La angustia de los argentinos que viven en el norte israelí
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Un israelí mira los destrozos provocados por un cohete de Hizbollah
en su casa de Nahariya. Los ataques sobre esa ciudad
dejaron ayer un muerto.
La argentina extraña su vida cotidiana. «Nosotros somos una pareja de médicos, pero no hemos trabajado porque nadie se atiende. Mi marido, Eduardo Lubasch, que es pediatra, fue el más arriesgado porque el lunes fue a la clínica, que queda en el norte de la ciudad, y en la misma cuadra cayeron misiles.»
El acoso de los ataques provocó que la ciudad detuviera su ritmo constante. Los negocios mantienen sus puertas cerradas, y los habitantes no salen de sus casas. «Mucha gente se ha ido del barrio. Los misiles están cayendo en el Norte, donde están las refinerías», señaló.
El problema de la suspensión del trabajo es lo que más preocupa a otro argentino, Rubén Said, residente de Kiriat Bialik, una ciudad de 40 mil habitantes -900 argentinos- ubicada a 20 km de Haifa. «Trabajo en un restorán que queda en un parque. El parque está cerrado, igual que los bares y el comercio por las alertas de bombardeo», dijo. «Hace 5 años que vivo acá y trabajo como un loco. Ahora hace 5 días que no hago nada», continuó.
Según su relato, los ataques de Hizbollah son irregulares. «Hoy (por ayer) a la mañana estuvo todo tranquilo, pero al mediodía la situación cambió y tuvimos cuatro o cinco alarmas.»
«En general, cada edificio tiene su refugio subterráneo y, aparte, los hay en la calle o en plazas. A veces cae un cohete antes de que suenen las sirenas; otras, la alarma da 3 o 4 minutos de tiempo hasta refugiarse», agregó.
«No soporto el encierro, así que, muchas veces, a los cuatro o cinco minutos salgo a la calle», confesó. «Hoy (por ayer) fue la primera vez que sentí pánico. Salí con el auto a comprar cigarrillos y a las 3 cuadras empezó a sonar la sirena. Paré y me metí debajo de un edificio. Dicen que hay que meterse debajo de cualquier losa, porque no se trata de cohetes muy potentes», contó.
Según su óptica, la gente, en general, no siente miedo. Tanto es así que lo sorprende que «la gente baja los colchones, por ejemplo, al palier de su edificio, y se queda tranquila. Mientras, los chicos se ponen a jugar hasta que pasa el ataque». «Mi familia está en Jerusalén y no la voy a dejar que vuelva por una semana más», explicó.
Tanto Dora como Rubén respaldan la postura del gobierno israelí en el conflicto y viven estos días dramáticos como algo inevitable para acceder a una vida futura más tranquila.
«Estamos amenazados por Hizbollah y queremos que devuelvan a los soldados. Este grupo pide la liberación de miles de presos sospechosos de terrorismo, y nosotros no estamos dispuestos a ser amenazados por ellos», dijo Dora.
«El otro asunto es dejarle bien en claro a Hizbollah que nosotros estamos dispuestos a defendernos. Estas bandas armadas quieren molestar, quieren la destrucción de nuestro país. Queremos llevarnos bien con el gobierno libanés, pero no queremos ser manoseados», se desahogó.
Según Rubén Said, «Israel está haciendo lo que tiene que hacer al atacar a Hizbollah en Líbano y lo mejor va a ser que llegue hasta el final. Es preferible soportar esto ahora y terminar con el problema de una vez por todas», señala.




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