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4 de octubre 2007 - 00:00

La Junta y su legión de esclavos

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Bangkok - Aterrados y malnutridos, varios centenares de birmanos cruzan todos los años la frontera tailandesa tras escapar o desertar del Ejército, que recluta transportistas y soldados mediante el secuestro y la intimidación de la población civil.

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A lo largo de la porosa frontera con Birmania (Myanmar), es casi habitual encontrar reducidos grupos de hombres birmanos agazapados entre la vegetación o acogidos en la choza de una familia que ni siquiera tiene suficiente arroz para llenar sus cuencos.

Llegan extenuados, descalzos, con el cuerpo lleno de magulladuras fruto de las caídas y de los roces con las ramas y, en ocasiones, con la gangrena que asoma ya en torno al orificio causado por el balazo recibido durante la huida.

Han conseguido escapar de la esclavitud, pero ahora en Tailandia todos temen ser capturados y deportados a Birmania por los soldados tailandeses, sin trámites burocráticos, simplemente obligándolos a regresar por el mismo lugar por el que han cruzado la frontera.

Zhaw Thum, de 37 años, sobrevive en Bangkok con el magro salario que le paga un sastre para el que trabaja a destajo en un cuartucho sin ventilación, que es también su casa desde que hace tres años consiguió traspasar los muchos controles instalados entre la frontera y la capital tailandesa para frenar la inmigración ilegal birmana.

La pesadilla de Zhaw comenzó en noviembre de 1997 cuando una mañana, su hermano y él salieron de su casa de Kyaukky para dar de comer a los peces que criaban en un estanque de las afueras del pueblo, al este de Birmania, y fueron detenidos por los soldados.

«Nos soltaron cuando mi padre pagó al capitán 300.000 kyats (unos 250 dólares) por los dos», recuerda Zhaw. Unos días después de haber sido víctimas de la extorsión, Zhaw y su hermano Cho fueron de nuevo apresados y enviados al Batallón 14 del Ejército, para servir como transportistas en la montañosa región del este, escenario de frecuentes combatesentre las tropas y las guerrillas de las etnias karen y shan.

Los transportistas, que como pago reciben una ración de comida que por lo general consiste en un poco de arroz hervido y unos pequeños pedazos de carne, transportan los víveres y las municiones de la tropas por las zonas en las que no existen carreteras.

Muchos perecen en ataques de los rebeldes, de agotamiento o de enfermedades, sobre todo la malaria, que es endémica en las junglas de este y el nordeste del país.

«Allí estábamos más de cien transportistas, y había también algunas chicas de las que los soldados abusaban», explicó Zhaw, quien nada ha sabido de su hermano desde que hace seis años emprendieron la huida con otros cinco compañeros, a través de la jungla por la que caminaron durante ocho agotadoras jornadas.

Amnistía Internacional (AI) ha denunciado en reiteradas ocasiones que miles de civiles de las etnias minoritarias son obligados a trabajar para el Ejército, que según Human Rights Watch (HRW) tiene alistados a unos 70.000 soldados menores de 18 años.

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