Apuntan a un asesor de Bush como fuente del caso Plame

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Washington (AFP, EFE) - Correos electrónicos enviados por la revista «Time» a un gran jurado revelan que el asesor de la Casa Blanca Karl Rove, estratega de la reelección de George W. Bush, fue una de las fuentes en el caso de la identificación de una agente de la CIA y que podría llevar a dos periodistas a prisión por negarse a revelar a sus informantes.

Según la revista « Newsweek», que cita a dos abogados del caso, Rove, subsecretario de la Casa Blanca, fue nombrado como una de las fuentes por dos abogados que pidieron no ser identificados.

No obstante, un abogado de Rove, Robert Luskin, dijo a «Newsweek» que su cliente «nunca reveló a sabiendas ninguna información clasificada» y que «no dijo a ningún periodista que Valerie Plame trabajaba para la CIA», la Agencia Central de Inteligencia estadounidense.

Plame es esposa de un ex embajador,
Joseph Wilson, que poco antes de que se desatara el caso, en 2003, había publicado en «The New York Times» una nota reveladora sobre las falsedades de la Casa Blanca acerca de la versión de que Saddam Hussein se había apoderado de uranio proveniente de Africa.

Rove es considerado el arquitecto de la reelección de Bush el año pasado.
Fue este experto en marketing quien aconsejó al republicano reforzar el discurso en favor de los valores familiares y en contra del aborto, en oposición a la supuesta liberalidad de los demócratas.

«Time» accedió el jueves con reticencia a entregar los correos electrónicos internos, fundamentalmente correspondencia entre los editores y el periodista Matt Cooper, además de sus anotaciones relacionadas con el caso.

Cooper y su colega del diario «The New York» Times
Judith Miller recibieron la orden de testificar ante el gran jurado o enfrentar la prisión.

Ambos dijeron que preferían ir a la cárcel antes que revelar sus fuentes de información al gran jurado que investiga cómo se filtró a la prensa el nombre de la agente de la CIA.

• Delito federal

Revelar deliberadamente la identidad de un agente encubierto de la CIA es un delito federal. Un fiscal especial fue designado para investigar la filtración y citó a los periodistas para que revelaran la fuente.

Miller y Cooper invocan el derecho al secreto profesional que les permitiría respetar el anonimato de sus fuentes, por lo que desafiaron la orden.

Miller nunca utilizó las informaciones relativas a Valerie Plame que le fueron confiadas y Cooper mencionó la identidad de la agente en uno de sus artículos.

Miller podría comenzar el miércoles a cumplir una pena de 18 meses de prisión por desacato a un magistrado, luego que la Corte Suprema de Estados Unidos rechazara la semana pasada tomar el caso.

Cooper, por su parte, podría evitar la prisión, si la acusación se queda satisfecha con la decisión de su redactor en jefe de confiar sus libretas de notas a la Justicia.

El Comité de Periodistas por la Libertad de la Prensa denunció una «parodia» de justicia y Reporteros sin Fronteras consideró el caso «retrógado y liberticida», estimando que representa una derrota para todos los periodistas.

Para
John Watson, un profesor adjunto de periodismo en la American University, «es como si el cielo cayera sobre nuestras cabezas, pero eso ocurre cada 25 o 30 años», relativizó.

«Eso no anuncia el fin del periodismo. Es un contratiempo serio para la libertad de prensa, pero sobreviviremos», añadió.

Aly Colon
, del Instituto Poynter de periodismo, indicó que el caso Miller/Cooper debe hacer pensar dos veces a los periodistas antes de usar las fuentes anónimas. «Eso no debe transformarse en una costumbre», estimó.

Los defensores de la libertad de prensa se vieron shockeados por la decisión de «Time» de divulgar los documentos solicitados. Algunos temen que esta iniciativa aliente a otras redacciones a colaborar con la Justicia pese a objeciones de los periodistas, para evitar consecuencias jurídicas y comerciales perjudiciales.

«La misma Constitución que protege la libertad de la prensa exige el respeto de las decisiones de la Justicia», justificó el jueves el redactor en jefe de «Time»,
Norman Pearlstine.

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