Revelan secretos de alcoba de los poderosos en Francia

Mundo

París - «¿Dónde se ha metido mi marido esta noche?». He aquí la pregunta que Bernadette Chirac hizo con ademanes amenazantes al chofer del presidente de la República.

No era la primera vez que el patriarca desaparecía del Elíseo clandestinamente ni era la primera ocasión en que la esposa interrogaba al lazarillo cómplice, pero aquella incertidumbre revestía especial gravedad porque esa noche había muerto Lady Di en París y porque Chirac, titular de un maletín nuclear y presunto coloso de la política europea, llevaba siete horas en paradero desconocido.

Desconocido hasta que el jefe del Estado reapareció perfumado y repeinado delante del féretro de la princesa. Era un secreto a voces que había transcurrido la noche en compañía femenina. Ahora es una realidad histórica tangible, puesto que ha aparecido en Francia un memorial de 400 páginas que airea, glorifica y mistifica los secretos de alcoba de los grandes políticos.

Ya decía Boris Vian que es mejor hacer el amor correctamente que dormirse con un libro de historia entre la manos. Le han tomado la palabra François Mitterand y Jacques Chirac, cuyo antagonismo en términos políticos es el mero reflejo de su rivalidad en términos amatorios.

Incluida la tregua de un amor común y compartido. O sea, una periodista de «Le Figaro» a quien Mitterand confortó con su palabra y a quien Chirac cortejó con versos alejandrinos.

  • Desenlace

    El duelo se decidió poéticamente hacia el lado derecho de la cama, pero el adulterio en cuestión estuvo a punto de costar el suicidio de la amante -no le hicieron efecto los barbitúricos- y de arruinar la carrera del donjuán cuando desempeñaba en 1974 el cargo de primer ministro.

    «La pasión no puede conciliarse con el poder. En nombre de Francia y de su porvenir, le pido y le exijo que abandone a Chirac», le dijeron a la periodista ciertas personalidades de relevancia.

    No hace falta ser un lince para adivinar en la trastienda la pluma de Bernadette, como tampoco hay que ser un cronista social para saber que aquel escarmiento ruidoso no detuvo el catálogo de conquistas del actual presidente.

    Cuestión de falocracia, cuestión de tradición o cuestión de incontinencia: los empleados del Ayuntamiento de París -y, sobre todo, las empleadas- llamaban a Jacques Chirac «monsieur tres minutos», precisamente porque ése era el tiempo cronometrado, «ducha incluida», que el entonces alcalde de la capital francesa requería para desahogarse con alguna voluntaria o con alguna practicante ambiciosa.

    Los autores de «Sexus politicus», Christophe Deloire y Cristophe Dubois, han convertido su libro en un fenómeno superventas. Quizá porque es un compendio exhaustivo sobre las bambalinas de los teatros del poder. O quizá porque el tratado satisface de igual manera la curiosidad de los lectores y el egocentrismo de los protagonistas, lejos del miedo a la calumnia.

    Quiere decirse que Valéry Giscard d'Estaing, François Mitterand y Jacques Chirac, amén de otros premiers y ministros, interpretan el harén de las conquistas femeninas como un atributo jerárquico y como un síntoma inequívoco de influencia.

    «El historial de amantes y de concubinas enlaza nuestra República con la más promiscua tradición monárquica», explican a dúo los autores de «Sexus politicus».

    Que se lo digan a Nicolas Sarkozy, aspirante a la presidencia, enemigo de Chirac y protagonista de un affaire con otra periodista, también de «Le Figaro», 21 años después del escarmiento chiraquiano. Su mujer, Cecilia Albéniz, lo había abandonado en beneficio de un publicista atractivo, Richard Attias, así que el ministro del Interior, consciente del despecho a su virilidad, reaccionó de inmediato enamorándose de una atractiva redactora.

    La historia adquirió, incluso, los síntomas de un porvenir matrimonial, aunque la periodista de «Le Figaro» no quiso mudarse a la casa del ministro.

    Sabía que ella misma era un reclamo, un objeto circunstancial del poder de Sarkozy que se desvanecería por razones electorales: mejor un presidente casado y con hijos que un presidente en trámites engorrosos de separación.

    La reconciliación de Sarko y Cecilia fue tan fulminante como la ruptura. Volvieron a aparecer juntos a principios del año, se dejaron fotografiar acarameladamente y desviaron los focos depredadores de los paparazzi a otros frentes no menos intrigantes de la escena política.

    Por ejemplo, Dominique de Villepin, cuyo aspecto trasnochado de actor de telenovela lo convierte en la quintaesencia del político ligón. Se le han atribuido tantos romances efímeros como historias serias.

    Entre ellas, la que supuestamente mantuvo con Ingrid Bethancourt, candidata presidencial en Colombia y protagonista de un secuestro sin noticias.

    Villepin, nos cuentan en «Sexus politicus», llegó a ofrecerse para negociar «solo y en persona» con los guerrilleros de las FARC. Y promovió el despliegue de un equipo de espías franceses para localizar a su amiga en los rincones más perdidos de la selva colombiana.

    «La operación fue un fracasoy, peor aún, la causa de un incidente diplomático con Colombia. Ya se sabe que el corazón tiene unas razones que la razón no conoce», escriben Deloire y Dubois para explicar la implicación de De Villepin con Ingrid Bethancourt.

  • Hazaña

    Ambos autores también conceden un espacio de honor a las hazañas de Mitterand. Seguramente porque la Esfinge representa mejor que nadie la dimensión viril que Montesquieu atribuía al buen hacer político. Una lucha entre Marte y Venus, un ejercicio de cinismo y de superioridad que permitía al presidente francés tener dos mujeres, dos familias y decenas de amantes.

    El problema es que el mito de la República fálica corre el riesgo, quizá afortunadamente, de prescribir con la hipotética llegada de Ségolène Royal al trono del Elíseo.

    También a ella los plumillas de «Sexus politicus» le atribuyen todas las sospechas de un «amante parisino».

    A falta de pruebas definitivas, la prensa rosa especula con la figura apolínea de Arnaud Montebourg, diputado del Partido Socialista, portavoz de la «Zapatera» francesa y protagonista de unas fotos en malla que la revista «Gala» ha subrayado con un título incendiario: «Aquí está el playboy de Ségolène Royal».

    La presunta aventura o el temido desliz conyugal sería la respuesta de la mamá de hierro a los amores que su compañero, François Hollande, primer secretario del Partido Socialista, habría compartido con Anne Hidalgo (vicealcalde de París), aunque «la opinión pública francesa no está preparada para convivir con una presidenta adúltera».

    Lo dicen «sin connotaciones machistas» Christophe Deloire y Christophe Dubois, cuya contribución a la historia de la intrahistoria francesa termina con una transformación humorística del lema republicano: Liberté, Egalité... Libertinage.
  • Dejá tu comentario