Con provocaciones, insultos y tuits burlones, Donald Trump, un magnate inmobiliario acusado de haber amasado su fortuna en base a contratos perjudiciales para las arcas públicas y de haber eludido impuestos de modo sistemático, ha escrito un capítulo extraordinario en la historia de EE.UU. Tanto es así que la elección de hoy, en la que buscará, a los 74 años, un segundo mandato, está planteada como un verdadero referéndum sobre su persona.
El estilo de la desmesura
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A la vez síntoma y multiplicador de los miedos y fracturas de Estados Unidos, este presidente showman siempre se negó, una vez instalado en la Casa Blanca, a asumir el rol de unificador, en asumida ruptura con sus antecesores. Incluso en el pico de la pandemia de covid-19, que se ha cobrado más de 226.000 vidas en el país, cuando la sociedad buscaba una voz tranquilizadora, rechazó cualquier muestra de empatía.
La deriva populista o el colapso económico anunciados por algunos el 8 de noviembre de 2016, día de su sorpresiva elección, no se produjeron. Las instituciones, a menudo avasalladas, han demostrado su solidez y una serie de indicadores –empezando por los de empleo y PBI– fueron muy buenos durante mucho tiempo, hasta el impacto del nuevo coronavirus.
En el exterior, intimidó a los aliados de EE.UU., se trabó en una peligrosa disputa comercial con China, condicionó a organismos multitalerales, repudió el acuerdo nuclear con Irán, ordenó la salida de la OMS y asestó un golpe brutal a la lucha contra el cambio climático.



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