13 de septiembre 2002 - 00:00

La compleja tarea de convencer al Congreso

No bien el presidente Bush indicó que pondría a votación del Congreso la movilización de decenas de miles de efectivos para una posible guerra contra Irak, envió a uno de sus mejores hombres para abogar a favor de su causa. El miércoles pasado el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, convocó a tres cuartas partes del Senado a una asamblea ultrasecreta, realizada en un salón sin ventanas del último piso del Capitolio. Los senadores pensaban que recibirían aterradores datos de inteligencia, que según Rumsfeld y otros funcionarios del gobierno los impulsaría a resolverse a favor de acabar de una vez por todas con el dictador iraquí Saddam Hussein. Pero en vez de ello oyeron las mismas evasivas que Rumsfeld improvisa para eludir a los periodistas en el Pentágono. «Aquí hay tres cuestiones», afirmó el secretario. «Está la cuestión de lo que sabemos. Existe también la cuestión de lo que no sabemos, y finalmente lo que no sabemos que no sabemos.»

En eso quedó la evidencia irrefutable, que hasta para los republicanos más recalcitrantes resultó insatisfactoria. «Queremos apoyarlo, pero lo que se nos ha presentado es insuficiente», dijo a Rumsfeld el senador de Oklahoma Don Nickles, el segundo en importancia de la bancada republicana del Senado. Al día siguiente, los senadores recibieron frenéticas llamadas desde la Casa Blanca y el Departamento de Estado para evaluar el daño causado por de la vaguedad del secretario de Defensa. La conclusión es que no ocurrió nada que no pueda ser reparado, aunque el desastre del salón S-407 indica que al presidente le falta mucho por hacer si su intención es convencer al Congreso y a la opinión pública que librar una guerra contra Irak realmente será en aras del interés nacional. Normalmente, el Congreso le concede a un comandante en jefe del Estado Mayor que goce de buena popularidad cualquier cosa que le sea requerida, pero en este caso el presidente y su gabinete deberán sortear a una montaña de reticencias. El demócrata Tom Daschle, líder de la mayoría del Senado, ha formulado su crítica de la siguiente manera: «Prefiero hacer las cosas bien antes que hacerlas rápido».

En este caso, no se trata de una aventura militar más, sino una guerra como ninguna otra que EE.UU. haya librado. Bush y compañía no están respondiendo a una violación de la soberanía nacional ni tampoco a un ataque en contra sus intereses o contra sus propios ciudadanos. El presidente la ha definido como una invasión «preventiva» contra un país que (por lo pronto) no ha atacado a EE.UU. o a sus aliados.

No es de sorprender que no haya consenso: una reciente encuesta de Pew Research Center demostró que mientras un 64% de los estadounidenses apoya el uso de fuerza militar para derribar a Saddam Hussein, dicho apoyo disminuye al 30% en caso que EE.UU. lo haga sin la ayuda de sus aliados. Durante esta semana se conmemora una fecha en que Estados Unidos recuerda la letal naturaleza de sus enemigos. Lo que no está del todo claro es si al presidente le será más fácil o más difícil comparecer ante las Naciones Unidas, y la opinión pública de su propio país, para defender su plan para continuar la guerra contra el terrorismo iniciando otra guerra más. A un año de los sucesos del 11 de setiembre, no se sabe si Bush está obligado a demostrar un vínculo entre Saddam y Osama bin Laden, o si le bastará con los sombríos recuerdos que tienen los estadounidenses de la saña de sus enemigos. Con cada discurso, con cada reunión con los líderes del Congreso y los editoriales que se publican, el gobierno se dirige a una opinión pública que siente curiosidad pero también confusión. ¿Es realmente necesaria esta guerra? ¿Debe ser librada justo ahora? ¿Estará EE.UU. solo en esta conflagración? ¿Traerá consecuencias, como más ataques terroristas en casa y en el extranjero?

El gabinete de Bush intenta responder a estas preguntas dando a entender que la guerra, aunque terrible, es la solución menos costosa, y cuando menos en Washington se tiene la sensación de que Bush se saldrá con la suya. Pero los problemas no han sido ventilados del todo, y el debate se ha dado únicamente en el seno del partido y el equipo de asesores del presidente, y entre los veteranos del gobierno de su padre. Los demócratas prefieren no hablar de los méritos de la invasión, posiblemente porque ya hay muchos republicanos que lo hacen sí mismos. (Y tal vez porque los demócratas aún lamentan haber votado en contra de la campaña que libró Bush padre contra Saddam.)

• Política caótica

Con el país marchando precipitadamente hacia un posible conflicto, es difícil recordar que hace apenas un par de semanas la política hacia Irak era más bien caótica. Antes de que el presidente lanzara su nueva ofensiva política, los muy notorios desacuerdos en el seno de su gabinete amenazaban con tirar abajo la iniciativa de guerra. El vicepresidente Dick Cheney representaba la línea dura, argumentando que la inacción equivalía a una forma de apaciguamiento. Por su parte, el secretario de Estado Colin Powell hablaba a favor de estrategias moderadas, como volver a desplegar a los inspectores de armas de la ONU en Irak. Era tal la cacofonía de opiniones que cuando el miércoles pasado Bush convocó a los líderes del Congreso a la Casa Blanca pidiendo su apoyo para la ofensiva, Henry Hyde, el muy respetado presidente del Comité de Relaciones Internacionales, comentó que el presidente necesitaba primero el apoyo de su propio gabinete. El gobierno debe hablar con una sola voz , comentó.

Las arengas de Bush han logrado que Irak pase a ser la cuestión candente de las elecciones para la renovación de los miembros del Congreso que se llevarán a cabo en noviembre. Casi con seguridad, las mismas serán sumamente reñidas, y los demócratas bien podrían ganar el control de las dos cámaras.

Al obligar a los legisladores a lidiar con la cuestión iraquí, el gabinete de Bush está desviando (deliberadamente o no) la atención de problemas que podrían afectar a los republicanos, como el tambaleante estado de la economía, el declive de los fondos de jubilación y toda una serie de escándalos corporativos. Bush está presionando al Congreso para votar sobre Irak antes de las elecciones, poniendo a los legisladores en aprietos. Si bien la popularidad del presidente ha disminuido, aún se mantiene sólida, con un 65% a favor. En enero pasado el asesor político de Bush, Karl Rove, se jactaba ante el Comité Nacional Republicano afirmando que podemos lanzar una guerra contra el terrorismo, pues el país considera al Partido Republicano como al más indicado para cuidar y reforzar nuestro poderío militar, y de esta manera proteger a EE.UU. Pero los estrategas demócratas insisten en que la cuestión central en las elecciones de noviembre no será Irak sino la economía, y la historia les da la razón: en las elecciones para el Congreso de 1990 la economía también estaba resentida, y los republicanos perdieron nueve escaños en la cámara de diputados y uno en el senado aún cuando Bush padre
estaba movilizando miles de soldados hacia el golfo Pérsico.

Por lo pronto, el repentino énfasis sobre Irak ha significado un rudo despertar para los políticos. En ferias rurales realizadas durante el receso de agosto, al senador republicano Chuck Hagel le sorprendió que su público estuviera tan interesado en la guerra como en la ayuda para los desastres provocados por la sequía. La senadora Susan Collins notó en Maine que Irak llamaba la atención tanto como la economía y el desempleo. En una comunidad de jubilados en los suburbios de Washington, los votantes ancianos preguntaron al candidato demócrata Mark Shriver primero sobre Irak y luego sobre la Seguridad Social y los costos de los medicamentos.

Es el primero o segundo tema que surge en cualquier discusión , observa Shriver. El público en general se confunde ante las respuestas que se dan a preguntas sumamente difíciles.

Difíciles, pero en lo absoluto novedosas. Bush sacó el tema a colación desde su discurso de enero pasado, cuando incluyó a Irak en el eje del mal . En un discurso pronunciado en junio ante la academia militar de West Point fue aún más explícito, argumentando que las nuevas amenazas requieren nuevas formas de pensar , y advirtió que si esperamos a que las amenazas se materialicen, ya será demasiado tarde . Pero a falta de nuevas evidencias sobre el arsenal biológico, químico o nuclear iraquí, le será difícil a la Casa Blanca responder a la pregunta crucial: ¿Por qué ahora? ¿Por qué es Saddam más peligroso hoy que hace 11 años, cuando Bush padre permitió que continuara en el poder? Bush hijo ha respondido una y otra vez que es EE.UU el que ha cambiado. Al reunirse con los líderes del Congreso, el presidente del comité del Senado de Servicios Armados Carl Levin argumentó a favor de la contención y no del derrocamiento del dictador iraquí. Bush, visiblemente irritado, replicó que eso no es una opción tras el 11 de septiembre .

El debate conlleva fuertes reminiscencias respecto de los atentados del 11 de septiembre. El año pasado Bush se granjeó elogios por situar los sucesos en un tajante contexto del bien contra el mal. Pero al querer hacer lo mismo con Irak sus argumentos se vuelven más vagos, y hablan más de las intenciones y la personalidad de Saddam que de sus actos reales. Para cimentar la campaña en favor de una declaración de guerra, la Casa Blanca pretende hacer público un video, del cual habría hablado el embajador saudita en Washington, príncipe Bandar Bin Sultan, a Bush, en el cual se ve a Saddam Hussein presidiendo la ejecución de opositores políticos.

Pero los principios morales tienen poder sólo si se aplican consistentemente. Si es una amenaza que un dictador sin escrúpulos posea arsenales peligrosos, ¿por qué ir contra Irak y no contra Corea del Norte? Si el pueblo iraquí merece vivir en un estado libre y democrático, ¿por qué los sauditas no? Si EE.UU. está dispuesto a pagar el precio por derrocar a Saddam, ¿querrá también pagar el precio de estacionarse en la región para depurarla? Si no es así, ¿hay alguna arantía de que el siguiente líder no será igual o peor, o que no surgirán aún más enemigos? Y resta por responder la pregunta más espinosa: si la Guerra del Golfo engendró a un Bin Laden, ¿acaso una nueva ofensiva no engendraría muchos más?

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