6 de agosto 2007 - 00:00

Polo Norte, eje de pelea estratégica

Igual que hemos padecido una carrera espacial, corremos el riesgo de padecer una carrera polar similar o más cara y conflictiva si cada país fronterizo del Artico, como hizo el jueves Rusia con la primera expedición al fondo del Polo Norte, decide (palabras de su jefe, Artur Chilingarov) que «el Artico es suyo».

Mientras las condiciones climatológicas y tecnológicas hacían imposible la navegación y la explotación del Artico y de sus fondos, que albergan supuestamente 25% del petróleo y el gas del planeta, las diferencias sobre derechos de paso y uso eran divagaciones de sofá.

Con el aumento del precio de gas y del petróleo, el calentamiento global y el deshielo acelerado -más de 20% en los últimos 20 años en el Polo Norte-, esas diferencias se han convertido en una batalla política, económica y diplomática de gran alcance estratégico.

El primer ministro canadiense, Stephen Harper, anunció el 9 de julio la construcción de un puerto de aguas profundas en el extremo norte del país y la inversión de 6.700 millones de dólares en hasta ocho rompehielos, pensando en que, en un plazo de cinco a 10 años, se puede abrir una ruta navegable entre el Atlántico y el Pacífico por el Norte capaz de competir con el Canal Inglés (el Canal de la Mancha para los franceses) y los estrechos de Malaca, entre Malasia e Indonesia.

Dicha ruta reduciría en 5.000 millas la distancia entre el Atlántico y el Pacífico por el Norte y en cinco días el tiempo total necesario para pasar de uno a otro.

Según Robert Huebert, del Centro de Estudios Militares y Estratégicos de Calgary (Canadá), «Rusia debía haber esperado a conocer los resultados de la revisión científica de sus reclamos antes de lanzarse a esta ocupación simbólica».

El Derecho Internacional -la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar, de 1982- deja claro que la jurisdicción nacional sobre las aguas exteriores o marítimas termina en las 200 millas. El resto es alta mar o aguas internacionales e, igual que sucede con el espacio extra atmosférico, nadie puede apropiárselo u ocuparlo.

  • Posibilidad

    El problema es que el tratado deja abierta, en su artículo 76, la posibilidad de que cualquier país pueda extender esas 200 millas de su zona económica exclusiva si demuestra que la zona reclamada es prolongación de su plataforma continental. Rusia reclama esa extensión en la ONU desde 2001 alegando que la cordillera Lomonosov -extensión comparable a la de Francia, Alemania e Italia unidas- es prolongación de su plataforma siberiana.

    Los otros siete países fronterizos del Artico -EE.UU., Canadá, Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia y Dinamarca- han rechazado el reclamo ruso, pendiente de un dictamen de la Comisión Jurídica de la organización encargada de velar por la aplicación del tratado. Dinamarca ha ido más lejos, pues sostiene que la cordillera Lomonosov es continuación de la plataforma de Groenlandia.

    Desde el siglo XIX exploradores y científicos de éstos y de otros países han recorrido el Polo Norte, y todos los estados ribereños cuentan con estaciones científicas en su superficie, pero nadie, hasta ahora, había reclamado la soberanía sobre la zona.

    «Nuestro objetivo es recordar al mundo que somos una gran potencia polar, científica e investigadora», declaró Chilingarov tras bajar a 4.261 metros. «Tocar el fondo del mar a esa profundidad ha sido como pisar por primera vez la Luna.»
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