niñez con alegría. Los años más duros llegaron tiempo después. A los 16 años supo de la existencia de una familia paralela: "me enteré que tenía una hermana de 13 años. No lo pude aceptar. Cuando lo supe, me auto generé una úlcera de duodeno aguda. Mamá me descubrió en el baño desmayado habiendo vomitado la mitad de mi sangre en un lavatorio. Me internaron con 5 de presión máxima. Y eso que yo me consideraba un toro", admite Ridois, que de pibe fue seleccionado dos veces para integrar Los Pumitas aún sin haber tenido un recorrido en divisiones inferiores. "Jugué sólo tres años, desde los 15 hasta los 18. Era muy bueno para el deporte", admite, a la vez que reconoce haber desperdiciado mucho talento. "Podría haber construido algo más interesante. A veces no miro dónde estoy, miro dónde podría estar y ahí es cuando me doy cuenta que desperdicié muchos años de mi vida", afirma. Sin embargo, cuando se le pregunta dónde quisiera estar hoy, abre esos ojos enormes, se acomoda ese pelo indomable por enésima vez, sonríe y dispara: "podría estar mucho más sólido. Podría ser millonario y tener un jet".

Andresito Ridois es un personaje entrañable. Viaja en sus palabras e invita a recorrer los lugares más precisos, y también preciosos, que conforman su laberinto emocional. Eso que está adentro y que late. Y que tiene forma y se sirve. Para compartir. Para poder aprender a entender cómo logró esculpir un camino sinuoso que hoy lo encuentra entre uno de los creadores de vino más carismáticos del escenario local.

Luego de enterarse sobre su familia paralela, su madre comienza a padecer un cáncer de garganta. "Los cánceres de garganta a veces son fáciles de tratar, como el de mamá, ya que estaba encapsulado en la tiroides", relata.

Ridois se considera un nerd, "aunque no parezca. Fui el primer promedio desde primero hasta séptimo grado, fui escolta. Pero siempre cuestioné la educación tradicional. Tenía la sensación de que había que tener una construcción interior, que es un proceso que estoy llevando ahora", cuenta el encargado de liderar el negocio de la recordada Vicentín Family Wines, hoy reconvertida en Colosso Wines y Bodega Sottano.

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"La creatividad es el 100% del éxito al momento de hacer grandes vinos. Todo el producto, desde el comienzo, pasando por la etiqueta, la botella, cada detalle es un proceso intelectual", opina Ridois.

"Me recibí de economista a los 24 años y cuando miré el título me dije: 'esto no es lo mío, a mí me gusta la creatividad, y tengo que llenar mi alma". Así, a los pocos días Andrés hizo la valija y casi con lo puesto viajó a California. "Me fui a hacer Surf, básicamente a no hacer nada. Un año en California para mimarme. Luego pasé una experiencia hermosa de 6 meses en Cuba", recuerda.

P.: ¿Fue dura la vuelta al pago?

A.R.: Pufff (risas). No sabía para donde agarrar, hasta que decido iniciar mi transformación y me reconvierto en un artista, en un escultor autodidacta. Nos presentamos con mi amigo Betito Sabina en un concurso de escultura de la municipalidad de Luján de Cuyo, hicimos una hoja de Malbec que hoy está en la ruta 7 apenas entrás al puente Luján, y ganamos el primer puesto. En ese preciso momento inicio mi transformación intelectual hacia la creatividad. Porque la creatividad se construye.

P.: ¿Cuánto influye esa creatividad a la hora de crear vinos?

A.R.: Todo. La creatividad es el 100% del éxito al momento de hacer grandes vinos. Todo el producto, desde el comienzo, pasando por la etiqueta, la botella, cada detalle es un proceso intelectual.

P.: Volvamos unos párrafos atrás. Te convertís en artista, escultor, ¿Cómo sigue la historia?

A.R.: Me pongo a hacer esculturas. Como tengo facilidad para las cosas, aprendo fácil, y observo. Tengo la humildad de aprender de otros, por más que la gente cree escuchar no es mi fuerte. Yo escucho todo, por más que no te lo diga. Aprendo de los otros, y reflexiono después. No en el momento, pero soy de reflexionar después. Así empiezo a construir este Andrés artista. Y un día llego a San Rafael y se produce el gran cambio. Me cruzo con un personaje alucinante que se llamaba Camilito Aldao. Fui a un casamiento y en una noche hermosa, en una habitación llena de libros me empieza a hablar de Borges y de los laberintos.

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Andrés se convirtió en un escultor autodidacta.

Andrés se convirtió en un escultor autodidacta. "Tengo la humildad de aprender de otros, por más que la gente cree escuchar no es mi fuerte. Yo escucho todo, por más que no te lo diga. Aprendo de los otros, y reflexiono después", admite.

P.: ¿Ahí decidís construir el laberinto de Borges?

A.R.: Casi en el acto. Me despertó algo en el inconsciente, se me puso la piel de gallina. Fue como un quiebre en mi vida. Esa noche con Camilito, una persona fantástica que conocí poco tiempo porque falleció muy joven, fue mágica. Nos pasamos 12 horas, desde las 7 de la tarde hasta las 7:30 de la mañana, con una intensidad enorme. El tema central fue el laberinto, la historia de su tía Susana Bombal, de Borges.... ¡Camilito conoció a Borges!, aprendió a manejar con él en el asiento de atrás. Camilito era periodista, de la primera ola. Un tipo de avanzada, creativo. Me cuenta que había tratado de hacer el laberinto de Borges con María Kodama, en Buenos Aires. No pude con mi genio y le dije: “mirá Cami, yo soy un hacedor, yo no sé hacer la montaña, pero si vos me decís que la mueva para allá, yo la muevo”. Esas fueron mis palabras. El laberinto estaba esperando el momento indicado, estaba buscando su lugar. Me estaba esperando a mí.

P.: ¿Entonces?

A.R.: Activé. Le dije a Camilito: “yo lo quiero hacer” Y él me dijo, "bueno, tomá", y me dio una enciclopedia completa de Borges para que la lea en detalle y me interiorice sobre la historia de los laberintos y la civilización minoica hasta la actualidad. Fue todo un tema, por dos motivos: primero, porque soy un pésimo lector; pero además yo me considero un hacedor manual. Pensé: no necesito un libro, yo construyo, soy un carpintero. Pero abrí la primera página y me devoré esa enciclopedia en 35 días. Fue fascinante. Borges, cuando habla del laberinto, no habla de un laberinto físico, como la biblioteca de Babel. Es el laberinto vertical, es el traspaso, es tu vida. Desde tu nacimiento hasta tu muerte. Y bueno, así me fui a San Rafael, sin un peso en el bolsillo, a construir el laberinto. Un desempleado mantenido por su madre. Un creativo en potencia, pero sin generar un centavo.

P.: ¿Por qué hacerlo en San Rafael?

A.R.: Es el primer destino turístico de la provincia. La estancia Los Álamos tiene una mística. Iban Mujica Láinez, Borges. Ahí hay poesía, murales de Soldi, o sea, una casa mágica, ahí había magia en serio. Vos entrás y los ves como fantasmas caminando por la casa, es alucinante. En fin, se suman al proyecto otros dos amigos, Gabi Mortarotti y Mauricio Runno. Éramos los 4 laberínticos, y ahí conocí la magia. Ahí, con ellos, entendí que cuando a las cosas vos le ponés intensidad y cabeza, todo fluye.

P.: ¿Cuánto tiempo les llevó construir el laberinto de Borges?

A.R.: Me pasé un año viviendo en el laberinto. Éramos 4 desempleados y había que conseguir las plantas. Un día, en medio de un diluvio, llamamos a Rolando Hanglin para que nos dé una mano en su programa de radio. A los 5 minutos nos llamó un tipo de Buenos Aires para decirnos que tenía 8000 buxus, que era lo que necesitábamos plantar. Y así se dio todo, necesitábamos algo y aparecía. Esa ecuación energética que todo el mundo llama misticismo, es precisa y poderosa, existe. El primer día que plantamos se juntaron tres tormentas, cayó la tormenta con granizo más grande de los 50 años en San Rafael y nosotros mirando cómo se nos destruían las plantitas del medio, dos arcoíris, está todo filmado.

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El Laberinto de Borges está enclavado en la estancia Los Álamos, en San Rafael, Mendoza.

El Laberinto de Borges está enclavado en la estancia Los Álamos, en San Rafael, Mendoza.

P.: ¿Terminaste la obra y después?

A.R.: El 23 de octubre del año 2003 se termina el laberinto y decido convertirme en diseñador de laberintos. Me voy a Inglaterra a verlo a Randoll, un crack, el mejor diseñador del mundo de laberintos. Después viajé un par de años más para verlo a él hasta que en Londres conozco a South Kensington, una persona de 94 años, un sabio. El tipo me hablaba del tiempo, de las curvas, mucha información. Yo, con 25 años, una esponja, sin capas, absorbiendo laberintos y laberintos. Y ahí decido montar una empresa de laberintos en la Argentina. Y un día llega a mi vida Ernesto Catena.

P.: ¿Ahí aparece por primera vez el vino en tu vida?

A.R.: Claro, así entré a la industria del vino. No por ser economista, ni alguien vinculado a la industria, sino porque construía y diseñaba laberintos. Un amigo le habla de mí al hijo de Catena. El tipo estaba haciendo una finca muy linda en Vista Flores y me contrata para hacer un laberinto. Me dice: “primero hay que convencer a papá”. Entonces le presenté el proyecto al doctor y le pareció una buena idea. Tiempo después, Don Catena me ofrece un trabajo estable.

P.: ¿Para hacer qué?

A.R.: Ni idea (risas). A hacer lo que sea. Como te dije, yo soy un hacedor. Y así me fui transformando.

P.: Pero no tenías idea sobre la industria del vino

A.R.: No sabía nada de nada. Nunca había tomado un vino en mi vida. Pero siempre fui un excelente comunicador y mejor vendedor. Había un proyecto que estaba lanzando Ernesto, el hijo de Don Catena. Se llamaba Alma Negra, estaba en su parte inicial, y me suman al equipo para acompañarlo a él. Aprendí con ellos. El Dr y su hijo fueron mis mentores. Dos personas totalmente distintas que me enseñaron cosas distintas.

P.: ¿Tuviste que ver en esa etiqueta? Fue la más disruptiva del momento.

A.R.: Eso es cierto. La etiqueta la hizo un estudio de diseño. Yo la agarré ya hecha, pero defendí a muerte en el proceso, porque fue tan disruptiva que hubo un planteo interno de sacarla del mercado. La mitad del equipo la odiaba y la otra mitad la aceptaba. Se sentía ese magnetismo negativo. Pero el doctor sabía que iba a funcionar. Y así fue. Esa etiqueta sin dudas rompió el molde.

P.: ¿En la transición, hacías las dos cosas, laberintos y vinos?

A.D.: Sí. Construimos el laberinto dentro de las hectáreas de viñas que están en Vista Flores en una de las fincas de Ernesto Catena. Y empecé ahí a trabajar en la industria del vino y desarrollamos Alma Negra. En el año 2011 me trasladan a otra de sus empresas que es Escorihuela, como gerente en Mendoza. Al poco tiempo comienzo a sentir que cumplí un ciclo, que no tenía más nada que aportar, ni ellos tenían más nada que darme a mí. Necesitaba transformarme, sentía que tenía la suficiente información como para empezar mi propio camino en la industria.

P.: ¿Ahí se cruza en tu vida la familia Vicentín?

A.R.: Sí. Pero no me voy a trabajar por ellos, me voy a trabajar a Vicentín por un hombre que se llama Máximo. Un titán, un amor de persona, un tipazo. Con él conozco el arte de disfrutar la vida, de las cosas simples. Máximo era uno de los directores de Vincentín.

P.: ¿Don Catena te deja ir así nomás? ¿Sin hacerte una oferta laboral para seguir en el grupo?

A.R.: No. Cuando renuncio a Escorihuela, el doctor me dice “Ridois, usted no se puede ir, yo lo eduqué, le enseñé todo”, y me ofrece trabajos diversos. Lo pensé mucho, contrarreloj, porque tenía que responder si aceptaba ir a Vicentín. Y me fui.

P.: ¿Qué conocías del grupo Vicentín?

A.R.: No tenía idea quién o qué era el grupo Vicentín. No sabía que tenían dinero, no sabía nada. Me habían comentado de una familia que había hecho un proyecto vitivinícola y bueno, los conocí. Me reuní con Máximo y me enamoré en tres segundos. Recuerdo que Máximo me contó que ya habían hecho un vino y me hizo una pregunta: "¿Vos por qué te metés en esta industria? ¿Querés ganar plata, o te fascina la industria? Si vos me decís que querés ganar plata yo no te tomo, porque vas a sufrir de ansiedad y no vas a tener la paciencia para que el proyecto tenga éxito. En cambio, si vos me decís que es porque te gusta la industria y no querés perder plata, yo soy tu hombre". Compré la idea, le hice un plan a 5 años, y empezamos a trabajar juntos. Ahí empecé mi desarrollo personal en el universo del vino, logré meterme dentro del líquido, o que el líquido se me metiera dentro de mis venas, porque ya no era alguien quien me decía lo que tenía que hacer, era yo haciendo, creando.

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"En Vicentín empecé mi desarrollo personal en el universo del vino, logré meterme dentro del líquido, o que el líquido se me metiera dentro de mis venas, porque ya no era alguien quien me decía lo que tenía que hacer, era yo haciendo, creando", afirma.

P.: ¿No ganaste dinero con Vicentín?

A.R.: Claro que gané. Llevo 20 años en la industria ganando y haciendo marcas exitosas.

P.: Hablando en términos laberínticos, no debe haber sido fácil transitar la crisis del Grupo Vicentín. Contame cómo viviste toda esa transformación

A.R.: Traés un tema muy potente. Y está bueno poder aclararlo. La bodega no era parte del grupo. Era outsider. Por eso nosotros no entramos en la convocatoria, somos totalmente independientes. Obviamente hay una relación porque es la familia. Te cuento una anécdota: nosotros le vendíamos vino a la familia, ellos lo pagaban, siempre fueron muy prolijos. A nadie de la familia se le regaló una sola botella, nunca.

P.: ¿Cuándo llega la fusión con Bodega Sottano?

A.R.: En 2016 empezamos a comercializar las dos bodegas. Hubo una unión muy exitosa. Y por el éxito que tuvimos en esa fusión, la familia me permite sacar mi propia marca.

P.: Un voto muy grande de confianza hacia vos

A.R.: Enorme. Y lo agradezco. Ya teníamos muchos años trabajando juntos y yo siempre respondí. Con honestidad, con trabajo. Era mi momento. Ahí empiezo mi recorrido personal en el mundo del vino, con una marca propia.

Momento bisagra

Todo marchaba sobre ruedas en la vida de Andrés. Pero en mayo del 2019 se produce un quiebre. “Estando con amigos, me palpo un ganglio inflamado en la garganta y digo en voz alta: tengo cáncer. Y así fue. Un día hermoso, estoy en la bodega mirando la montaña, y recibo un llamado del cirujano de cuello: “¿cuándo venís a Buenos Aires?”, me preguntó. En síntesis, tenía una metástasis ganglionar escamosa en ganglios cervicales. Cuando es metástasis, ya está. Estás en el horno. Distinto es cuando el cáncer está encapsulado.

P.: ¿Qué le pasa por la mente y por el cuerpo a un todopoderoso, como vos mismo te auto percibís?

A.R.: Se me frunció todo. Era un 2 de diciembre, en ese mismo momento llamé a la empresa y dije: “me voy a mi casa, suspendan mi agenda de acá en adelante que tengo cáncer y me tengo que curar”. Tomé el primer avión que encontré y al día siguiente ya estábamos con mi mujer en Buenos Aires.

P.: ¿Qué expectativa de vida te dieron los médicos?

A.R.: Un 50% y 50%.

P.: ¿Cómo reaccionó tu equipo de trabajo?

A.R.: Como yo esperaba, somos un equipazo, me dieron todo el apoyo. Máximo me preguntó qué necesitaba. Le respondí que sólo necesitaba tiempo para ganar la guerra. Yo había dado muchas batallas en mi vida, pero nunca una guerra. La muerte me tocaba la puerta y había que atenderla.

P.: ¿Lloraste después de esa noticia?

A.R.: No, estaba estupefacto. Y ahí emergió una vez más el hacedor. Había que mover la montaña de vuelta. Otra vez. Pero ahora la vida era la que jugaba. La montaña era la vida. Y el precio, morir. Mierda huevón, supe que podía morirme y no me gustó la idea. Para colmo, unos días después, el 3 de diciembre de 2019, me llaman de la empresa y me dicen: “Vicentín entró en cesación de pagos”. No sólo no tenía trabajo, sino que se me venía un lío grande. Pero mi foco era curarme del cáncer. Encima, Con mi socio actual, Horacio Scaiola, ya habíamos lanzado 4.000 botellas de Los Mil Demonios. Horacio es uno de los mejores paladares de la Argentina. Lo conocí en una despensa de campo, tomando vino, en Chacras de Coria. Hoy es uno de mis hermanos de la vida, además de mi socio.

P.: ¿Por qué Los Mil Demonios?

A.R.: Con Horacio nos encantaba tomar vino y charlar. Y empezamos a tomar juntos a dos motores. Una tardecita decidimos empezar a contar cuantas botellas habíamos tomado y contabilizamos como mil. Entonces Horacito me mira y me dice: "¿Por qué no hacemos una marca de vino?” y arrancamos con Los Mil Demonios. Horacio fue la primera persona que invierte en Andresito Ridois como bodeguero.

P.: ¿Cuánto invirtieron?

A.R.: No me acuerdo. Fueron 1.000 botellas que hicimos en honor a las mil botellas que nos habíamos tomado juntos.

P.: ¿Mil botellas se tomaron? ¿En cuánto tiempo?

A.R.: Dos años creo, no fue mucho más que eso.

P.: La etiqueta de Los Mil Demonios es jugada, disruptiva, refleja el Andrés artista, creativo. ¿Cómo fue ese proceso?

A.R.: Después de Catena, yo siempre diseñé las etiquetas. Me convertí en diseñador gráfico. En el caso de Los Mil Demonios empezamos a trabajar con un dibujante. Después de transmitirle la idea, me muestra un dibujo de Dore de la Divina Comedia, del 1800, dónde hay un demonio. Se me iluminó la cara; “Esto es lo que quiero", le dije, y así fueron surgiendo los demonios. Apareció Lucifer y después los otros.

P.: Siempre apostaste a romper con lo tradicional. En Sottano también se nota ese sello. Etiquetas locas, nombres que hacen mucho ruido.

A.R.: Es cierto. Estoy cansado de las reglas, del protocolo. El vino no tiene protocolo, el vino tiene subjetividad, pasión y amor. Por eso la bodega que tenemos con Horacio se llama Sin Reglas. En términos de vinos, las reglas no existen.

P.: Tu línea personal Los Mil Demonios incluye a Lucifer, Pirata, Gitano, hablas de infierno... En Sottano/Colosso El Tramposo, El Contrabandista, El Canalla. ¿Hay algo de Andrés Ridois en esas etiquetas?

A.R.: Sin dudas. La vida es un poco de infierno. Todos vivimos en un infierno decorado. Y el vino un poco nos hace transitar esa penumbra. Vamos en un camino intangible, invisible, hacia un universo que no conocemos.

P.: Alguien que te escucha, o te lee, puede llegar a pensar que lo que estás diciendo es muy poco marketinero. Vos te consideras un gran vendedor: ¿Todo esto que contás, no atenta contra la venta?

A.R.: De ninguna manera. El ser humano sufre. Hay que hacerse cargo.

P.: Volvamos hacia atrás. Te enterás que tenés cáncer justo en el mismo momento que pensabas sacar tu primera producción de vinos. Contame más.

A.R.: Exacto. Pero no me paralicé. Dije, "vamos para adelante”, y sacamos al mercado 4.000 botellas. Ahí estaba yo, en medio de la enfermedad, con quimioterapia, rayos. A mis 45 años, peleando contra la muerte y a la vez emprendiendo una vez más.

P.: ¿Cuál es el mercado de Los Mil Demonios?

A.R.: Producimos para Brasil y Argentina. A nivel local hay una expansión interesante. El primer año sacamos 4.000 botellas y el año siguiente 22.000. Íbamos invirtiendo todo lo que ganábamos, y parte del sueldo. Empezamos a blendear con Horacio. Salimos con partidas micro vinificadas, todos contenedores chiquitos.

P.: ¿Los Mil Demonios es un vino de alta gama?

A.R.: Híper alta gama.

P.: ¿Cómo definirías el mercado de alta gama?

A.R.: Alta gama es el arte de encapsular y convertir la fruta del vino, en vino. Con la misma identidad, manteniendo la esencia. Y ahí empezamos a trabajar con distintos enólogos y no paramos más. De yapa, me curé del cáncer.

P.: Todo esto que contás sucedió en plena pandemia.

A.R.: En el peor momento de la pandemia. Nos íbamos con mi mujer en la camioneta a Buenos Aires con la ruta vacía.

P.: ¿Estás trabajando en nuevos productos?.

A.R.: Si. Te cuento una anécdota: en la bodega hay un empleado evangelista, Coco. Un día viene y me plantea que no se puede poner la remera de los demonios. Me quedé helado, pero lo entendí. Y me puse a pensar que le tenía que dar una solución. Ahí se me ocurre crear "Los Arcángeles". Me doy cuenta que no está registrado y empiezo a trabajar en ese proyecto. Los arcángeles son comunes a todas las religiones. En síntesis, los 7 Arcángeles ya están embotellados. Salen en octubre.

P.: ¿Están pensados para el segmento de alta gama?

A.R.: Siempre. Son vinos de u$s 100, lo mejor que he hecho en 20 años. Son vinos increíbles.

P.: Cien dólares, 20 mil pesos en términos de dólar blue

A.R.: Nada, un regalo, 20 años de conocimiento en una botella.

P.: ¿Cuántas botellas sacas a la venta en la primera partida?

A.R.: Son 10.000 botellas. Tengo arcángeles musulmanes, islámicos, católicos. Va a ser un éxito rotundo.

P.: ¿Pensaste en construir tu propia bodega?

A.R.: Estamos en eso. La vamos a hacer en Luján de Cuyo, en Agrelo. El proyecto creció, funciona, los vinos están riquísimos. Estamos en ese camino.

P.: ¿Cuánto considerás que te sirvió tu formación como economista en tu recorrido emprendedor?

A.R.: Fue indispensable. Humildemente, considero que mi capacidad lógica deductiva es superior a la de otras personas. Sé cómo resolver problemas.

P.: ¿No es un poco soberbio?

A.R.: Para nada. Yo no me considero el más inteligente, pero poné a las dos personas más inteligentes que conozcas en una situación, en un ámbito dónde ellos no estén cómodos, y yo les voy a ganar. Soy un sobreviviente. Soy alguien que puede solucionar cualquier problema sin teoría. La economía me dio el proceso. Esa facultad me construyó, terminó de construir la matemática universal en mí cabeza, cómo resolver cualquier ecuación. Dame un problema y yo lo resuelvo.

P.: ¿Es un buen negocio construir laberintos?

A.R.: Para nada, No es tan fácil vender un laberinto, y menos en Argentina. Diría que la Argentina en sí misma es un laberinto. Inexplicable, caótica, con un desequilibrio muy pronunciado. Es como el ritmo cardíaco de una persona acelerada.

Conciencia sustentable

Andrés está casadohace 20 años con Natalia. “El amor de mi vida. Una mujer hermosa. Ella me enseñó como es el arte de no hablar. Con ella aprendí a escuchar. Saber escuchar es un arte”, reflexiona.

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Junto a Natalia, su compañera de vida desde hace 20 años.

Junto a Natalia, su compañera de vida desde hace 20 años. "Ella me enseñó como es el arte de no hablar. Con ella aprendí a escuchar", reflexiona.

Su otro gran amor es Santina, su hija. Tiene 16 años, es ecologista. Juntos crearon la Fundación Sin Culpa, que espera el apoyo del INTA para armar un vivero con plantines para empezar a forestar en Luján de Cuyo, Mendoza. "El principal objetivo es la preservación del medio ambiente, que bastante maltratado está por el ser humano. El desafío principal en lo inmediato pasa por conseguir el apoyo de algunas instituciones y también de la gente. Para esto la comunicación del proyecto es muy importante", le cuenta Santina a Ámbito. "Más allá de que la idea primordial es plantar árboles, nuestra misión como fundación es organizar otras actividades paralelas". A nivel personal, Santina también se plantea metas y desafíos: "El más urgente es el compromiso de ser muy responsable con el medio ambiente desde lo individual, con acciones pequeñas".

Al hablar de Santina, a Andrés se le ilumina la mirada. "Mi hija tiene una inteligencia admirable, es una gran crítica del magnetismo negativo. Tiene un camino espiritual de alto vuelo, que no sé dónde va a terminar. Ella tiene su vida, toma sus propias decisiones. Yo la aconsejo, trato de que no cometa errores, y pongo límites en algunas cosas que veo, que no me parecen, pero ella ya es más sabia que yo, esa es la realidad", confiesa.

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Con Santina crearon la Fundación Sin Culpa, que ya tiene un vino en su honor.

Con Santina crearon la Fundación Sin Culpa, que ya tiene un vino en su honor. "Mi hija tiene una inteligencia admirable, es una gran crítica del magnetismo negativo. Tiene un camino espiritual de alto vuelo, que no sé dónde va a terminar", cuenta Andrés.

Ridois cuenta que el verano pasado viajaron juntos a Lima, a un congreso de Thai Chi, Kung Fu y meditación en la playa. "¿Qué piba de 15 años hace eso?", se pregunta y reflexiona: "A mi hija y a la gente como ella hay que apoyarla. Son seres de luz. La generación de debajo de 20, es la única que nos va a transformar en serio. La única que va a transformar este país y el mundo".

P.: ¿Qué es lo que más te gusta compartir con Santina?

A.R.: Todo. Estar, compartir. La cotidianeidad, el transformar, el aprender cada día.

P.: Imagino que ya pensaste en hacer un vino en su honor

A.R.: Estoy haciendo un vino que se llama Sin Culpa, en botella reutilizada. Me estoy volviendo loco porque la logística en este país no es tan fácil. Va a ser un vino sin etiqueta, sin papel en pos de la disminución de la huella de carbono. A nivel ecológico, hoy el CO2 es lo que está produciendo la extinción de la humanidad. La idea es que la gente se sume al consumo consciente tomando un vino de alta gama. Te tomás un rico vino con una botella reutilizada y si podés la devolves, yo te pago por la botella, me la llevo, la vuelvo a limpiar y la vuelvo a embotellar. Como se hacía en la vieja época, como la damajuana, pero en alta gama. La ganancia estará totalmente destinada a forestar y a transformar.

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