Los reproches cruzados entre Estados Unidos y la Argentina se inscriben en un marco más general, que muestra un panorama de franco endurecimiento en las relaciones entre la Casa Blanca y la región.
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La mejor muestra de esto fue la queja planteada ayer por el secretario de Estado, Colin Powell, a su par brasileño, Celso Amorim, por los controles migratorios aplicados por Brasil a los turistas estadounidenses, una medida de «reciprocidad» decidida por un juez ante la decisión norteamericana de tomar huellas dactilares y fotografías a los extranjeros que desde este año ingresan en los Estados Unidos (salvo europeos, australianos, canadienses y japoneses, entre otros).
No sólo eso. Powell se ocupó también de participar a la prensa del tenor del reproche que iba a presentar. «Un juez de Brasil discriminó a los ciudadanos estadounidenses. Hablaré de esto con mi par brasileño más tarde», dijo por la tarde. Después de defender la decisión de su gobierno de endurecer los controles migratorios para enfrentar la amenaza del terrorismo internacional, el funcionario agregó: «Lo que pedimos no es tan irracional y no lo hacemos para acosar a nadie».
La decisión de un juez federal de Mato Grosso do Sul, de 34 años, y antecedentes polémicos, fundamentada sobre la base de la «necesaria reciprocidad en las relaciones internacionales», ha puesto en un brete al gobierno de Luiz Inácio Lula Da Silva. Encuestas de opinión publicadas por la prensa local en los últimos días mostraron que una mayoría de los brasileños simpatiza con los controles a los norteamericanos, por lo que una apelación judicial del gobierno federal -demorada hasta hoy para exasperación de Washington-podría ser vista casi como una claudicación. Desde el principio, convivieron dentro del gobierno de Lula dos corrientes dominantes en materia de política exterior: la del canciller Amorim, que expresa a los diplomáticos de carrera de Itamaraty, y la del influyente asesor presidencial Marco Aurelio Garcia, cuya falta de formación diplomática lo ha hecho protagonizar no pocas polémicas en el primer año de gobierno petista.
La influencia de Garcia sobre Lula es fuerte, al punto que (fiel a sus modos frontales) muchas veces expresa en público lo que, por formalismo, Lula no puede decir, sobre todo con respecto a América del Sur, el área en la que el presidente le ha reservado mayor injerencia. Ayer, García maltrató al responsable del Departamento de Estado para el hemisferio, Roger Noriega, por sus declaraciones contra la Argentina y hasta se ocupó de aclarar que cuando habla «refleja las posiciones del gobierno» (ver aparte). Garcia, dirigente del Partido de los Trabajadores, tiene, como Lula y otros altos funcionarios, una histórica simpatía por la revolución castrista, una bandera que no es fácil bajar de cara a las bases más allá de la ortodoxia de la política económica interna.
En lo que hace a la polémica por los controles migratorios, Garcia es, como dirigente del Partido de los Trabajadores, más duro que Amorim. Pero incluso éste reclamó a Estados Unidos por orientación de Lula que deje de aplicarlos a los visitantes brasileños, algo rápidamente desestimado por Powell. La indefinición del presidente, que dice estar «estudiando las implicancias» del tema, y las interminables consultas entre Amorim y la embajadora estadounidense en Brasilia, Donna Hrinak, hicieron al secretario de Estado poder la paciencia y poner en negro sobre blanco el enfrentamiento.
A este conflicto se suma también el rechazo del gobierno de Lula a que guardias armados custodien los vuelos a los Estados Unidos (lo que requeriría una reforma legal), como también comenzó a exigir la Casa Blanca. Sumando exasperación, el Palacio del Planalto creó una comisión para estudiar el tema.
Mientras, la Casa Blanca sigue temiendo por el futuro de Colombia, por la inestabilidad de Bolivia y Ecuador y por un posible triunfo de la izquierda en Uruguay, más moderada que hace ocho años, sin duda, pero que la preocupa con posturas como la del reciente referéndum que cerró la puerta a una tímida privatización de la energía.
El endurecimiento de Estados Unidos, muy ligado a las necesidades de George W. Bush de captar al electorado cubano de Florida, clave para su reelección en noviembre, se reflejó también en la cancelación de una rutinaria ronda de diálogo con el régimen castrista sobre migración prevista para hoy. Aislar definitivamente a Fidel Castro y a su aliado Hugo Chávez es la consigna.
En medio del río revuelto, Chávez salió ayer a pescar. «Ya lo he dicho: un nuevo eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires se está formando, con una nueva visión geopolítica, económica y de integración», dijo ayer evocando al fantasma más temido.
Es en este contexto en el que se desarrolla el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Argentina, con Powell aparentemente decidido a no hacer más esfuerzos por disimular las diferencias. «Noriega se expresó muy bien (sobre la Argentina). Lo dejaré allí», dijo ayer el vocero del Departamento de Estado, Richard Boucher, dando a entender claramente que el vértice de la polémica no es Noriega, sino el propio Bush.
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