Ex diplomático de la RDA: "Cuando cayó el Muro tuvimos miedo por nuestro futuro"
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"Es que nuestra formación, que incluye el dominio de tres o cuatro lenguas, capacidad de análisis político y 'savoir faire' protocolar, nos hace muy apetecibles para empresas con operaciones en varios países".
Por eso, la mayoría de sus ex colegas se orientó hacia ese sector: "De los aproximadamente 3.000 integrantes del Servicio Diplomático de la RDA, sólo unos 100 siguen en la diplomacia alemana", señala J.
Su mujer, también ex diplomática, trabaja desde la reunificación como empleada pública en un centro de gestión comunal de Weissensee, en Berlín. Allí está también el departamento donde viven, moderno y amplio, nada ostentoso, con vista al lago del que la zona toma su nombre.
J. nació en 1957, por lo que ya no se considera de la generación de posguerra ("son quienes nacieron antes de 1950", explica). Para él y su familia, la caída del Muro marcó el paso de una vida predecible y segura a la "inseguridad del sistema actual, donde quien no tiene bienes personales está desamparado".
Cuando cayó el Muro, "tuvimos miedo", reconoce J. "Por un lado, temíamos que hubiera violencia si el SED reprimía las manifestaciones populares con sus 'Betriebskampfgruppen', especie de ejército privado del partido, con unidades armadas en las fábricas e instituciones".
"Y también teníamos miedo por el futuro, porque ya éramos padres de cuatro hijos y se veía que el destino de nuestros trabajos era incierto".
A pesar de haber perdido muchas cosas, hay muchas otras que en la RDA no eran posibles y hoy J. valora: "Por ejemplo poder irme a Barcelona de un día para otro, o comprar un vino chileno si tengo ganas. Antes, aunque conocía esas cosas por haber vivido en Londres con libras esterlinas y en casa de diplomático, no me importaba no tenerlas".
"También valoro la simplicidad para ciertas cosas: si necesito dos bolsas de cemento voy y las compro, o un auto; en la RDA todo eso era muy engorroso", explica mientras su mirada se pierde en la lluvia de Berlín, tras el ventanal de la sala de su casa.
En la RDA, las obligaciones partidarias formaban parte de su vida y la de su esposa: "Como miembro del SED debía asistir una vez por semana a las reuniones del partido, y forzosamente debía hablar, porque sabía que había alguien que evaluaba mi comportamiento". La libertad respecto de "esas estructuras" es también algo que J. hoy estima.
Pero a pesar de todas las críticas que considera legítimas, J. se sigue reconociendo tras 20 años en "los principios en que se fundó la RDA", que aún le parecen "un modelo de futuro".
El rasgo fundamental del comunismo, advierte, siempre se pasa por alto: "En el capitalismo la propiedad privada no tiene límites, alguien puede ser el dueño de todo; en la RDA la propiedad era social. Esa diferencia determina todo lo demás, y en los medios siempre se la omite".



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