25 de abril 2005 - 00:00

Roma no desairó a Kirchner, quien pudo saludar al Papa

La primera dama argentina, Cristina Fernández de Kirchner, ayer, junto a suesposo, Néstor Kirchner, en la ceremonia de asunción del Papa Benedicto XVI,realizada en el Vaticano.
La primera dama argentina, Cristina Fernández de Kirchner, ayer, junto a su esposo, Néstor Kirchner, en la ceremonia de asunción del Papa Benedicto XVI, realizada en el Vaticano.
Lo peor pasó, para Néstor Kirchner. No hubo un sólo desaire para él de parte de los cardenales y obispos que regulan la relación con la Argentina en el Vaticano.

Benedicto XVI lo saludó como a tantos jefes de Estado que concurrieron, ayer, a su ceremonia de asunción como Sumo Pontífice; y el secretario sustituto de la Secretaría de Estado, Leonardo Sandri, saludó al Presidente y a su comitiva más estrecha una vez terminada esa ceremonia. ¿Que Mauricio Macri, el dirigente opositor que peregrinó hasta Roma para asistir a los mismos fastos, recibió un trato más destacado? Es cierto. Pero nadie podrá levantar un reproche oficial por ello. La Curia romana sabe desdeñar sin agresiones. Son siglos.

El día de ayer se repartió entre la ceremonia de asunción del cardenal Joseph Ratzinger como nuevo Papa y algunas excursiones turísticas que los Kirchner realizaron en una ciudad a la que llegaban por primera vez en la vida. La participación en la ceremonia estuvo encuadrada en el severo protocolo vaticano. El Presidente, su esposa, la senadora por Santa Cruz Cristina Fernández, el jefe de Gabinete Alberto Fernández, el canciller Rafael Bielsa y el ex presidente Raúl Alfonsín fueron ubicados junto a los demás representantes de gobiernos en el gran atrio sobreelevado junto a las puertas de la Basílica de San Pedro. El resto de los asistentes -los gobernadores Felipe Solá y José Luis Gioja, Aníbal Fernández, el secretario de Culto, Guillermo Oliveri, el embajador Carlos Custer, los intendentes Gustavo Posse y Julio Pereyra, los legisladores Jorge Argüello, José María Díaz Bancalari, Miguel Pichetto y Silvia Esteban- fueron ubicados por un «gentiluomo» de Su Santidad entre el pelotón de las demás delegaciones.

La alarma de que ese «gentiluomo» fuerael ex embajador de Carlos Menem, ex secretario de Culto de Eduardo Duhalde y amigo de Bielsa, Esteban Caselli, resultó exagerada. Los cardenales le encomendaron a Caselli que atienda al rey Juan Carlos I de España y al Gran Maestre de la Orden de Malta, Andrew Bertié.

• Cruce de miradas

Apenas hubo entre los acompañantes de Kirchner y Macri un cruce de miradas en la plaza. Al jefe de Compromiso para el Cambio, el ceremonial de Benedicto XVI le asignó un lugar junto a la hermana del obispo Sandri, al alcalde de Roma, Francesco Rutelli, y al príncipe de Saboya, Vittorio Emanuele. En la fila había otros argentinos: Eduardo Eurnekian y Ernesto Gutiérrez (preocupado siempre por los problemas de documentación en la Argentina), de Aeropuertos Argentina 2000, el hotelero Juan Scaligiani y dos de los hijos de Caselli, Antonio y Patricio.

Allá en lo alto, Kirchner se saludó con Carlos Azeglio Ciampi, quien lo acompañó con la mirada durante su llegada (el Presidente tuvo problemas de tránsito y no pudo estar sino una hora tarde en la plaza). Era fácil de detectar porque junto a la comitiva argentina llegaban varios camarógrafos «ad hoc». Precioso el dato de este saludo si se lo mira desde una perspectiva profana: es el primer gesto amable del gobierno italiano hacia el de la Argentina, a pesar del conflicto por el canje de la deuda. A metros de allí, Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular de España y principal opositor a José Luis Rodríguez Zapatero dialogaba con Macri sobre Boca y otras curiosidades.

Ninguno de los dos conocía, por lo menos a esa hora, un detalle curioso: el regalo que los Kirchner le llevaron al Papa. Nada menos que un relicario de plata, realizado por la casa Pallarols, con la imagen de San Héctor Valdivieso. Para Rajoy el dato habría sido delicioso: ese santo, que nació en la Argentina, fue en realidad canonizado porque Juan Pablo II lo consideró un mártir en las manos de los republicanos españoles. La canonización de San Héctor fue otro de los indicios de la gran influencia del Opus Dei y de los amigos del franquismo en el pontificado del Papa Wojtyla. ¿Sabrán los Kirchner qué estaban expresando cuando regalaban esa imagen? Una respuesta afirmativa permitiría pensar que se está buscando halagar a la ortodoxia católica de cualquier modo. Pero no fue lo que se podría derivar de la cara de los kirchneristas que, un rato más tarde, en la sede de la embajada argentina ante la Santa Sede, vieron una estatua de San Héctor con la siguiente leyenda debajo de su nombre: «Primer santo argentino. Canonizado por S.S. Juan Pablo II bajo la presidencia de Carlos Menem. Esteban Caselli, embajador».

Emoción cuando Benedicto XVI salió a recorrer la plaza, repleta, en un papamóvil, después del saludo protocolar a todas las delegaciones. La ceremonia había durado tres horas. Cada grupo de argentinos salió después en una dirección distinta. Los Kirchner, Alberto Fernández y Alfonsín, hacia Piazza Navona, a comer pastas en uno de los restoranes enfrentados con el Palazzo Pamphilj, sede de la Embajada de Brasil (tal vez el líder radical explicó a sus anfitriones los discutibles significados del brazo en alto de una de las esculturas de la fuente, señalando hacia Santa Agnese). Seguro habló Alfonsín de la homilía de Benedicto XVI, dirigiéndose a la senadora por Santa Cruz: «Es curioso que haya usado la palabra 'alienación' que es de origen marxista» (se ve que el radical no leyó jamás los documentos del Concilio Vaticano II) y destacó que se haya referido a la teoría de la evolución sin desdeñarla (el líder de Chascomús leyó, sí, a Theilard de Chardin).

Bielsa y el resto de la comitiva oficial se recluyeron en la residencia del embajador Carlos Custer a comer carne y verduras. En cambio Macri, los Caselli en pleno y el resto de los argentinos recalaron en Cantuccio, sobre el Corso Renascimento, para comer pastas y pescados. Después el presidente de Boca partió con Antonio Caselli a ver el partido de la Juventus con el Lazio y hasta le encargó al embajador de la Orden de Malta que interceda ante el presidente de River, José María Aguilar, para que desista de comprar a la «Brujita» Verón, hoy en el Inter.

Por la tarde de ayer, mientras el canciller regresaba a la Argentina, los Kirchner y su comitiva se dirigieron a la iglesia de San Silvestre, donde fueron recibidos por el director Denise O'Brien. Es la casa romana de la congregación de los palotinos, a la que pertenecían los tres sacerdotes martirizados en Buenos Aires en 1976 por un comando paramilitar, en la iglesia San Patricio de Belgrano. El Presidente firmó el libro de la capilla con la siguiente frase: «En nombre del pueblo y del Estado argentino, venimos a traer nuestro profundo reconocimiento a nuestros hermanos palotinos, asesinados en la dictadura militar. Justicia y memoria, nuestro objetivo permanente».

La actividad oficial de Kirchner se agotóde esta manera en Roma, ayer por la tarde. Al terminar el día, salió el hotel Parco dei Principi, uno de los más elegantes de Roma, vecino a la vía Veneto. Desde allí Kirchner salió a comer con el jefe de Gabinete, Fernández, mientras el resto de la comitiva se repartía en los restoranes de la zona (cada vez más despoblada en las últimas décadas).

El gobierno, representado por tantos funcionarios en Italia, ya no tendrá otro contacto con la Santa Sede. Distinto es el destino de Macri, quien hoy compartirá el almuerzo con el cardenal Renato Martini (encargado de la Comisión Pontificia para la Familia), el cardenal Jean Louis Tauran (ex secretario de las relaciones con los Estados y actual archivero y bibliotecario, cargo en el que sucedió al argentino Jorge Mejía), el arzobispo Sandri y el obispo Marcelo Sánchez Sorondo, también argentino, que se desempeña como canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias, desde donde compartió actividades con el entonces cardenal Ratzinger.

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