27 de junio 2005 - 00:00

La revancha del chiismo militante

Beirut - «El barrendero de las calles de la nación iraní», como gusta presentarse el recién elegido presidente de la República Islámica, Mahmud Ahmadineyad, antes alcalde de Teherán, ha dado un golpe de escoba a los descompuestos despojos de las ilusiones reformistas y ha hecho aflorar las enterradas esperanzas de una revolución ideológica chiita populista persa, que ha sido la última revolución del siglo XX.

En sus primeras declaraciones después de haberse confirmado que había logrado 61,9% de los sufragios emitidos - el saliente presidente Mohamad Khatami consiguió en aquella primavera eufórica de 1997 70% de los votos-, prometió «construir una sociedad islámica ejemplar, desarrollada y potente».

«En esta amarga guerra psicológica que se nos ha impuesto, el pueblo iraní ha hecho jaque mate a sus enemigos gracias a su gran afluencia a las urnas.»

El guía espiritual de la república, el ayatollah Ali Khamenei, al que fielmente acata el nuevo presidente, abundó en el tono de las primeras palabras de Ahmadineyad y afirmó que los iraníes han humillado profundamente a EE.UU. con el ejercicio de su transparencia democrática. «Han hablado bien, y nuestro enemigo ha quedado profundamente humillado por el grado de transparencia y democracia que han demostrado -dijo Khamenei-. Todos los dirigentes y todos los órganos del poder deben ayudar al nuevo presidente como si se tratase del cumplimiento de una obligación islámica.»

Ahmadineyad es el tercer presidente laico de esta república de esencia teocrática después de Bani Sadr, efímero presidente en 1981, hoy exiliado en París, y Mohamad Ali Rayai, que murió en un atentado tres meses después de su elección. Los restantes presidentes -Ali Khamenei, Haschemi Rafsanyani y Mohamed Khatami-pertenecen a la alta jerarquía religiosa chiita. Con su victoria, las fuerzas conservadoras, durante años frenadas para completar su asalto al poder, imponen ahora su absoluto control sobre todos los órganos del Estado, tras haber ganado anteriormente las elecciones legislativas y las municipales.

Los otros decisivos centros del gobierno, como el Consejo de Guardianes de la Revolución, el Consejo de Expertos y el Consejo de Discernimiento -que sólo son elegidos por un restringido grupo de escogidos notables y no por sufragio universal-han quedado siempre bajo su dominio. Por eso, el director del diario «Kahyan», portavoz de los conservadores, estuvo tentado en titular su portada con un desafiante: «Irán ha cumplido su misión».

Enormes, imprevisibles consecuencias domésticas e internacionales provocará la victoria de Ahmadineyad, que por voluntad del guía Ali Khamenei no pudieron festejar sus partidarios en las calles como aconteció cuando sucedió el popular triunfo de Khatami.Esta victoria revela las voces del Irán profundo, de un Irán que nada tiene que ver con los anhelos y promesas de reformas políticas, económicas, indumentarias o de costumbres de una parte de la población.

Ha sido el Irán marginado, el de las desdeñadas zonas rurales, el de los suburbios pobres de Teherán, el que se ha volcado en favor del barrendero municipal.

El apoyo de las fuerzas más reaccionarias y belicosas del régimen, tantas veces denunciadas por sus contrincantes como el derrotado Rafsanyani, como el caso de los Pasdaran o Guardianes de la Revolución, origen del Hizbollah libanés, o los voluntarios islámicos Basidij, ha sido decisivo para el triunfo de Ahmadineyad.

En las filas de estas organizaciones paramilitares, vanguardia de la revolución khomeinista, hay enrolados alrededor de 800.000 hombres.

Frustración, populismo, demagogia, radicalismo puritano han creado esta amalgama de un escrutinio desafiante
. Sus difíciles relaciones con Occidente, a través de los asuntos latentes de su polémica producción nuclear, de su apoyo a organizaciones militantes como Hizbollah, de su rechazo al trasnochado plan de paz palestino-israelí, van a ser a partir de ahora más abruptas.

Pero será preferentemente en
Medio Oriente, en Irak y, sobre todo, en Líbano donde la radicalización del amenazado régimen de Teherán se reflejará en sus poblaciones chiitas y en sus reivindicaciones nacionalistas antinorteamericanas.

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