Discurso gravitante del presidente brasileño
Alguna vez lo citó Fernando de la Rúa, sin convicción. También al pasar lo señaló Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner lo mencionó en su discurso reciente en la ONU, pero quien realmente se apropió del tema como vocero mundial es el pícaro mandatario brasileño Lula Da Silva. Decirle con fuerza al mundo desarrollado que si quiere cobrarles a los países emergentes sus cuantiosas deudas debe levantar los subsidios para que puedan venderle, para que los agricultores subsidiados de Estados Unidos o Europa inclusive no le arrebaten mercados, es una argumentación de inusitada fuerza. En primer lugar, es justo y es lógico, aunque sea difícil de lograr, porque de esos subsidios dependen miles de votos de los políticos de grandes países. «Mil millones de dólares por día» de subsidios a la menor eficiencia en producción primaria de Estados Unidos, Europa y Japón, declaró Lula en San Pablo. Más de 400.000 millones de dólares por año que saldarían todas las deudas de los países subdesarrollados en un par de años. No está probado que la «política del portazo» sea la mejor para eliminar o bajar los subsidios de las grandes naciones a sus productores. Se la aplicó en la reciente reunión de la Organización Mundial del Comercio en Cancún, que terminó en ruptura. Pareciera mejor la «política de la persistencia en el reclamo» que están aplicando Lula y, con mucho menos insistencia, la Argentina. Reproducimos aquí más ampliamente lo más importante del reciente discurso del presidente de Brasil sobre el tema en el Congreso de la Internacional Socialista.
-
Bill Gates declarará ante el Congreso de EEUU por su vínculo con Jeffrey Epstein
-
Irán celebró una "gran victoria" tras el alto al fuego con EEUU y avisó: "Tenemos la mano en el gatillo"
Luiz Inácio Lula Da Silva el lunes, al hablar en la apertura del Congreso de San Pablo de la Internacional Socialista. En su discurso diferenció a su Partido de los Trabajadores de la izquierda tradicional y ratificó su política moderada.
Estamos, pues, ante un movimiento que tiene historia. Una historia de aciertos y errores, de victorias y derrotas. Una historia que fue y continuará siendo analizada con pasión, porque es nuestra historia, la trayectoria de hombres y mujeres de izquierda.
Reflexionamos mucho sobre esas cuestiones cuando decidimos formar el Partido de los Trabajadores en Brasil, incluso durante el régimen militar, en medio de vigorosas movilizaciones de las clases trabajadoras.
No desconocemos las herencias del socialismo del siglo XX. Sobre todo no olvidamos sus sueños, el sacrificio de tantos, las esperanzas que fueron capaces de despertar. Pero pertenecemos, junto con otras organizaciones, sobre todo de América Latina, a otra genera-ción de partidos.
Compañeros y compañeras, nuestro proceso fue un aprendizaje difícil, que tuvo varios escenarios. Las luchas en las fábricas y en los campos, los debates parlamentarios, las experiencias administrativas de gobernar las ciudades y los estados, las discusiones intelectuales. La movilización permanente por los derechos humanos, especialmente en el combate al racismo y a la discriminación de género, y la defensa del medio ambiente. En ese proceso se fue reforzando nuestra comprensión de que vivíamos en un mundo injusto que era necesario cambiar.
Al día siguiente de mi elección afirmé que el objetivo principal de mi gobierno era erradicar el hambre en mi país y lu-char para que ese flagelo desaparezca del mundo. Quise con eso destacar el hecho de que existen más de 40 millones de conciudadanos en el Brasil que pasan hambre. Pero quise sobre todo llamar la atención sobre las condiciones económicas, sociales y políticas que produjeron tantos millones de hambrientos.
Así, nuestro programa Hambre Cero, a través del cual queremos erradicar esa vergüenza nacional, no es, como algunos pretenden, un mero programa asistencial. Es evidente que tendremos que echar mano a políticas de emergencia. No podemos pedir a quien tiene hambre que espere los resultados de la reconstrucción de nuestra economía.
Ese proceso ya está en marcha e involucra grandes transformaciones estructurales, la creación de empleos y políticas consistentes en educación, salud, vivienda y transporte. En suma, la apertura de un nuevo, vigoroso y duradero ciclo de desarrollo.
Somos capaces de eso. Crecimos en el pasado, entre 1930 y 1980, a una tasa media superior a 6%. Podemos abrir un nuevo período de expansión, distinto de aquél, ya que ahora queremos distribuir la renta y expandir la democracia.
Mis compañeros y mis compañeras, para realizar esos objetivos que, estoy seguro, son los de todos nosotros, necesitamos un mundo diferente, más solidario, menos desigual, más democrático.
Hay economías que pregonan el libre comercio pero practican intensamente el proteccionismo. Quieren arancel cero en las relaciones comerciales, pero no ceden en los subsidios que hoy alcanzan a 1.000 millones de dólares por día. Quieren liberalizar los servicios, las inversiones, la propiedad intelectual y las compras gubernamentales, pero utilizan cuotas y medidas antidumping para proteger sectores ineficientes de sus economías.
En las negociaciones en curso en la Organización Mundial de Comercio, y en las que se llevan adelante para la formación de una Area de Libre Comercio de las Américas, hemos intentado llevar adelante una agenda positiva. El G-22 se formó en Cancún para intentar una salida a la impasse en la OMC.
En todos esos encuentros defendimos solamente el interés nacional, las políticas acordadas en el ámbito del Mercosur y en otros foros creados por los países en desarrollo. Que quede claro que Brasil tiene gobierno y quiere, junto con otros países, un orden económico mundial más justo e equilibrado, con igualdad de oportunidades para todos.
Compañeros y compañeras, en mi reciente discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas, hice una enfática defensa del multilateralismo como forma de lograr un mundo de paz y entendimiento, capaz de enfrentar las enormes desigualdades sociales que alimentan los fundamentalismos y las soluciones de fuerza, en especial el terrorismo.
Dije y quiero repetir: el perfeccionamiento del sistema multilateral es la contraparte necesaria de la convivencia democrática en el interior de las naciones. Para alcanzar esos objetivos precisamos reconstruir la ONU, adaptándola a las nuevas realidades del mundo de hoy, distintas de las de los años '40, cuando fue creada.
Las Naciones Unidas tienen que ser reformadas, especialmente sus mecanismos de seguridad colectiva, el Consejo de Seguridad y los organismos con la responsabilidad de enfrentar los problemas económicos y sociales.
• Guerra al hambre
La ONU deberá empeñarse fuertemente en la tarea de construir la paz en el mundo, en el marco del respeto al derecho internacional. Sólo corresponde el uso de la fuerza en última instancia e, incluso así, con el respaldo del Consejo de Seguridad o de la Asamblea General. La única guerra en la cual estamos dispuestos a involucrarnos es la guerra contra el hambre y la exclusión. En ésa sí vale la pena vencer.
Compañeros y compañeras, en esa lucha por un mundo de paz hemos buscado, a través de una política externa activa y altiva, aproximarnos a nuestros vecinos de América del Sur, especialmente de nuestros socios del Mercosur. Estamos fortaleciendo los lazos económicos en la región. Queremos construir una infraestructura común, que nos permita desarrollarnos e insertarnos mejor en el mundo. Buscamos más que una integración económica y comercial: queremos construir instituciones políticas comunes, procurando una aproximación social y cultural.
Quiero también destacar que en estos pocos meses de gobierno conseguimos una relación equilibrada y mutuamente respetuosa con los Estados Unidos y la Unión Europea.
Las profundas transformaciones por las que pasó el mundo en las últimas décadas derribaron muchas certezas y afectaron en parte paradigmas socialistas del pasado.
Los conservadores celebraron muy apresuradamente, sobre todo en América latina, la victoria de sus tesis y la derrota de las izquierdas. No fue necesario que transcurriera mucho tiempo, sin embargo, para constatar que el legado que el conservadurismo dejó fue un continente con un mundo de desempleados y hambrientos y atravesado por profundas desigualdades e incertidumbres. Un mundo donde las grandes conquistas científicas y tecnológicas benefician relativamente a pocos y excluyen a muchos. Un mundo sumergido en el temor de una violencia que no sabe evitar. Pero otro mundo es posible. La tarea de construirlo no puede ser de una corriente, de un partido o de una persona. El pasado del socialismo nos dejó algunas lecciones.
Importantes alternativas políticas se construyen sin dogmatismos, de forma plural y yo respeto las diferencias. Ellas son antes que nada expresión de grandes movimientos sociales.
Somos capaces de vencer cuando deja-mos de lado nuestras divergencias inter-nas menores y privilegiamos el enfrentamiento de los grandes desafíos que tenemos por delante.
En las derrotas del socialismo siempre la desunión ocupó un lugar importante; en las victorias la unidad fue el punto fundamental. Esa es también la experiencia de mi partido. Sabemos el peso de la responsabilidad, sabemos de las esperanzas y las pasiones que nuestra victoria despertó en varios países de América latina y en varios sectores de la izquierda en el mundo entero.
• Preocupación
Eso, al revés de dejarnos sólo felices, nos deja más preocupados porque significa que nuestra responsabilidad aumentó y mucho. Es importante recordar que hace poco tiempo en América latina varios partidos políticos que hoy están en un debate democrático, en la lucha política electoral, entendían que no existía otra vía para llegar al poder que la de la lucha armada.
Fue gracias a compañeros como Marco Aurélio Garcia y otros, que creyeron y crearon el Foro de San Pablo, donde por primera vez convocamos a la izquierda de América latina -que ni conversaba entre sí, dentro de sus países-a sentarse, a comenzar a aprender la base de la democracia, que es la convivencia en la diversidad.
La esencia de la democracia es la esencia de la Internacional Socialista, esto es enseñar que la grandeza de la democracia es que la gente aprenda a respetar a las personas como son y a tomar de ellas sólo aquello que pueda sumar a nuestra lucha objetiva. No lo que nos puede dividir.
Gobernar cuatro años no es una carrera de 100 metros en que hay que resolver todo en apenas 10 segundos. Es un maratón, que requiere estrategia, una definición correcta del tiempo en que se aumenta y se reduce la velocidad.
Mi elección es el momento histórico en la lucha de ese movimiento y quiero decirles que pueden tener la certeza, todos los que confían en nuestra trayectoria y en lo que podemos hacer por Brasil, que no los vamos a decepcionar.



Dejá tu comentario