Polo Norte, eje de pelea estratégica
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El Derecho Internacional -la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar, de 1982- deja claro que la jurisdicción nacional sobre las aguas exteriores o marítimas termina en las 200 millas. El resto es alta mar o aguas internacionales e, igual que sucede con el espacio extra atmosférico, nadie puede apropiárselo u ocuparlo.
El problema es que el tratado deja abierta, en su artículo 76, la posibilidad de que cualquier país pueda extender esas 200 millas de su zona económica exclusiva si demuestra que la zona reclamada es prolongación de su plataforma continental. Rusia reclama esa extensión en la ONU desde 2001 alegando que la cordillera Lomonosov -extensión comparable a la de Francia, Alemania e Italia unidas- es prolongación de su plataforma siberiana.
Los otros siete países fronterizos del Artico -EE.UU., Canadá, Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia y Dinamarca- han rechazado el reclamo ruso, pendiente de un dictamen de la Comisión Jurídica de la organización encargada de velar por la aplicación del tratado. Dinamarca ha ido más lejos, pues sostiene que la cordillera Lomonosov es continuación de la plataforma de Groenlandia.
Desde el siglo XIX exploradores y científicos de éstos y de otros países han recorrido el Polo Norte, y todos los estados ribereños cuentan con estaciones científicas en su superficie, pero nadie, hasta ahora, había reclamado la soberanía sobre la zona.
«Nuestro objetivo es recordar al mundo que somos una gran potencia polar, científica e investigadora», declaró Chilingarov tras bajar a 4.261 metros. «Tocar el fondo del mar a esa profundidad ha sido como pisar por primera vez la Luna.»




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