Foco para desatar una revolución
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Ambos son hijos del « maulana» (maestro) Mohammed Abdullah, un ferviente defensor de Osama bin Laden y de los talibanes, que fue asesinado en la Mezquita Roja en 1998, justo el momento en que Rashid Ghazi abandonó su bagaje pro occidental para enrolarse en las actividades del centro.
Pero además, el «maulana» Abdullah estaba bien relacionado con el poder paquistaní, hasta el punto de que fue el general Zia ul-Haq, en el poder entre 1977 y 1988, quien le había cedido los terrenos donde se levantó la mezquita.
La madrasa (escuela coránica)masculina de la mezquita,dirigida por Aziz, educa a 7.000 estudiantes, mientras en la femenina, contigua al templo que gestionaba Ghazi, estudiaban unas 3.000 niñas. Ambas escuelas, que acogen a muchos hijos de familias de las zonas tribales paquistaníes en la frontera con Afganistán, han servido como caldo de cultivo para el radicalismo.
Pese a su evidente radicalización, Ghazi ocupó entre 1989 y 2005 un puesto gubernamental en la Comisión Nacional para la Unesco.
En 2004, el gobierno dijo haber detenido a un presunto miembro de Al-Qaeda que
transportaba armas y municiones para los hermanos clérigos, que presuntamente las iban a utilizar para atentar contra varios edificios estatales.
Pero retiró los cargos aduciendo un «malentendido» tras intervenir el ministro de Asuntos Religiosos, el radical Ejaz ul-Haq, hijo del dictador Zia.
Ghazi y Aziz pudieron así continuar con su labor en la mezquita y las madrasas en pleno corazón de Islamabad.
En la última semana de asedio militar al recinto, el régimen de Musharraf aún envió delegados a negociar con Ghazi, mientras los hombres armados del interior mantenían constantes tiroteos con los soldados.
Según fuentes del equipo negociador del gobierno, en las últimas once horas de negociaciones, hasta entrada la madrugada de ayer, se implicaron directamente Musharraf y, en representación del clérigo, el jefe de un grupo integrista proscrito con vínculos conocidos con Al-Qaeda, Fazlur Rehman Khalil.
De acuerdo con esa filtración, Khalil se reunió en la pasada medianoche con Musharraf en la sede de la Presidencia, de la que salió hacia la mezquita con propuestas para Ghazi.
El principio de acuerdo alcanzado garantizaba una salida segura del templo para Ghazi y su familia directa hacia su casa natal en el distrito de Rojhan, en el centro del país, donde habría de permanecer bajo arresto domiciliario durante al menos diez años.
Además, los radicales de la mezquita se entregarían para ser registrados y puestos en libertad de no tener pedidos de búsqueda y captura.
Cuando el borrador llegó a manos de Musharraf para su aprobación final, éste insistió en mencionar por escrito la suerte de los combatientes extranjeros ocultos en la mezquita, para los que no habría garantía de liberación.
Pero Ghazi se negó a ello, la colgó el teléfono al negociador de Musharraf durante toda la crisis, el jefe de la gobernante Liga Musulmana, Shujaat Hussain, y desconectó completamente el aparato, facilitado por el gobierno para esas últimas horas de infructuoso diálogo.
Poco después, un enfurecido Musharraf dio la orden de asalto.




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