Perú: Flores y Alan García monopolizan fin de campaña
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La socialcristiana Lourdes Flores y el socialdemócrata Alan García, protagonistas de la
elección del domingo. La primera carga con el mote de «candidata» de las elites; el segundo,
con el pésimo lastre de su gobierno (1985-1990).
Al enfilar sus críticas a quien le pisa los talones, Flores subrayó que «García fue un desastre para el Perú» cuando gobernó entre 1985 y 1990, y que, «en realidad, mal puede presentarse como defensor de los pobres». «No soy la candidata de ningún grupo de poder, ni la candidata que responda a los intereses de nadie», añadió.
De esa manera trata de despercudirse del cuestionamiento más serio que recibe por tener como candidato a la vicepresidencia a Arturo Woodman, vinculado a Dionisio Romero, probablemente el empresario más poderoso de Perú.
García, quien por el contrario ha registrado una suba sostenida saltando de 16% a fines de enero a 23% el último domingo, se mostró «absolutamente convencido» de que será él quien enfrentará y vencerá a Humala en segunda vuelta.
Esta convicción se fundamenta, dijo, en que Flores no podrá detener «el violentismo, el autoritarismo y la improvisación de Humala».
Sus críticas a la candidata conservadorase basan en que un gobierno de Unidad Nacional significará la continuación del «modelo neoliberal» iniciado por el ex presidente Alberto Fujimori y seguido por Alejandro Toledo.
García espera que la posición centrista que está asumiendo, equidistante de Humala y de Flores, termine por favorecerlo, en un país con un electorado volátil que en la hora final de la votación prefiere el centro. Por eso insiste en que su opción está alejada de los «extremismos» que significan Flores, a quien califica como la expresión de los grupos económicos, y de Humala, catalogado como «un salto al vacío» y el peligro del caos y la violencia.
Pero García debe cargar con la pesada mochila que supone su experiencia como presidente, que dejó al país en medio de una cesación de pagos, de una hiperinflación de 7.650%, una violencia terrorista galopante y acusaciones de permitir a las Fuerzas Armadas cometer violaciones a los derechos humanos.
Con 56 años, García dice ahora que ha cambiado y madurado, y que no es el mismo radical que a los 36 años llegó al poder creyendo que sobre la base de un voluntarismo daría un nuevo rostro al país.
Su viejo mensaje populista, antiprivatizador y a favor de la intervención del Estado, ha desaparecido gradualmente de acuerdo con el aire de los tiempos.
Ahora no descarta concesiones al sector privado, no reniega de plano del modelo económico («le haría algunos ajustes», ha dicho) y clama sólo por una presencia sólo reguladora y promotora del Estado.




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