Finalmente después de muchas horas de espera, de conciliábulos interminables entre abogados, de recuentos infructuosos y de angustias innecesarias, George W. Bush obtuvo la reelección como presidente de los Estados Unidos. Quizás para ojos argentinos --según una encuesta, tres de cada cuatro hubiese votado por el senador John Kerry-sea difícil entender por qué más de la mitad de los estadounidenses prefirió a Bush. Más aún después de leer un sinfín de encuestas realizadas en los Estados Unidos, que daban como resultado que para más de 55% de los encuestados Kerry realizaría una mejor gestión en el ámbito económico que el mandatario.
•Lógicas
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Pero a distintas culturas y distintas historias nacionales, distintas lógicas a la hora de votar. Si bien la economía es siempre uno de los temas fundamentales en cualquier elección, los hechos ocurridos el 11 de setiembre de 2001 cambiaron los parámetros de campaña. El tiempo y los hechos han demostrado que Bush, con gran acierto, basó su campaña electoral fundamentalmente en su compromiso en la guerra contra el terrorismo. Y allí comenzarán a encontrarse las respuestas al triunfo republicano. Después del atentado que acabó con la vida de tres mil personas y que redujo a escombros a uno de los grandes símbolos norteamericanos como eran las Torres Gemelas, los ciudadanos estadounidenses se vieron sumidos en un profundo golpe al orgullo patriótico. Concibieron por vez primera la posibilidad de ser vulnerables en su propio territorio. Sintieron amenazado su estilo de vida, y hasta sus creencias morales. Entonces el pueblo, sobre todo el que habita la América profunda de aquellos estados de clara predominancia anglosajona y protestante, los que al fin y al cabo dieron el triunfo electoral a Bush, pidió librar una guerra total contra el enemigo. Claro que esta vez el enemigo no era convencional. El enemigo no tenía cara; entonces se le puso una: Osama bin Laden. Ese enemigo, contra el que el pueblo estadounidense se sabe en guerra, decidió inmiscuirse en la campaña presidencial, y para colmo lo hizo justo en la última semana, en la que la enorme cantidad de indecisos definen su voto y en la que aquellos que aun se debaten entre votar o no (no es obligatorio) deciden lo que harán. La aparición del video de Bin Laden demostró que el gran enemigo aún está vivo y listo para atacar nuevamente. Entonces los ojos se posaron en otras encuestas. En ésas que decían que casi 60% de la población prefería a Bush para gestionar la lucha contra el terrorismo. Los indecisos ya no lo pensaron más. «Acabar con Bin Laden es más importante que mejorar la economía e, inclusive, si se acaba con el terrorismo se podría mejorar la economía», debe haber sido el pensamiento más repetido desde la reaparición pública del líder de Al-Qaeda. Los que aún se debatían entre la posibilidad de votar y la comodidad de no hacerlo fueron hacia los distintos cuartos oscuros con la convicción de elegir en función de la necesidad de acabar con la amenaza terrorista. Entonces aquellos que decían que mientras más personas votaran más favorable sería la situación para Kerry debieron guardarse sus análisis.
No caben más dudas de que, hoy por hoy, el tema primordial en la mente del estadounidense promedio es la guerra total contra aquellos que amenazan, ya no los intereses norteamericanos en otras regiones del planeta, sino la propia integridad del territorio nacional. El enemigo se metió en la campaña y terminó por definir la elección.
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