Encuentra Argentina una oportunidad para rever viejos errores

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A Ingrid Betancourt le bastaron unas horas para poner en su lugar a todos los que, durante su cautiverio de seis años, buscaron sacar provecho del reclamo por su liberación para causas ajenas a la paz, la integración y la soberanía de Colombia. Tras agradecer en primer lugar «a Dios y a la Virgen», Ingrid reconoció con énfasis el mérito del presidente de su país, Alvaro Uribe, y de las Fuerzas Armadas colombianas en su incruento rescate.

A los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Rafael Correa, de Ecuador, les pidió que utilicen «la influencia que tienen sobre los comandantes de las FARC» para que éstos « dejen el camino del terrorismo y emprendan el de la negociación y la paz». Y los invitó a sumarse a la causa por la libertad de los demás rehenes y por la paz, pero a condición de respetar la democracia colombiana.

  • Generosidad

    En concreto, con generosidad, invitó a los mismos destinatarios de sus velados reproches a enmendarse. En el mismo sentido, hubo un mensaje para Cristina Fernández de Kirchner. Fue cuando la ex rehén convocó a nuevos actores regionales, «entre éstos a la presidenta de Argentina», a contribuir a que «esto se mueva», pero reiterando que ello debe hacerse «con el entendimiento de que nos ayuden a la liberación de los secuestrados, no a fortalecer la guerra en Colombia». Por lo pronto, en un hecho saludable, la presidenta llamó a Uribe para transmitirle «satisfacción y alegría» por el operativo, según informó ayer el canciller Jorge Taiana.

    Ingrid coincidió con la explicación que había dado Uribe cuando el año pasado le retiró su confianza a Chávez como mediador ante las FARC: « Colombia necesita una mediación y no una legitimación del terrorismo».

    Tenía razón, ya que por entonces algunos gobiernos latinoamericanos habían pasado de la indiferencia a la injerencia respecto del conflicto colombiano. El gobierno argentino, por caso, se sumó entusiasmado a una operación de «rescate» de rehenes cuyas implicancias políticas y geoestratégicas desconocía por completo y en nombrede los intereses de terceros, Venezuela y Francia. Además, lo hizo en términos que dejaban mucho que desear en materia de respeto hacia el gobierno legítimo de un país soberano.

    En su discurso de investidura, Cristina de Kirchner solicitó que «Dios ilumine al señor presidente de la hermana y querida República de Colombia para poder alumbrar una solución que exige el derecho humanitario internacional». Y cuando manifestó en París por la liberación de Ingrid, dijo que lo hacía para que el gobierno colombiano «comprenda que deben cesar las operaciones militares para poder arribar a un final feliz».

    Cristina de Kirchner no reaccionó con contundencia cuando Chávez le pidió a Uribe que dejase de calificar a las FARC y al ELN como grupos terroristas y les reconociese estatus de fuerzas beligerantes. Una conducta que implicaba de hecho la convalidación de la insurgencia contra un Estado soberano y una república democráticamente gobernada. A todas luces, un retroceso político para el continente. Pese a todo, Ingrid Betancourt le está ofreciendo ahora a la presidente argentina una oportunidad para enmendar el rumbo.
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