El piloto israelí rafi marik acababa de despegar de Mombasa (Kenya) y se encontraba a 3.000 pies de altitud cuando de repente sintió un golpe seco contra el fuselaje. Creyó que había sido un ave que había colisionado con el Boeing 757 de la aerolínea Arkia, un vuelo charter con 261 pasajeros israelíes que volvían a casa tras unas vacaciones en la playa. Pero cuando su tripulación le informó haber visto dos estelas de humo blanco detrás de la cola a menos de 100 metros de distancia, el piloto se preguntó si lo que perseguía al avión no era algo mucho más peligroso. Dos misiles termodirigidos acababan de errar su blanco, que no era otro sino el avión que pilotaba Marik. A poco más de un kilómetro del aeropuerto de Mombasa fueron encontrados posteriormente el lanzador y los casquillos de los proyectiles.
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Cinco minutos más tarde, en el momento en que otro grupo de israelíes llegaba al Hotel Paradise, en la costa del océano Indico, al norte de Mombasa, tres atacantes suicidas estrellaron un vehículo todoterreno cargado de explosivos contra el portón principal del hotel. Uno de los suicidas, con un cinturón de explosivos, saltó del Mitsubishi verde, y se inmoló en el hall. Sus cómplices, mientras tanto, detonaron la carga explosiva del vehículo, incinerándose a sí mismos, el vehículo y el hotel de 160 habitaciones en cuestión de breves minutos. Entre los gritos y la negra humareda murieron en el ataque tres israelíes, dos de ellos niños, y 10 keniatas, la mayoría jóvenes bailarines locales. Varias decenas de personas más resultaron heridas.
Los gobiernos de Tel Aviv, Washington y Nairobi creen haber encontrado ya al culpable, que no es otro que la red terrorista Al-Qaeda, o tal vez alguna organización local de sus simpatizantes. Ambos atentados llevan todas las marcas características de Al-Qaeda: atentados dobles y sincronizados, bien organizados y coordinados, cuyo éxito se basa en una buena vigilancia local y en un cronometraje de precisión, en una zona de Africa oriental donde la organización terrorista lleva operando por mucho tiempo.
El terrorismo es como un globo; si se aprieta por un extremo, se infla más por el otro. A medida que los gobiernos de Estados Unidos y otros países endurecen las medidas de seguridad en torno a instalaciones militares, delegaciones diplomáticas, empresas clave y nudos de transporte, los terroristas buscan blancos que no estén tan protegidos. Los investigadores de la CIA que interrogaron a Omar Al Faruq, el lugarteniente de Al-Qaeda arrestado en Indonesia, averiguaron que la embajada de Estados Unidos en Yakarta era un blanco señalado para un atentado, pero que Faruq abandonó la idea al advertir las impresionantes medidas de seguridad dispuestas para proteger sus instalaciones. La estrategia terrorista se centra ahora en los ciudadanos occidentales que están en lugares más expuestos y en situaciones que implican menos riesgo para los terroristas. Como opina una fuente de inteligencia estadounidense: uno de los factores que tienen muy en cuenta los terroristas son las posibilidades de éxito. Así que ahora apuntan a lugares accesibles, como discotecas y hoteles, centros comerciales, enclaves turísticos, como el club nocturno en Bali (Indonesia) y el petrolero francés en Yemen, que no están ni pueden nunca estar muy bien protegidos.
Kenya era una opción que se caía de madura; Al-Qaeda lleva años funcionando allí. Tras el atentado con bombas que destrozó la embajada de Esta dos Unidos en Nairobi en 1998, simultáneo con otro atentado en Tanzania, el Gobierno de Kenya había hecho poco por reforzar las medidas de seguridad. Las mal vigiladas fronteras con Somalia y Sudán, países devastados por la guerra, facilitan la entrada de misiles tierraaire. Mombasa no dispone de controles de inmigración rigurosos, y la ardiente ciudad costera alberga a los musulmanes más radicales del país. Fuentes de la inteligencia australiana habían captado suficientes rumores sobre posibles atentados en Mombasa como para emitir una advertencia a sus ciudadanos de viaje por el exterior.
La desventaja para los terroristas es que estos atentados contra objetivos blandos es que arroja un menor número de víctimas, y además hacen pensar que Al-Qaeda ya no es capaz de orquestar catástrofes a gran escala. Sin embargo, el impacto acumulativo de una serie de pequeños atentados, desde Bali hasta Mombasa, puede ser igual de alarmante, pues crea la sensación de que los terroristas pueden atacar a cualquiera, en cualquier lugar, y de que realmente existe una amenaza global. A algunos expertos también les preocupa que la actual tendencia hacia los objetivos blandos pretenda desviar la atención de otro atentado de grandes proporciones semejante al del 11 de septiembre que podría estar maquinando Al-Qaeda.
Pero el aspecto más preocupante del atentado de Mombasa fue que el misil utilizado contra el avión civil era muy poco sofisticado, de los que se disparan a modo de bazuca. Por primera vez, los terroristas demostraron que son capaces de lanzar misiles contra aviones civiles en cualquier lugar mientras despegan o aterrizan, momento en que los misiles termodirigidos pueden localizar el motor fácilmente.
Los terroristas de Mombasa utilizaron un anticuado misil Strela SA-7 de la era soviética, que erró el blanco únicamente por alguna avería mecánica o por error del operario. Los misiles tierra-aire que se lanzan por tubo son muy eficientes, fáciles de disparar y requieren poco adiestramiento.
•Debilitamiento
La invasión de Afganistán por Estados Unidos permitió capturar un país, pero no a Bin Laden. Es posible que la organización se encuentre debilitada actualmente, pero también probablemente se haya vuelto más sigilosa. Al-Qaeda se ha dispersado, se ha descentralizado y ha delegado la toma de decisiones en pequeños grupos de base. Sus líderes han demostrado tener una impresionante capacidad para adaptarse al entorno operativo más inhóspito, pasando a utilizar redes menos cohesionadas y con más iniciativa en el ámbito local. Ya no se requiere el visto bueno de los superiores para realizar atentados a pequeña escala contra objetivos sin protección y empleando armas sencillas. Las ideas que Al-Qaeda ha ido divulgando entre sus seguidores puede ahora llevarlas a la práctica cualquier célula independiente o cualquier jihadista. El atentado de Mombasa pone de manifiesto la difusa configuración de las organizaciones terroristas hoy en día. En Kenya todavía operan diversas células latentes, refugiados procedentes de Afganistán y miembros del grupo que tramó el atentado contra la embajada.
Si Al-Qaeda es efectivamente responsable del atentado de Mombasa, será la primera vez que derrama deliberadamente sangre israelí. Aunque Bin Laden lleva años despotricando contra Israel, hasta ahora nunca había atacado a israelíes.
La gran moraleja de lo sucedido en Mombasa es que el terrorismo está en una metamorfosis constante, y éste es su principal rasgo definitorio después del 11 de setiembre. Así pues, con tantos blancos posibles y tantos jihadistas dispuestos a morir, la contraofensiva aliada corre peligro de llegar siempre un paso tarde; un paso que puede ser letal.
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