Guerra, también en el Capitolio

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Washington - La guerra de Irak desató otra guerra en Washington. No hay coches bomba ni francotiradores, pero lo que acabe sucediendo en Bagdad depende en gran medida de la lucha política en la capital de EE.UU.

Hay dos bandos bien definidos. Uno, el de los que utilizan el artículo 1, sección octava, de la Constitución, que establece que el Congreso «tendrá el poder de crear y mantener ejércitos». Otro, el de quienes se aferran al artículo 2, sección segunda, que dice que «el presidente será el comandante en jefe».

En otras palabras: Bush es quien manda en la guerra. Pero el que paga esa guerra -y que incluso puede decidir si vale la pena pagarla o no- es el Congreso. Y esta semana el Congreso empieza a debatir el presupuesto extraordinario de 99.600 millones de dólares solicitado por la administración para financiar las operaciones en Irak y Afganistán de aquí al 30 de setiembre.

Es un cambio total en la situación política de EE.UU.

En los tres años y 11 meses que llevamos de guerra, el artículo 1 ha dirigido la política estadounidense en Irak. Gracias a la sólida mayoría republicana en el Congreso, las decisiones del comandante en jefe, Bush, en el campo de batalla han tenido siempre todo el apoyo necesario.

Pero el 7 de noviembre los demócratas tomaron el control del Legislativo. Y la cosa cambió. Ahora, Bush no sólo se enfrenta a la oposición a su política en las calles de Bagdad. También en el Capitolio, el edificio de Washington donde el Congreso tiene su sede.

  • Oposición

    La batalla comenzó el viernes, cuando la Cámara de Representantes aprobó una resolución no vinculante oponiéndose a la decisión de la administración de enviar 21.500 soldados más a Irak. Los demócratas llevaron el sábado la misma resolución al Senado, pero sólo lograron 56 votos -cuatro menos de los necesarios- para que la propuesta fuera debatida.

    En todo caso, el resultado revela cómo cambió la situación con respecto a Irak. Hace apenas 11 días, una propuesta similar había conseguido tan sólo 49 votos favorables. En aquella ocasión, no apoyó la resolución ni un solo republicano.

    El sábado lo hicieron siete, desafiando así a la Casa Blanca.

    También hubo 17 republicanos que rompieron con Bush y apoyaron la resolución del viernes en la Cámara de Representantes. Fue un número sorprendentemente bajo. ¿Por qué? Esencialmente, porque los demócratas quieren utilizar su control del presupuesto para obligar a la Casa Blanca a cambiar su estrategia en Irak. Y eso es algo más serio.

    En primer lugar, porque la Casa Blanca lo consideraría poco menos que una traición, que supondría una reedición de las guerras políticas del período 1970-1975, cuando el Congreso revocó la resolución en virtud de la cual había autorizado a EE.UU. a lanzar la guerra de Vietnam, redujo los poderes del presidente en caso de guerra y eliminó la financiación a los gobiernos proestadounidenses de Vietnam del Sur, Laos y Camboya.

    Además, es un terreno movedizo. Por un lado, oponerse a la guerra es políticamente rentable en un país en el que 59% de la población opina que Irak es «una causa perdida», según el último sondeo de IPSOS. Pero los demócratas no pueden permitir que se cuestione su patriotismo o su falta de solidaridad con los soldados. Y ahí su posición es ambigua.

    El liderazgo demócrata quiere apretar las tuercas a Bush. Es decir: obligar al Pentágono a reducir los períodos que las tropas pasan en Irak, mejorar el entrenamiento y el equipo de los soldados, y hacer que el gobierno iraquí de Nuri al Maliki combata la corrupción y frene la guerra religiosa en el país. Ese es el mensaje que ha dado la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi. Pero, para el ala izquierda demócrata, capitaneada por John Murtha, no basta. Murtha declaró que «hay que tener cuidado para que la gente no crea que éste es el voto. El verdadero voto vendrá con la legislación que estamos preparando», que incluye «parar el aumento» de tropas y «obligar a un redespliegue».
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