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Robert Gates jura a su cargo como nuevo secretario de Defensa.
"Estados Unidos y sus aliados de la OTAN tienen un compromiso con el pueblo afgano y pretendemos mantenerlo. No podemos permitir que Afganistán se convierta nuevamente en un santuario para terroristas", añadió.
Por su parte, Bush dio la bienvenida al flamante secretario de Defensa, un hombre "de talento e innovación que aporta una nueva perspectiva (...) un nuevo camino para lograr progresos en Irak".
"Cuando Bob Gates levanta su mano y jura, lo hace en un tiempo de grandes consecuencias para nuestra nación", aseguró el mandatario.
Gates, de 63 años y un ex director de la CIA, sucede al muy controvertido Donald Rumsfeld, quien reinó en el Departamento de Defensa durante seis años marcados por los atentados del 11 de setiembre de 2001 contra Estados Unidos, las invasiones a Afganistán en 2001 e Irak en 2003 y el escándalo de las torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib.
Bush sacrificó a Rumsfeld al día siguiente de la derrota de los republicanos en las elecciones legislativas del 7 de noviembre, que obedeció principalmente a la impopularidad de la guerra en Irak.
Conocido por un mayor pragmatismo que su predecesor, Robert Gates asume el cargo en un momento en el que Bush, bajo la presión de los acontecimientos y de la opinión pública estadounidense sobre lo que ocurre en Irak, prepara el anuncio de una nueva estrategia.
Gates formó parte de un grupo de personalidades respetadas, el Grupo de Estudios para Irak, que acaba de presentar al presidente recomendaciones que pregonan un cambio de estrategia en ese país.
Su franqueza fue especialmente apreciada por los legisladores durante una audiencia en el Senado a principios de diciembre, mientras que su predecesor era acusado a menudo de negarse a ver la realidad.
"Espero que continúe expresándose abiertamente sobre las dificultades a las que nos enfrentamos y que sea un agente de cambio en la administración Bush, principalmente en Irak", dijo Harry Reid, el próximo líder de la mayoría demócrata en el Senado.
Durante esa audiencia, Gates estimó que Estados Unidos no estaba ganando la guerra y pidió que se establecieran contactos con Teherán y Damasco, a pesar de los numerosos diferendos entre Washington y esos países.
Se dijo hostil a un ataque contra Irán, salvo como "último recurso absoluto" y si los intereses estadounidenses en materia de seguridad se veían amenazados, y expresó asimismo su oposición a una intervención contra Siria.
Reticente como el resto de la administración a fijar un calendario preciso para el retiro de Irak, afirmó que Estados Unidos deberá mantener "por mucho tiempo" una presencia militar en ese país, sin perjuicio de que los efectivos se reduzcan a mucho menos de los 130.000 actualmente desplegados.
Según Gates, cualquier retiro precipitado que deje a Irak en el caos, provocaría un "conflicto regional" en el que se verían involucrados Irán, Siria, los países sunitas de la región y Turquía.
Al margen de la urgencia del tema iraquí, Robert Gates deberá estudiar las demandas de la jerarquía militar, que considera insuficiente el número de efectivos del Ejército estadounidense para responder a situaciones de emergencia en el mundo.



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