Bruselas - Bélgica cumplió ayer cien días sin nuevo gobierno después de las elecciones legislativas, situación que está fomentando la radicalización en Flandes (norte), según los últimos sondeos publicados sobre la evolución del país.
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La mitad de los flamencos pide la independencia inmediata de su región y dos de cada tres están convencidos de que tarde o temprano Bélgica terminará dividiéndose, de acuerdo con los resultados de un sondeo que publicó ayer el diario flamenco «Het Laatste Nieuws».
Desde las elecciones, celebradas el 10 de junio, se han sucedido un «informador», un «mediador», un «formador» y un «explorador» en la tarea, hasta ahora infructuosa, de poner de acuerdo a los partidos ganadores -democristianos y liberales-, de uno y otro lado del país, sobre un programa común de gobierno.
Flamencos (norte) y francófonos (sur) discrepan sobre la conveniencia de una nueva reforma del Estado, la quinta desde 1970.
Pese a que el bloqueo está a punto de batir todos los récords en cuanto a su duración, la gran mayoría de los flamencos exige que los políticos de su grupo lingüístico mantengan su exigencia de proceder a una nueva descentralización del Estado, con más traspasos en los ámbitos financiero, fiscal, de ferrocarriles, ciencia y salud, entre otros.
El principal candidato a primer ministro, el democristiano flamenco Yves Leterme, ganador absoluto en Flandes, donde obtuvo casi 800.000 votos personales, no cuenta con el apoyo de los francófonos, y algunas torpezas -como confundir el himno belga con el francés- no han hecho sino dañar aun más su imagen en el sur. En Flandes, sin embargo, donde fue presidente regional, sigue gozando del apoyo de 70% de los entrevistados.
Cualquier otro candidato potencial a la jefatura del gobierno federal, como el francófono liberal Didier Reynders y el también democristiano flamenco y « explorador» actual, Herman Van Romuy, apenas alcanzan 10% de apoyo.
Dispersión
La complicada estructura federal de Bélgica -con tres regiones, tres comunidades lingüísticas y siete parlamentos- y las grandes diferencias económicas y culturales entre flamencos y francófonos han llevado a un reparto del voto más disperso que nunca.
En Flandes, los partidos con un programa altamente nacionalista, e incluso separatista, lograron una clara victoria; en Valonia, los comicios supusieron el final de la hegemonía socialista y el resurgimiento de los liberales.
Cien días de encuentros bilaterales, negociaciones nocturnas, fracasos consecutivos y avances limitados no han podido evitar una parálisis casi total que está sumiendo al país en una crisis de identidad.
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