"Que el pueblo termine el día 31 sabiendo que, a partir del 1 de enero, Brasil será mejor. Quiero un Brasil mejor para mis hijos y también para los hijos de los otros, porque aprendí que la felicidad o se comparte o se pierde, que no es posible ser feliz solo." Este fue el mensaje de ayer de Luiz Inácio Lula Da Silva en su programa de radio, justo antes de cumplir un año en el poder, lo que se producirá pasado mañana, 1 de enero. Esa es justamente la apuesta del gobierno brasileño para 2004: que la dura política monetaria y fiscal de 2003, sumada a la concreción de importantes reformas estructurales, haya servido para sentar las bases de un fuerte crecimiento.
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Esas políticas de dureza, diferentes de las prometidas durante la campaña electoral y que generaron la iras del ala izquierda del Partido de los Trabajadores -cuyos principales líderes parlamentarios acaban de ser expulsados de la agrupación-, no mellaron la confianza de la gente en su presidente: casi 70% de la gente sigue confiando en el mandatario y 57% cree que cumplirá sus promesas sociales, hasta ahora la gran asignatura pendiente de su gestión.
A comienzos de su administración, Lula decidió conquistar la confianza de los mercados nombrando en el Banco Central a un ex BankBoston, Henrique Meirelles. Para conjurar la amenaza de una disparada de la inflación -se creía que llegaría a 43%- elevó la tasa básica de interés a 26,5%. Para ratificar el cumplimiento de los compromisos de Brasil firmó un acuerdo con el FMI y elevó la meta de superávit fiscal primario a 4,25%, un recorte de gastos de 4.000 millones de dólares, acaso su mayor osadía. Para afianzar las perspectivas futuras del país se enfrentó a los sindicatos de estatales -muy poderosos en su partido-con una profunda reforma previsional, a los estados con una tributaria -aún en ciernes-y comenzó a estudiar la autonomía del Banco Central. Mucho más de lo que cualquier observador hubiese esperado para sólo un año.
•Resultado
A corto plazo, el resultado fue el freno de la economía. Según la última encuesta entre analistas realizada por el Banco Central, el crecimiento del PBI este año será de apenas 0,11%. De la mano de eso, se destruyeron 600.000 puestos de trabajo -el desempleo saltó de 10,5% a 12,9%- y la renta real de los trabajadores se contrajo 16%. Pero en el otro platillo de la balanza, el dólar se estabilizó por debajo de los 3 reales -antes de la asunción de Lula orillaba los 4-, la balanza comercial trepó a un récord de 24.500 millones de dólares, la inflación cerrará el año dentro de las pautas oficiales en torno a 9% y, más destacado, el riesgo Brasil se desplomó de 2.400 puntos básicos en enero hasta alrededor de 500 en la actualidad. Esto permitió que las empresas y el Estado recuperaran el acceso al mercado mundial de capitales.
En tanto, la deuda externa en dólares bajó a un tercio del total, pero su relación con el PBI -una asignatura pendiente pese al esfuerzo realizado-sigue siendo elevada: 57%.
Según todas las previsiones, 2004 parece destinado a convertirse en el primer año del «espectáculo de crecimiento» vaticinado por Lula en los días más difíciles. El gobierno declara un crecimiento anual de 3,5%, pero todos los pronósticos privados se refieren a 4% o más, un dato importante para la Argentina, que -a pesar de una reforma impositiva que afectará a sus exportadores-podría aumentar sus ventas -sobre todo industriales, muy relegadas en 2003- y que recibiría menos productos brasileños que se volcarían a un mercado interno fortalecido. Esto se reflejaría en una caída del superávit comercial a 16.000 millones de dólares. Por otra parte, se prevé que la inflación se reduzca a 5% y que regresen con fuerza las inversiones extranjeras.
Pero todavía hay acechanzas. La tasa básica cayó a 16,5%, permitiendo la recuperación económica, aunque desde ahora bajará más moderadamente y seguirá estando en términos reales por encima del promedio internacional. La pesada carga tributaria de 36% del PBI es motivo de permanente queja de los empresarios y podría incluso incrementarse si el diablo -y los enjuagues políticos-mete la cola en las negociaciones por la segunda fase de la reforma tributaria.
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