Clegg, la sorpresa que no fue

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Los liberal demócratas de Nick Clegg trataban de entender por qué la popularidad de su líder no dio los resultados esperados en las elecciones británicas. Sin embargo, tienen más que nunca la llave de un gobierno, conservador o laborista.

Desde el viernes, David Cameron, líder de los conservadores británicos que ganaron las elecciones pero sin mayoría absoluta, y Gordon Brown, cuyos laboristas finalizaron en el segundo lugar, trataron de seducir a los Lib Dems. El primero les ofreció un acuerdo "global" de gobierno, el segundo se declaró dispuesto a negociar.

Nick Clegg reconoció el viernes de madrugada que sus resultados eran "decepcionantes". Aunque algunos sondeos apuntaban a que lograrían hasta un centenar de diputados en la nueva Cámara de los Comunes, los Lib Dems se tuvieron que conformar con 57 de los 650 escaños, contra 63 en la saliente.

"No hemos conseguido lo que esperábamos", reconoció Nick Clegg, que se convirtió en una estrella nacional tras arrasar en el primer debate televisivo contra el primer ministro Gordon Brown y el conservador David Cameron a mediados de abril.

Este revés electoral es una sorpresa y un fracaso para Clegg, que según varios analistas pagó caras sus vacilaciones sobre una eventual alianza con los laboristas de Brown.

El profesor Steven Fielding, de la universidad de Notthingham, adelanta otra pista. "La mayoría de gente que apoyó a Clegg tras el debate no sabía realmente lo que defendían los Lib Dems".

"Y algunas partes del programa, en particular sobre Europa y la inmigración, son realmente impopulares", agregó refiriéndose a su posición más bien favorable a una entrada a largo plazo del Reino Unidos en la Eurozona, o su propuesta de regularizar a los inmigrantes 'sin papeles' desde hace 10 años.

Además, los conservadores blandieron la amenaza del parlamento "colgado" (sin mayoría absoluta) -hoy una realidad- si subían los Lib Dems. La estrategia surtió efecto entre algunos electores, agrega el experto.

Fracaso o no, los Lib Dems salen, paradójicamente, en posición de fuerza entre unos Tories que no obtuvieron la mayoría absoluta, y un primer ministro que necesitará sus votos para mantenerse eventualmente en el poder.

Clegg tiene una oportunidad única para lograr una de sus principales reivindicaciones: la reforma del sistema electoral uninominal mayoritario a una vuelta que favorece el bipartidismo y la introducción de la proporcionalidad.

A lo largo de la campaña, Clegg evitó cuidadosamente decir a qué partido privilegiaría en caso de parlamento "colgado".

El viernes, fiel a su discurso de las últimas semanas, reafirmó que el partido mayoritario, los Tories, debía ser prioritario en tratar de formar gobierno. Sin embargo, no precisó si negociaría con este partido, ni siquiera después de que Cameron le prometiera reflexionar sobre una eventual reforma del sistema electoral.

Brown se limitó a tomar nota de la postura de Clegg: magnánimo, dejó a los liberal demócratas la posibilidad de negociar en un primer momento con los conservadores. Pero se apresuró a añadir que si este diálogo fracasaba, estaba dispuesto a hablar con ellos, principalmente de... reforma electoral.

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