3 de marzo 2008 - 00:00

El elegido: un liberal leal a su predecesor

Moscú (EFE, AFP) - Su probada lealtad a Vladimir Putin y un discurso de corte liberal se compaginan en Dmitri Medvedev -el nuevo presidente ruso- con la misma naturalidad que sus blazers y desteñidos jeans.

Nadie en Rusia cuestiona la fidelidad a Putin de este abogado de 42 años y ex profesor de Derecho Romano, a quien el actual jefe del Kremlin eligió para garantizar la pervivencia de su legado. Ambos se graduaron en Derecho en la Universidad de San Petersburgo y trabajaron juntos en la municipalidad de esa ciudad entre 1990 y 1996.

En 1999, Putin, ya al frentedel gobierno, lo llamó a Moscú para encabezar el aparato administrativo del Gabinete de Ministros, cargo clave en el Ejecutivo ruso. Uno de los primeros decretos de Putin, tras asumir la presidencia en funciones el 31 de diciembre de 1999, fue nombrar a Medvedev jefe adjunto del Gabinete de la Presidencia.

Poco después, le confiaría la dirección de su campaña de cara a las elecciones presidenciales extraordinarias convocadas tras la dimisión de Boris Yeltsin.

«Si se me confía el ejercicio de la jefatura del Estado, me comprometo a continuar el rumbo que ya ha demostrado su eficacia, el rumbo del presidente Putin», aseveró Medvedev, quien a poco de ser promovido como candidato en diciembre pasado ofreció el cargo de primer ministro al propio Putin, propuesta que aceptó gustosamente.

  • Trayectoria

    Durante los ocho años de mandato de Putin, asumió puestos como el de jefe del Gabinete de la Presidencia (2003) o el de viceprimer ministro primero (2005) a cargo de los proyectos nacionales (Educación, Vivienda, Sanidad y Demografía, y Agricultura).

    Desde 2000, preside Gazprom, el mayor consorcio mundial de gas y principal palanca de la agresiva política energética del Kremlin en el mundo. El profundo pragmatismo es el rasgo que todos, superiores y subalternos, destacan en Medvedev.

    En abierta disonancia con su discurso liberal y sus llamamientos a la modernización, el «delfín» ha descartado reformas en el sistema político presidencialista personificado por Putin, que marginó a la oposición y redujo las funciones del Legislativo a la mera aprobación de las leyes elaboradas por el Kremlin.

    No obstante, sus comentarios acerca de la «imperiosa necesidad» de implantar la libertad en Rusia despertaron ciertas esperanzas entre los liberales más crédulos. «La libertad es mejor que la falta de libertad. La libertad en todas sus manifestaciones: personal, económica y de expresión», proclamó durante su campaña.

    También aboga por una mayor apertura a las inversiones extranjeras, el respeto a la propiedad privada y el aumento de las pensiones. El tecnócrata Medvedev ha prometido diversificar la economía y pronosticó la futura privatización de empresas estratégicas y la sustitución de los funcionarios al frente de las grandes corporaciones por gerentes independientes.

    Aunque apenas se pronunció sobre política exterior, nada hace prever cambios en la férrea oposición de Moscú al despliegue del escudo antimisiles estadounidense en Europa, a la independencia de Kosovo o a la ampliación de la OTAN.

    En lo social, insiste en el imperativo de la « responsabilidad individual» del ciudadano o, dicho de otra forma, aboga por acabar con el tradicional paternalismo que caracterizó en la URSS y en Rusia las relaciones del Estado y el ciudadano.

    Incluso no dudó en admitir en plena campaña que tiene previsto subir los precios del gas hasta los niveles mundiales.

    La corrupción es, para él, «la más grave enfermedad» que aqueja a la sociedad rusa y pretende lanzar todo un plan de lucha contra este mal, pero, sobre todo, quiere combatir «el flagrante desprecio de la ley», que él define como «nihilismo jurídico».

    La imagen de «buen chico» de Medvedev contrasta con la de los otros dos presidentes de la historia de la Federación Rusa: el judoca y ex agente del KGB de Putin, y el difunto Boris Yeltsin, el «terminator» del comunismo y conocido por su afición a la bebida.
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