Con la Guardia Republicana de Saddam Hussein atrincherada a las afueras de Bagdad y miles de sus más leales defensores bien armados y al acecho en los barrios de la ciudad, es posible que ese hombre esté a punto de desencadenar «la madre de todas las batallas» que prometió hace 12 años.
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Si Saddam Hussein ganara su apuesta, las fuerzas de la coalición podrían verse obligadas en ese caso a rememorar los combates que tuvieron lugar en 1993, en la batalla de Mogadiscio.
Habría diferencias importantes, por supuesto. Los 150 soldados norteamericanos acorralados en las calles de Mogadiscio eran integrantes de una unidad de infantería ligera que se había quedado aislada sin posibilidad de refuerzos ni suministros, sin protección acorazada, y que dependía del apoyo aéreo que pudiera prestarle un reducido número de helicópteros.
Los soldados de la alianza se contarán en Bagdad por decenas de miles, con todos los medios de protección. Pero tendrían que moverse, con un campo de visión no expedito y con comunicaciones por radio en condiciones deficientes, en un campo de batalla de 360 grados en el que tendrían que seleccionar cuidadosamente los blancos de entre una población civil decididamente dispuesta a ocultar, ayudar y proteger al ejército iraquí.
Circulan informaciones de que ha habido iraquíes expatriados, huidos del régimen, que ahora han vuelto para combatir por su país. Para los iraquíes que no se fían de los EE.UU., la alternativa consiste en elegir entre su Satanás particular y la Gran Potencia Satánica del mundo.
Además, los iraquíes obtienen la información de sus ministerios de propaganda, que exageran los desastres de la guerra y juegan con las simpatías nacionalistas. Todo esto ya ocurrió en Somalia. Cuando las fuerzas de los EE.UU. se presentaron allí en 1992, en cumplimiento de la campaña humanitaria de las Naciones Unidas, muchos soldados tuvieron del pueblo somalí un recibimiento con sonrisas y regalos. Mohamed Farah Aidid, el más poderoso de los caudillos militares de Mogadiscio, no era en absoluto un personaje popular. Después, cuando sus seguidores empezaron a hostigar y dar muerte a los soldados de las fuerzas de pacificación, las Naciones Unidas tomaron la decisión de capturarlo. La torpeza con que los militares se dedicaron a la caza y captura del señor Aidid en el verano de 1993 ocasionó la muerte de decenas de somalíes, dejó heridos a muchos más y destruyó propiedades. La población de la ciudad pronto se hartó de sus salvadores occidentales y las reiteradas fugas del caudillo militar lo convirtieron en una especie de héroe.
En la época en que llegó allí el Task Force Ranger, en agosto, con la misión de aplicar tácticas más depuradas en búsqueda y captura del señor Aidid, miles y miles de somalíes estaban dispuestos a combatir por las calles para protegerlo. El resultado fue el desastre que acabó con la vida de 18 norteamericanos y dio fin a la operación humanitaria.
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