"Se dañó la unidad política europea"
El periodista dialoga con el especialista en mercados internacionales personificado como Gordon Gekko, de la película «Wall Street», quien afirma que el hecho de que Irlanda no haya aceptado el Tratado de Lisboa -que pretende agilizar los procesos de toma de decisiones en Europa- daña seriamente el proyecto de unidad política europea. Pero advierte que podría haber una nueva oportunidad para este proceso en el futuro y que la política a seguir por el Banco Central Europeo no cambiará por la decisión irlandesa.
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P.: ¿Con qué consecuencias?
G.G.: Una gran conmoción. Mayor que ahora. Pero eso no fue obstáculo para que el euro descollara en 2006, 2007 y la primera parte de 2008. No es tan grave no tener un presidente de Europa. O una política común de defensa y de relaciones exteriores.
P.: ¿Cree que el resto de los países de la Unión Europea estén dispuestos a seguir adelante con la aprobación del Tratado y a dejar a Irlanda en el camino? Después de todo no suma ni siquiera 1% de la población.
G.G.: Esas cosas se dicen en caliente. No lo creo. Las reglas de juego eran claras. Todos los países -los 27 miembros de la Unión- debían aprobar el Tratado de Lisboa para que entrara en vigencia. Los irlandeses tenían la potestad de estar en desacuerdo y la han ejercido. Final de la historia.
P.: Irlanda acuñó ya una pequeña tradición de generar dolores de cabeza. En mayo de 2001 rechazó el Tratado de Niza. Pero se rectificó un año más tarde (en octubre 2002). ¿Habrá una segunda oportunidad?
G.G.: En el corto plazo, no. Pero transcurrido un tiempo, no es imposible. Se definirá más adelante cuando quede más claro qué motivó la negativa. La Unión Europea podría ofrecerle al país una cuota de flexibilidad: la posibilidad de optar por no plegarse (opt out) a determinadas políticas. Muchos irlandeses desconocían que el Tratado no era fácilmente renegociable. Habrá que maniobrar con extremo cuidado para evitar el desastre de una segunda refutación. En todo caso, todavía restan ocho países que no suscribieron el Tratado. Imagino que un nuevo intento sobrevendrá recién después de agotada esa instancia.
P.: El Tratado proponía un sistema de toma de decisiones por doble mayoría. No es fácil administrar una comunidad que ha crecido hasta reunir 27 integrantes si no se reemplaza el requisito de la unanimidad por un mecanismo que conservando representación sea más expeditivo.
G.G.: El Tratado de Niza seguirá vigente. Como ha sido hasta el presente.
P.: ¿No se corre el riesgo de una parálisis decisoria?
G.G.: El riesgo existe, pero se lo ha administrado muy bien. El Tratado de Lisboa mejoraba ese aspecto -una doble mayoría podía alcanzarse con el voto favorable de 55% de los Estados miembros representando, como mínimo, 65% de la población. Pero usted no puede avanzar en ese terreno si no existe el espíritu adecuado.
P.: Si no priman objetivos compartidos.
G.G.: Quizá la Unión Europea no vaya a ser nunca una nación como los EE.UU. Ya es un avance admirable que los franceses no estén guerreando con los alemanes o los británicos. Salta a la vista que hay discrepancias de valores o sobre cómo se piensa que deben ser las instituciones. Si estas diferencias existen, y son importantes, es una imprudencia aplanarlas en nombre de la agilidad procesal. ¿Para qué incubar el germen de futuros traumas?
P.: Para un inversor en euros, la unidad política sería un reaseguro de la integración monetaria.
G.G.: Eso no lo discuto. Es así. Pero en la Europa del euro es un producto que no está disponible. Lamentablemente.
P.: Es el atractivo del dólar.
G.G.: Tal cual. No se repara mucho en ello, pero es verdad. Todas las decisiones que lo afectan se toman bajo un mismo techo -la política monetaria, fiscal, exterior y la política de gobierno a secas-. Las posiciones se pueden ceder o negociar en atención a lo que se define como el interés nacional. Es más factible, entonces, arribar a un compromiso en una circunstancia difícil -digamos rescatar a Bear Stearns en el plazo perentorio de cuatro días- que si usted depende de enhebrar un consenso supranacional.
P.: ¿Cambia en algo la política a seguir por el Banco Central Europeo (BCE)? ¿Deberá sobreactuar para retener credibilidad?
G.G.: Para nada. La suba de tasas que anunció Trichet es completamente independiente. Se justifica por sí sola, nada tiene que ver con el avance o la demora de la integración política en la región.
P.: Pero Irlanda podría quedarse afuera de la Unión Europea. O abandonar el euro. ¿O me equivoco?
G.G.: Son dos resultados posibles, pero remotos. Habrá que ver cómo se diseña el futuro de Europa para comprender en qué posición queda Irlanda. Pero escuche a los campeones de la integración -los líderes de Alemania y Francia, Merkel y Sarkozy- y comprobará que no hay intención de aislar ni de penalizar a Irlanda. Quizá los europeos sean renuentes a escribir una Constitución (de ahí los sucesivos fracasos), pero con el paso del tiempo terminen creando una norma no escrita, a la inglesa. No lo descarte. Cualquiera fuese el desenlace, Irlanda no tiene por qué dejar de utilizar el euro.
P.: ¿Cómo sigue la política de coyuntura?
G.G.: Mientras tanto, el BCE tiene una misión que cumplir. La inflación apremia. Queda claro que trazar una política monetaria para quince países diferentes no es un asunto sencillo. El ciclo económico perdió sincronización en la región. La suba de tasas puede calibrar las necesidades de Alemania y Austria, pero parece demasiado rigurosa considerando la situación endeble de la mayoría de los países mediterráneos y de la propia Irlanda. Sin embargo, la letra fría de los estatutos del BCE es demasiado clara: la inflación registrada (3,7%) casi duplica el máximo aceptable. El 3 de julio, el BCE procederá con la suba de tasas que prometió.



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