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El el ex líder demócrata de la Cámara baja Bob Livingstone, el ex titular de ese cuerpo Tom Daschle y el ex senador republicano Bob Dole, hoy notorios lobbystas.
El martes señalará una renovación del plantel en muchas de estas empresas. Ese día hay elecciones legislativas en EE.UU., y todo indica que los demócratas regresarán a los lobbies, de donde han sido parcialmente expulsados por el llamado Proyecto de K Street, ejecutado por DeLay, en virtud del cual los republicanos exigieron -no siempre con éxito- que los grupos de presión se deshicieran de sus empleados demócratas. Pero también va a haber un desembarco de republicanos expulsados del Congreso si se cumplen las encuestas que auguran una derrota para ese partido.
Porque el lobby se basa en el concepto de puerta giratoria. A un lado, la política; al otro, el sector privado. Y el lobbysta entrando y saliendo de ambos. Todo buen lobby tiene en nómina a uno o varios ex políticos con buenos contactos en el Congreso y en la Casa Blanca. Y, si son de partidos diferentes, mejor. De hecho, en un lobby de la calle G, en el Barrio Chino, el republicano, ex candidato a la Presidencia y ex presidente del Senado Bob Dole comparte planta con el demócrata y ex presidente del Senado Tom Daschle.
En todo EE.UU. hay 1.600 ex legisladores -la cifra también incluye a miembros de los Congresos de los Estados trabajando de lobbystas, según el Centro para la Integridad Pública.
El lobby es, de hecho, una jubilación dorada para todo político. Si no, que se lo pregunten a Bob Livingston, que tuvo que dimitir de su cargo de presidente de la Cámara de Representantes en 1999 cuando se descubrió que había sido infiel a su esposa.
Para los empleados normales, los horarios y las condiciones laborales de un lobby de los más importantes son similares a los de una consultora de primera línea estilo McKinsey o un banco de inversión como Goldman Sachs. Es decir: brutales.
Un lobbysta suele trabajar 12 horas al día cinco días a la semana, si tiene suerte y no se lleva trabajo a casa el fin de semana. Y, cada 15 minutos, debe llenar una ficha explicando a su supervisor lo que está haciendo. A cambio, disfruta de un salario más que aceptable. Un becario cobra unos siete euros netos por hora, casi el doble de lo que puede lograr en una consultora normal. Un asociado -es decir, un directivo medio-, unos 70.000 euros netos al año. Un socio o un asesor -como Dole y Daschle-, al menos 120.000 euros.
No obstante, son remuneraciones muy modestas cuando se comparan con los sueldos --frecuentemente libres de impuestos de los funcionarios consagrados a la lucha contra la pobreza en instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.



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