9 de septiembre 2005 - 00:00

"No me puedo ir sin mi perro"

Valerie Bennett se reencontró con su mascota en el hospitalEmory de Atlanta.
Valerie Bennett se reencontró con su mascota en el hospital Emory de Atlanta.
Nueva Orleans (La Vanguardia) El amor por un gato o un perro puede inducir a asumir muchos riesgos en circunstancias excepcionales. Uno de los problemas para la evacuación de Nueva Orleans es la resistencia de los dueños de animales de compañía a abandonar sus casas porque nadie les garantiza que se harán cargo de sus mascotas.

En los albergues y centros de refugiados no se previno esta contingencia. No es una cuestión de poca importancia, sino un drama muy real, sobre todo para personas solas o mayores, una tragedia que agranda la sensación de pérdida y desamparo.

¿Vale la pena este sacrificio por un perro? Renée Dodge
, guía turística, se ofende por la pregunta. Acaricia la cabeza de su can y encara al periodista: «¿Necesito decir más?». Renée reconoce que se habría marchado de Nueva Orleans, incluso antes del huracán, de no ser por el animal.

Jackie Leonard
, una abogada retirada, explica que su madre falleció hace un año y medio, y le dejó la perrita Trinki. «Nunca dejará mi regazo», asegura, y admite que es una razón más para resistir en su casa.

La maestra Robin Schaffer, que cuida dos gatos propios y tres de sus vecinos evacuados, dijo que la «compasión» por estas criaturas la impulsó a seguir en Nueva Orleans. Tres de los gatos fueron rescatados en canoa de un barrio inundado.

«La única manera de llevártelos en una evacuación oficial es a escondidas -afirma-. Ya sé que es un problema menor comparado con los niños, los ancianos y los enfermos. Los propietarios de animales domésticos no esperamos ser una prioridad; sólo queremos una manera de salir. Pero las autoridades no previeron nada para nosotros

Gracias a un amigo en Baton Rouge, Robin consiguió alquilar un auto especial para evacuar 28 gatos y perros, y a sus 19 propietarios.


Pero necesitan un permiso del gobierno de Louisiana para efectuar la operación.

Entre los últimos de Nueva Orleans figuran también personas que vigilan locales y edificios para evitar su saqueo.

Algunos van armados. No es el caso de Jorge Miller, de 71, cuya única arma disuasoria es un pacífico perro que la policía le dio en adopción. Miller está curtido por la vida y no se muestra demasiado impresionado por el drama del huracán.

• Laberinto

Pasó veinte años en las fuerzas armadas. Fue movilizado para la guerra de Corea y combatió en Vietnam en los sesenta. En su período militar estuvo en muchos países. Miller piensa que la catástrofe de Nueva Orleans debería abrir los ojos a muchos compatriotas: «En este país hay muchos que viven muy cómodos y no se dan cuenta de otras realidades. Hay zonas que están mucho peor de lo que está ahora Nueva Orleans».

Entrar en la ciudad en auto es como aventurarse en un laberinto. Hay tantas fuerzas de seguridad de otros estados que en los controles en autopistas y calles raramente saben orientar. Ni siquiera indicar dónde está el centro.

Lo más probable es que uno termine en una calle inundada y deba dar marcha atrás.

Se atraviesan barrios enteros abandonados, con postes de electricidad caídos, montones de basura maloliente, perros vagabundos, comercios saqueados...

E.V.

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