Las últimas horas de una víctima argentina

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«La gente se humanizó más. Es terrible que tuviera que pasar lo que pasó, pero desde entonces noto que Nueva York, además de estar más triste, se volvió más solidaria en sus habitantes», fue una de las primeras reflexiones que dejó escapar Alberto Santoro, padre de Mario, una de las cuatro víctimas argentinas del atentado a las Torres Gemelas de hace un año.

Desde su casa en el barrio de Forest Hill, Santoro aceptó realizar una entrevista con la agencia «Télam» luego de madurar mucho su decisión y saber que la voz podría llegar a entrecortarse, sólo para mantener viva la memoria de su hijo que se inmoló tratando de salvar vidas ajenas.

«Mario era paramédico, ese día estaba de franco y supuestamente iba a venir a cenar a casa. Le había pedido a mi esposa que le preparara milanesas a caballo. Sin embargo, al escuchar la primera explosión y ver lo que sucedía por vivir a tres cuadras, en la calle Fulton, se ofreció para colaborar. Tanto que 'The New York Times' recuerda que la ambulancia que lo pasó a buscar fue la primera en llegar al sitio de la tragedia», relató.

Los padres de Mario se enteraron de la decisión de su hijo a través de su nuera, Leonor, y a partir de ese instante todo fue temor e incertidumbre. «Mario llegó al lugar y junto a su grupo de bomberos lo mandaron abajo -explica Alberto-. Cuando cayó la primera torre quedó incomunicado con sus superiores, yo estaba en la carretera observando y por el celular, mi esposa me llamó para decirme que tenía temor de que nuestro hijo estuviera allí.»

•Ansiedad

«Poco después se derrumbó la segunda torre y mi esposa, llamándome al celular, comenzó a gritar: 'Mario está muerto, yo lo sé, siento que se murió con la segunda torre», continuó.

A partir de allí todo fue confusión y ansiedad. El cuñado de Mario -Peter Simon-es de Asuntos Internos de la Policía, por lo que pudo ingresar al lugar ya vallado y averiguar si alguien lo había visto. A la esposa hubo que convencerla para que saliera de su casa y fuera a vivir a lo de sus suegros, aunque con una espina que aún tiene clavada en lo más profundo.

«Ella le pidió a Mario que no fuera al lugar, que aprovechara su día franco, pero mi hijo le contestó que había estudiado para salvar vidas y que iría igual. Ese pequeño enojo la llevó a no querer darle un beso de despedida, el que finalmente hubiese sido su último beso y eso todavía la hace cargar con una responsabilidad impresionante», confiesa Alberto.

Los días iban pasando y no había novedades sobre la desaparición del paramédico argentino. Para la noche del 24 de diciembre, Peter decidió -como gesto simbólico-llevar al lugar un alfajor de maizena que le gustaba a Mario y en el sitio donde supuestamente había estado reunida toda la fuerza de los paramédicos.

•Hallazgo

El cuñado-amigo dejó pasar un par de días y en la noche del 26 pidió que le asignaran trabajar en el lugar. «Siento algo, como un feeling y quiero ir», recuerda Alberto que le dijo a su esposa. La noche pasó sin novedades y a las 9 de la mañana del 27 se pararon todas las tareas, se llamó a silencio como cada vez que se encontraban restos y ahí sucedió lo que más se esperaba y, a la vez, menos querían enfrentar.

«Justo en el lugar donde había dejado el alfajor, apareció el cuerpo intacto de mi hijo sobre una camilla, en posición de atender a una mujer herida. A los dos les había pegado una viga en la cabeza y habían muerto en el acto», explica Alberto.

Los Santoro emigraron hace 19 años a los Estados Unidos. En un inicio no escaparon a las generales de la ley y pasaron dificultades, pero se fueron estableciendo, agrandando la familia y sus hijos desarrollándose profesionalmente: uno, ingeniero en electrónica, vive en Kansas City; otro es asistente de un cirujano en Dallas, Texas; y Mario, era el único que residía en Nueva York.

El día 29, los restos de Mario fueron incinerados tal cual había sido su deseo. Su esposa aún sigue afectada y su pequeña hijita -que 10 días después del atentado cumplió dos años-todavía espera por las tardes el regreso de su papá con el casco puesto para ir a pasear juntos en bicicleta.

A diferencia de muchísimos otros casos en los que no pudieron hallarse los cuerpos, en el caso de Mario Santoro el Estado le otorgó una indemnización. Sin embargo, sus padres están dentro del grupo que anunció un multimillonario juicio contra tres príncipes de la familia real saudita, Sudán y bancos árabes.

«No estamos detrás del dinero porque a nuestro hijo no lo recuperamos más, pero si logramos que les congelen las cuentas multimillonarias que tienen en Estados Unidos y especialmente en Nueva York, a lo mejor conseguimos que entreguen a ese tipo», relata en obvia referencia a Osama bin Laden.

Defiende a capa y espada la ciudad donde vive y no duda en afirmar que Nueva York «es la más segura del mundo»; carga culpas contra la falta de previsión de George W. Bush, «el presidente más negligente y bruto que tuvimos en este país»; y se opone fuertemente a cualquier posible guerra contra Irak.

Pero hay un punto en el que no acepta indulgencia alguna. «Por los indicios se sabe con 95 por ciento de exactitud que el autor de los atentados fue Bin Laden. Por eso digo que hay que terminar con él.

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