No se equivocan quienes piensan que Brasil parece el país más dañado por la nacionalización energética en Bolivia, aunque también lesiona a empresas de otros países. Tanto que fue el propio Lula da Silva quien ayer dijo: «No nos vamos de Bolivia».
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Está afectado. En realidad viene afectado, pues a pesar de las óptimas relaciones entre el PT brasileño y las fuerzas de izquierda que rodean a Evo Morales han ocurrido episodios económicos que lastimaron el enlace político o ideológico. Siempre el dinero puede más, aún en el progresismo.
En los últimos tiempos, hubo señales complicadas para Brasil. Lula designó un enviado a La Paz con la promesa de que invertiría unos 5.000 millones de dólares en yacimientos, petroquímica y energía eléctrica. Pero ese maná casi no pudo ser transmitido: Evo Morales no lo quiso atender y, en rigor, trataron al delegado como a un expoliador norteamericano en el Altiplano. Para ese momento, tanto como ahora, había cierta sospecha en el oficialismo boliviano de que intereses brasileños impulsaban los sectores secesionistas de Santa Cruz de la Sierra.
El conflicto, además, se agravó con las reyertas de una empresa metalúrgica brasileña en El Mutún (quejas por la contaminación en el uso de carbón), razón por la cual muchos se han interrogado porque sólo se han divulgado fotografías de los militares bolivianos ocupando Petrobras, cuando la acción castrense también se aplicó sobre Repsol, British Petroleum, Pan American, Total o Exxon.
En rigor, no sólo Lula no se irá de Bolivia. Tampoco partirán las otras compañías -curiosamente, ayer ni uno por ciento perdieron en la Bolsa las castigadas Petrobras o Repsol, a pesar de que parecerían haber perdido importantes reservas-, quizá porque restan 180 días de negociación. Mientras, Morales ha logrado calmar a su opositor Felipe Quispe, quien había amenazado con manifestaciones en toda Bolivia si no se profundizaba el proceso de nacionalizaciones. También, claro, le sirve para una elección por la constituyente el 2 de julio próximo.
En cuanto a la Argentina, el 15 de este mes inicia con Bolivia la discusión por el precio del gas, fluido que muchos suponen como una unidad internacional cuando en verdad -al revés del petróleoes un precio compartimentado por regiones (la de América del Norte, la del Sur, la de Japón y área de influencia).
No es menor la diferencia: el gas ofrece fluctuaciones de precios de 5 o 6 veces de diferencia, puede ir en un mismo año de 2 o 3 dólares a 12 (según, por ejemplo, la época del año). Por lo tanto, la discusión puede ser complicada para ponerse de acuerdo, sobre todo porque aún pesa un contrato entre las partes. Está claro que habrá una suba -recordar que buena parte se transfiere a Chile-, nadie arriesga el número.
Lo que resulta evidente, al menos para los brasileños, es que el venezolano Hugo Chávez ha influido también sobre Morales, de modo que si Lula y Néstor Kirchner se molestaron con él porque asistió al encuentro organizado por Bolivia, Paraguay y el Uruguay, ahora deben estar mucho más dolidos. Puede empezar un pleito regional como consecuencia -en rigor, ya está en marcha- y se plantean reservas sobre los proyectos comunes: el megagasoducto de Venezuela a la Argentina pasando por Brasil sólo tendría sentido si Bolivia no establece precios razonables. Pero si hoy Morales puede ser imprevisible, ¿cómo será depender de Chávez?
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